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Pobres, sí; chivatos, no

La ministra de Empleo, Fátima Báñez, ha creado un buzón en Internet para que la gente denuncie a personas que están cobrando fraudulentamente el desempleo.

Pobres, sí; chivatos, no

Báñez, escucha: somos un pueblo de honor, no de chivatos. La ministra de Empleo, Fátima Báñez, ha creado un buzón en Internet para que la gente denuncie a personas que están cobrando fraudulentamente el desempleo. Las redes sociales y algunas televisiones se le han echado encima. Pobres, sí; chivatos, no. La Sexta aprovechó la iniciativa de la ministra para sacar su cámara a la calle. “¿Yo? ¿Hacer yo su trabajo a la policía? ¿Un chivato yo?”, respondía un ciudadano a la cadena televisiva. En las páginas de Internet la misma profunda reflexión: “Báñez quiere volver a los chivatazos franquistas”, “¿denunciar a una persona por completar su sueldo?”, resumía otra.

La delación está muy mal vista, probablemente porque la Formación del Espíritu Nacional pesa aún más que la democrática. Casi 40 años después, inconscientemente, somos incapaces de distinguir entre la denuncia al vecino por tener una multicopista clandestina y la denuncia al vecino que pega a su mujer —“cosas de parejas”—.

El hambre de libertad se extiende a no limitar la juerga nocturna al aire libre o a tirar la colilla al asfalto en lugar de ponerla en el cenicero del coche. El cumplimiento del orden corresponde a las fuerzas represivas, aunque el delincuente esté saqueando las arcas de la Seguridad Social y que, por tanto, luego se refleje en el recorte de pensiones o de maestros. El buzón de denuncias de la Báñez triunfó sobre la noticia de eficacia que quería dar: el desmantelamiento en seis meses de 2.000 empresas ficticias y de 60.000 fraudulentos beneficiarios del desempleo. No fue el mejor día de su asesor de comunicación.

En el informativo de mediodía, Antena 3 realizaba otra de estas encuestas que ayudan a creer en el pueblo español. En esta ocasión la gente llana contestaba a la denuncia de Greenpeace sobre el exceso inmobiliario de la costa española, especialmente la mediterránea. “¿Mucho?”, decía una mujer en el paseo marítimo de Calpe. “Cuanto más, mejor, así me podré comprar un apartamentito”. El resultado era unánime: “Más trabajo, más barato y más donde elegir”, decía otra a la que no le molestaban las gigantescas torres que acechaban el trocito de arena y agua. No tenemos remedio. Se entiende por qué unos tienen a Batman y otros, a Torrente.