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PURO TEATRO

Las cuatro caras de Zucco

Pequeño y flaco pero enorme, el deslumbrante Pablo Derqui se consagra con 'Roberto Zucco', al frente de un reparto dirigido por Julio Manrique

Xavier Boada, a la izquierda, y Pablo Derqui, en una escena de 'Roberto Zucco'.
Xavier Boada, a la izquierda, y Pablo Derqui, en una escena de 'Roberto Zucco'.

En febrero de 1986, Bernard-Marie Koltès descubre en el metro de París un cartel que muestra el rostro, retratado cuatro veces, de un joven asesino llamado Roberto Succo, y lo que más le fascina es que ha de mirarlo varias veces para convencerse de que los cuatro rostros pertenecen a la misma persona. Yo he visto, por fin, las cuatro caras de Zucco. La cara del monstruo, entre ángel exterminador y cabrón con pintas, la cara Hamlet (la herida, la ferocidad), la cara Woyzeck (la esquizofrenia, la alucinación), la cara Baal (la poesía maldita, el nihilismo). Hará veinte años, cuando el nuevo Lliure era apenas un hangar en el Palau de la Agricultura, le vi las orejas al lobo, el peligro erizado de Eduard Fernández, fulminante elección de Lluís Pasqual (exaequo con Laia Marull), y aquella dirección que trenzaba alambre de espino con cable eléctrico. Pasqual volvió a montarlo en el María Guerrero, en 2005. Apenas vi a Zucco: Iván Hermes, corriente discontinua, aislados chispazos de verdad. Vi a la gran Machi, una Ofelia de Barbès, bajando al patio de butacas como una furia desatada; vi a Mercedes Sampietro, la mujer del parque, una gran dama indigna (en el Lliure había sido, sombreros fuera, Lady Anna Lizarán), gloriosa(s) en su desesperación. Vi al muy lunar Walter Vidarte, perdido en la noche eterna del metro. Hace veinte años (y quince) yo detestaba esta obra: veía a un miserable que mata a sus padres, a un policía, a un niño. Veía el texto, claro está, la potencia casi shakesperiana, la belleza y la tensión del lenguaje, y esos encuentros en los que restalla completa, en pocas líneas, una aventura existencial: las mujeres, el inspector melancólico, el viejo perdido, la virgen perenne. A Zucco ya se lo podían confitar.

Han pasado veinte años, pues, y he visto al bicho entero, sus cuatro caras, gracias al deslumbrante Pablo Derqui y a la puesta de Julio Manrique en el Romea (y en octubre en el Matadero: apunten), que hace pensar en un cruce entre Brecht y Fassbinder. La mirada de Pasqual era cinemascópica, una extensión horizontal, una llanura casi africana. La de Manrique (escenografía de Sebastià Brosa, iluminación de Jaume Ventura) es un termitero, una torre en corte transversal, por la que Zucco trepa y se desliza “como una gota de agua entre las piedras”, una torre que permite ver los tejados de la cárcel, el burdel del Pequeño Chicago, el despacho de la comisaría, los pisos de la madre, de la chiquilla y su hermana, y el andén del metro, y un trozo de calle, y el parque del secuestro. Un laberinto vertical, una colmena asfixiante, cubículos de techo bajo, estaciones del viaje hacia la nada, hacia el sol negro que al final cegará al monstruo y precipitará su caída. En esa colmena van a moverse los ocho actores, encarnando a una veintena de personajes.

Es un Zucco más

frágil y perturbado

que nunca, con

una sonrisa estremecida, una tristeza abisal

Pablo Derqui es Zucco. Un ascenso vertiginoso en pocos años, los que van de Otras voces, de Joe Penhall, 2007, a las órdenes de Marta Angelat, hasta su complejísimo Enrique IV de la serie Isabel (para mi gusto la mejor interpretación televisiva de esta temporada) pasando por el Biff de La muerte de un viajante (Gas, 2009) y el afiebrado Lovborg de Hedda Gabler (Selvas, 2011). Y ahora, en el Romea, una de esas interpretaciones que consagran a un actor: me pareció estar viendo a un joven De Niro. Cómo mira, cómo escucha, cómo “está” en escena Pablo Derqui, con una presencia física constante, pequeño y flaco pero enorme, intensísimo, sin aflojar ni un momento. Es un Zucco más frágil y perturbado que nunca, con una sonrisa estremecida, una tristeza abisal que puede mutar en helados estallidos de violencia: el asesinato de la madre, la irrespirable escena en el parque. Y luego, en la estación, al borde del ataque de pánico, de la locura sin retorno. Hay que ver cómo insufla el lirismo de Baal y Woyzeck en el monólogo por el teléfono desconectado, con una hermosa idea de puesta: tras la frase “todos tenemos que morir, y eso hace que los pájaros canten, que los pájaros rían” rompe a cantar Redemption song, de Marley, prisionero de la mental slavery, ensoñador y condenado, una resolución de escena que Koltès hubiera aplaudido. Qué bien puesta está toda la música en este espectáculo, por cierto; de qué manera flota y entra, lateral, para instalarse sin cubrir: gracias, Damien Bazin.

La muchacha que se convertirá en la novia de Zucco es María Rodríguez, una joven actriz que me imantó en La gaviota dirigida por David Selvas. Allí interpretaba a Masha, perdidamente enamorada de Kostia. Escribí: “Esos ojos, ávidos, desolados, con un eléctrico ardor”. Aquí pasa en cuestión de segundos de la inocencia al desgarro, de la emotividad extrema a la frialdad de Jean Seberg denunciando a Belmondo. Va a hacer grandes cosas: ya ha comenzado. Cristina Genebat, que también firma la estupenda versión, es la hermana de la muchacha. Esta notable actriz tiene aquí, extrañamente, un tono algo chillón y a ratos cuesta entenderla, pero se afianza en su impresionante soliloquio final, cuando vomita su odio “a todos los machos del mundo, al olor de los machos”. Rosa Gámiz interpreta a la madre de Zucco (esa frase conmovedora, esencial: “No quiero olvidar que has matado a tu padre, y tu dulzura me haría olvidarlo todo”), a la dueña del burdel y a la mujer del parque, dispuesta a perderse con el asesino de su hijo y ayudarle a recordar su nombre: gran personaje, que parece imaginado por Marguerite Duras. Creo que Gámiz y Genebat todavía no han hecho plenamente suyas esas escenas. Son buenos trabajos pero hay algo de composición, falta una vuelta de tuerca para clavarnos en el asiento. El dolor de la primera brota un tanto artificioso, y al humor negro de la segunda le falta, a mi juicio, más sequedad. Iván Benet está impecable como el macarra que vende a la chiquilla, y salva un cometido tan breve como difícil: convertirse en la respuesta catalana a Tyrion Lannister. Xavier Boada lleva a cabo sus múltiples intervenciones en el tono justo, con verdad y sin estridencias: destacan los parlamentos del anciano del metro y el inspector melancólico. Con paso firme Xavier Ricart, con sutileza y ajustados toques de humor Oriol Guinart.

Roberto Zucco. Bernard-Marie Koltès. Dirección: Julio Manrique. Intérpretes: Pablo Derqui, Cristina Genebat, Iván Benet, María Rodríguez, Xavier Boada, Rosa Gámiz, Xavier Ricart, Oriol Guinart. Teatre Romea. Barcelona. Hasta el 21 de abril.