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Así será el Museo Munch de Oslo proyectado por Juan Herreros

El arquitecto español Juan Herreros explica los detalles del museo dedicado al pintor noruego

Las obras empezarán en 2014 y está previsto que terminen tres años después

Recreación del aspecto que tendrá el Museo Munch cuando terminen las obras en 2017. Ampliar foto
Recreación del aspecto que tendrá el Museo Munch cuando terminen las obras en 2017.

“Cuando entendimos que no se trataba de vencer convenciendo y que el proyecto podía salir beneficiado del debate institucional y ciudadano, la situación se encauzó y por fin el Ayuntamiento de Oslo nos dio luz verde”. Lo explica Juan Herreros, a su regreso de Oslo donde participó en la fiesta organizada por Stein Olav Henrichsen, director del Museo Edvard Munch, para celebrar la reactivación del proyecto Lambda, que se enfrenta a su fase final.

Termina así una historia empezada en 2009 cuando el madrileño ganó el concurso para la construcción del Museo Munch en el barrio de Bjorvika, por cual se reunieron diez arquitectos especialistas en centros de arte y diez que nunca habían construido uno. Ante profesionales como David Chipperfield o Zaha Hadid, Herreros, que formaba parte del segundo grupo, ganó con un edificio que se desarrolla en altura, modificando el skyline de Oslo. “El museo tiene nueve niveles. Al subir, el visitante recorre la historia de la ciudad a través de las vistas y ya que la vida de Munch discurre paralela al desarrollo de Oslo, la visita se convierte en una celebración de la relación entre el arte y la ciudad. Munch le dejó su legado porque se consideraba hijo de esta sociedad tan contradictoria”, explica Herreros, que empezará a construir en 2014 y acabará en tres años.

Junto con la Opera del estudio Snøhetta, ganador del premio Mies van der Rohe, el museo del autor de El grito, obra cumbre del expresionismo, dará la bienvenida a quienes accedan a Oslo por mar, con su fachada acristalada ondulada, concebida para amplificar las variaciones lumínicas y climáticas. Detrás de ella se verán deambular los visitantes. “La mayor novedad es que el museo se articula en una parte dinámica que da acceso a una estática, formada por salas de diversa dimensión y altura, que funcionan como capillas. De ese modo el público no está obligando a recorrerlas todas y se invita a mantener una actitud más lenta y contemplativa”, indica el arquitecto, subrayando que el diseño resulta ventajoso también para la seguridad, ya que todos los espacios se cierran como compartimentos estancos. Dada la sensibilidad noruega por los temas ecológicos su consumo energético es mínimo, aprovecha la energía geotérmica del fondo del fiordo y está construido con materiales poco procesados, sin barnices, ni acabados químicos que impidan su reciclaje.

La altura, que se redujo en dos metros, fue uno de los temas centrales de un debate que involucró a todos los estamentos de la sociedad noruega, y gracias al cual según Herreros “el proyecto salió mejorado”. “Estos cuatro años han cristalizado un proceso de aprendizaje. Las inquietudes de los noruegos nos han obligado a cuestionar nuestras convicciones, tratar de comprender y, en ocasiones, ofrecer alternativas. Es un ejemplo de hasta qué punto la arquitectura contemporánea surge de la interacción entre muchos agentes. Los arquitectos ya no somos el elemento central”.

Herreros plasma su forma de trabajar y su postura dialogante, que le viene también de 30 años como docente en la Universidad de Madrid y en la Columbia de Nueva York, en el libro Dialogue Architecture, que acaba de publicar La Oficina Ediciones. El volumen, que recoge su proyecto para Common ground, la exposición principal de la pasada Bienal de Arquitectura de Venecia, despliega su territorio creativo en cuatro apartados: formas, equipos, sistemas y banquetes o diálogos. “Los diagramas evidencian la cantidad de personas y entidades que participan en cualquier proyecto de gran o pequeña escala”, explica Herrero, que suele alternar trabajos de pequeña envergadura, como una galería en Bilbao o una escuela de gastronomía en El Escorial, con los grandes encargos.

Ahora tiene cuatro en marcha: además de Oslo, una manzana en Casablanca, un parque litoral en Panamá y una Ágora “formada por salas de cinco a 5.000 personas” en Bogotá. “Tras décadas trabajando en patria, los arquitectos españoles estamos saliendo al extranjero, ensanchando nuestras fronteras y quitándonos los complejos. Lo que empezamos por necesidad se ha convertido en virtud”, concluye.

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