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OPINIÓN
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Apariencias

Al final, las distracciones siempre sirven para ir colando lo fundamental como si fuera un accidente

David Trueba

Si los experimentos en la privatización sanitaria de Madrid van a ser finalmente exportados al resto del país, como parece muy probable, no estaría de más que las distintas regiones prestaran oído y quizá ojo a lo que sucede en la capital de la indiferencia. El último episodio, chusco donde los haya, ha tenido como protagonista a uno de los responsables de empresas que aspiran a quedarse con la gestión hospitalaria en Madrid. En la radio, se atrevió a proponer que una de sus maneras de incrementar ingresos sería la de atraer turismo quirúrgico, vecinos extranjeros que se aprovecharan de nuestros estupendos profesionales a sueldo del Estado. Las correcciones posteriores no han acabado de convencer a nadie, así que se ha optado por el silencio, aliado indispensable en este auténtico expolio.

Cansada ya la opinión pública de ver a sus médicos protestar, seducidos los usuarios de nuevo por la indiferencia, la cesión de nuestros hospitales al negocio puro y duro continúa, mientras Eurovegas no acaba de aterrizar del todo con su promesa de colocar de crupier a nuestros licenciados en ingeniería. Al final, las distracciones siempre sirven para ir colando lo fundamental como si fuera un accidente. En la tierra prometida, rebosante de casinos y puterío, los hospitales carecen de glamour para atraer la atención de los espectadores. El concurso privatizador es una chapuza que se perpetra tras la ocultación, la falta de transparencia y un rigor del tamaño del hueso de una aceituna.

Cada vez que se despierta la conciencia ciudadana y se sorprende el paciente de ver en pie de protesta a todo el personal sanitario, desde la primera a la última bata blanca que se cruza en los pasillos, regresa la alarma económica por todos los medios conocidos. En caso de duda, el país vuelve a estar en quiebra, los salarios de personal no se pueden afrontar y regresa la política del ¿qué prefieres, morir con dulzura o a lo bruto? El pánico a la bancarrota es el mejor aliado del concurso de privatización, intolerable en otra época.

Pero deberían esforzarse un poco más en las apariencias. Por ahora no engañan a nadie, eso sí, a la gente le importa ya todo un carajo.

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