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Guapos, serios, tristes…

Ferrera, Leandro, Gallo

Lo que es matar, Leandro lo hizo mal toda la tarde

Y la de Gallo quedó en una actuación sin relieve

Eduardo Gallo durante la faena con su primer toro. Ampliar foto
Eduardo Gallo durante la faena con su primer toro.

Lo que es el toro… El tercero, de nombre Pleamar y 596 kilos de peso, hizo como quien no escuchó los clarines y se tomó su tiempo para salir al ruedo. Y lo sin prisas, con una parsimonia impropia de su raza. Avanzó lentamente por el callejón de los sustos, se asomó con cuidado al ruedo, y cuando vio lo que vio, salió como asustado. Olisqueó el albero, miró a los tendidos, no vio a nadie conocido y acudió sin ganas al capote que le mostró Eduardo Gallo. Mientras tanto, avanzaba la desconfianza de la afición que esperaba, de un momento a otro, la espantá de un manso de libro.

Lo que es el toro… En cuanto Pleamar atisbó el caballo de picador, despertó de su ensoñación, acudió con briosa alegría, y empujó con una fuerza descomunal en un primer puyazo largo que desplazó a la cabalgadura varios metros, mientras se lucía José Ney, el piquero. Aún volvió a una segunda entrada, pero esta vez no fue más que un simulacro. Recuperado el toro, galopó con codicia a la llamada de Domingo Siro, que colocó un espectacular par de banderillas, que corroboró en el segundo, y fue obligado a saludar, montera en mano, a la ovación del público.

Brindó Galló a la concurrencia y a su lado lo esperaba Pleamar con aire desafiante. Tras unos pases de tanteo junto a las tablas, lo abrió correctamente hacia los medios; y allí el animal respondió a su cantada bravura, y embistió con acometividad, fijeza y recorrido en dos tandas que hacían alentar la esperanza de faena grande. Muleteó con corrección el torero, pero lo hizo despegado, sin fe, sin profundidad… Vamos, que aquello no tuvo el eco que merecía.

Cuadri/Ferrera, Leandro, Gallo

Toros de Cuadri, -el cuarto como sobrero-, muy bien presentados, mansos, descastados y desfondados; destacó el tercero por su bravura en el caballo.

Antonio Ferrera: estocada trasera _aviso_ y un descabello (ovación); estocada caída _aviso_ y un descabello (ovación).

Leandro: dos pinchazos, tres descabellos _aviso_ y dos descabellos (silencio); un pinchazo _aviso_ tres pinchazos y estocada (silencio).

Eduardo Gallo: pinchazo y estocada (ovación); dos pinchazos y casi entera muy baja (silencio).

Plaza de la Maestranza. Segunda corrida de feria. Media entrada.

Intentó probar suerte con la mano zurda y se deshizo el encanto. Pleamar se paró, y se apagó la luz que toda la plaza había encendido en su imaginación. Duró poco la alegría, pero es bonito el recuerdo de ese toro empujando en el caballo, galopando al encuentro con el banderillero y repitiendo en la muleta.

Otro que acudió al cite fue el quinto, que cayó en manos de Leandro, un torero frágil que dio toda la impresión de ser un convidado de piedra en una corrida que nada tiene que ver con su honda y corta concepción del toreo. No es posible torear sin convicción, a la defensiva, despegado… Así, no se dice nada; y nada dijo Leandro ante ese quinto que acudió una y otra vez hasta que el público, aburrido por los mantazos, le dijo aquello que dicen en México: "Matador, mátele". Y Leandro lo acuchilló más bien, porque lo que es matar lo hizo muy mal toda la tarde.

Y ahí se acabó la presente historia de los Cuadri en la Maestranza. Guapos de lámina, serios, con mucho cuajo, pero mansos, aplomados, desfondados, tristes y duros de pelar algunos de ellos cuando echaban la cara arriba con tornillazos de miedo.

Esa fue la fotografía del lote de Antonio Ferrera, valiente, afanoso y pundonoroso toda la tarde, con un primer toro reservón y duro, al que arrancó muletazos estimables, en especial dos derechazos largos, metido entre los pitones, al final de una larga faena, cuando ya nada se esperaba. Volvió a las andadas ante el cuarto, otro animal bronco, con la cara por las nubes, al que aburrió a base de tesón. A los dos los banderilleó con más voluntad que acierto, pero quedó claro que la veteranía es un grado, y Ferrera superó el examen con plausible dignidad. Este cuarto fue un sobrero en sustitución del titular, un tío de 619 kilos, que, desde el centro del ruedo, vio a un subalterno en el burladero, aceleró como un formula uno y se dio tal topetazo contra la madera que el pitón derecho se lo arrancó de cuajo.

Leandro se encontró con un primero apagado y triste, con el que se mostró desangelado y dubitativo. Y Gallo no fue capaz de levantar la tarde en el sexto, al que veroniqueó con gracia, pero ya era de noche, el toro blandeaba, hacía frío, la gente tenía ganas de resguardarse, y el torero, a la defensiva, sin confianza en el toro ni en sí mismo, trató de justificarse, y todo quedó en una actuación sin relieve que no le servirá para lo que pretende ser una renovada carrera.

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