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Javier Mariscal

El diseñador que concibió Coby para los Juegos Olímpicos de Barcelona de 1992 y que hizo con Trueba 'Chico y Rita' sigue siendo un niño que añora la bicicleta y cree que una piedra en unas manos infantiles puede ser un avión. Aquí lo cuenta. Descubrió a los cincuenta que sus problemas con el lenguaje se debían a la dislexia. Aquella pelea con las palabras le puso en el camino: “Como se reían cuando leía, ni siquiera intenté leer, me hice mis diccionarios visuales, y mientras ellos se partían por leer un 'julio verne' o un 'salgari', yo dibujaba caritas. Lo hice para defenderme y hoy es mi modo de vida”

Una fotografía del álbum familiar de Javier Mariscal, en 1952
Una fotografía del álbum familiar de Javier Mariscal, en 1952

Nació cuando las vacaciones duraban toda la vida, en 1950. Después Javier Mariscal sería siempre ese niño de vacaciones. Haciendo lo que le daba la gana. Reduces su cara a un recuerdo y ahí está él, riéndose de lo que pasa, dibujándolo. Era disléxico, así que en vez de palabras hacía dibujos. Una casa, un pan, una bicicleta, un niño. Las palabras eran hechos, como en el poema de Gabriel Celaya. Así se crió, oliendo a Nivea en las playas del Saler y a pinos en una finca de Caspe, en Aragón.

Aragón es el recuerdo más puro. Ahí estaba la finca de la abuela, a unos cinco kilómetros del pueblo. “No había electricidad, la luz era por velas, quinqués y petróleo, y el agua iba por cisternas”. El verano transcurría para los 11 hermanos Errando Mariscal (el padre era Errando, Mariscal tomó el apellido de la madre) entre la alameda, el pinar, el otro lado del río. Trillaban en la era, recogían melocotones o tomates en la huerta, buscaban melones y peras, “y también controlábamos las ciruelas”.

No había límites para aquella felicidad bucólica a la que empezaron a caerle los juguetes que venían del extranjero. En ese ámbito es un riesgo y una fortuna quedarse toda la vida, y ahí habita el niño Mariscal. Ahora se observa en el nieto, Galo, que tiene año y medio. Sin palabras, como los niños de esa edad, entre el nieto y él se produce un entendimiento, hablan de lo mismo “porque ya hay un discurso y una manera de entenderse. Él sabe qué quiere y yo sé qué quiere él. Basta ser como él, un niño. ¿No ves cómo se entienden los niños que hablan idiomas distintos?”.

Pero hay un momento (le pasó a él, le pasará a Galo) en que el niño ya no se conforma con la fábula como explicación de las cosas. “Le enseñas una piedra y le dices que es un avión, y él se lo cree. Hasta que no se lo cree. La infancia acaba cuando no se lo cree”. Le pasó a Mariscal: “Pero yo seguí siendo un niño. Por eso me crucificaban en los años ochenta, por seguir creyendo que una piedra es un avión en manos de un crío. ‘¡Es un crío!’, gritaban. Ahora no gritan, ahora lo llaman pensamiento emocional”.

“Cualquier palabra larga se somete en mi cerebro, a un reciclaje, de modo que el niño permanece, pero el adulto lo disimula”

Era su manera de luchar contra la dislexia. Dibujar para recordar. Dibujaba con barro, tomaba apuntes, hacía esquemas gramaticales, y todo lo hacía dibujando, haciendo collages, diseñando casas... Dibujar para no olvidar, o para no equivocarse. “Como seguí haciéndolo de mayor, me decían: ‘No vale, toca todos los palos’. ¡Hasta que apareció la palabra multidisciplinar no perdonaron al niño que soy!”.

La infancia fue el verano, pero también era el invierno, el curso escolar, el colegio, la luz de Valencia, donde esta familia bien, muy bien, vivió la posguerra alargada del régimen de Franco. “Aragón era un acento, y Valencia era otro. Y en ambos sitios nosotros vivíamos en una burbuja. Íbamos al colegio más pijo de todos, el de los marianistas del Pilar... Eran unos religiosos que te marcaban mucho. No iban con sotana, sino con traje y corbata negra; eran muy buenas personas, la mayoría eran vascos, y trataban de ser más abiertos que otros sacerdotes en la interpretación de la moral católica. Comulgar, confesarse, ir a misa, eso había que hacerlo, pero también le daban mucha importancia al deporte, organizaban juegos olímpicos, te hacían vivir en un ambiente de luz y de aire libre, el suyo no era un reducto tenebroso”.

Aquel niño supo a los 50 años que era disléxico. “Mi hija se fue a estudiar a Londres, le hicieron unas pruebas y concluyeron que era disléxica. A mí eso me sonó muy familiar, investigué y en efecto llegué a la conclusión de que yo había sido muy disléxico”. No lo pasaba mal, excepto por las burlas de los hermanos cada vez que intentaba leer un tebeo. “Y como se reían cuando leía, ni siquiera intenté leer, me hice mis propios diccionarios visuales, y mientras ellos se partían por leer un julio verne o un salgari, yo dibujaba caritas. Donde los niños escribían ‘mi mamá me mima’, yo dibujaba la cara de mi mamá y la cara de un niño que era yo. Y si quería escribir ‘el oso ama a la osa’, hacía las caritas del oso y de la osa. Me reñían, me decían que la escuela era un sitio serio, ‘¡aquí no estamos para bromas!’, pero yo no estaba haciendo bromas, yo les estaba hablando con mi lenguaje. El lenguaje de un niño disléxico que no sabía que lo era. Ellos no lo sabían, y yo tampoco, pero a ellos yo no podía reprocharles que tacharan con lápiz rojo mis dibujos”. La única manera de tachar aquel recuerdo, o de mejorarlo, “es no usar jamás el bolígrafo rojo, ¡me da pavor!”.

Era un niño especial, “con carencias fuertes”, que arrastra hasta hoy. Si tiene que decir lehendakari, que es una palabra enorme, dice presidente de Euskadi... “Cualquier palabra un poco larga se somete, en mi cerebro, a un reciclaje, de modo que el niño permanece, pero el adulto lo disimula. Funciono con un sistema muy visual. Cuando hablo o pienso, veo delante de mí un logotipo, de modo que a todo el mundo lo miro como si me estuviera mirando una imagen, y después vienen las palabras. Tú eres Juan, pero antes eres el símbolo que está en mi recuerdo”.

Vive de imaginar. “Lo hice para defenderme y ahora es mi modo de vida. Dibujaba para salvarme, para hacer mi propio diccionario, para quedarme con las palabras que no podía escribir”. Pero Mariscal no solo era disléxico con las palabras. “También era numérico, era incapaz de sumar o de restar. Así que establecí un sistema gráfico para que me encajaran los números. Pero si hay combinaciones más complejas, ya me paralizo por completo. En un tiempo lo pasas mal, pero después aceptas que eres ese niño. Los demás me miraban como un tipo raro, pero mira por dónde esa rareza la hice virtud”.

Mariscal cree que la niñez acaba cuando ya sabes que una piedra no es un avión que vuela. Él personalmente se dio cuenta de que la niñez ya era el pasado cuando se puso rojo por primera vez al ver a una chica, “cuando la cosa que solo te servía para mear se te pone dura, muy dura, y te quedas muy parado, y ya sientes una atracción muy bestial por otra persona... Hay una anécdota muy bonita de un niño que se duchaba con su padre, hasta que un día su madre se sumó a la ducha. Al verla desnuda, el niño exclamó: ‘Papá, ¡la mamá está rota!’. Pues así más o menos se acaba la infancia, descubriendo la diferencia que termina atrayéndote; entonces ya es imposible que te creas la patraña de que un avión es una piedra”.

Hay otros sucesos que marcan el fin de la infancia, cuando te describen el infierno, por ejemplo. “A veces nos llevaban a hacer ejercicios espirituales y traían a un cura especial que te explicaba la crucifixión y el vía crucis, y esas cosas me emocionaban porque las percibía como una fantástica película de terror. Pero cuando el mismo cura que nos metía en esa fantasmagoría de terror nos hablaba del pecado, yo no entendía nada. Yo era un niño. Me estuve confesando mucho tiempo diciendo que me la tocaba cuatro o cinco veces al día porque el cura me preguntaba cuántas veces, pero en realidad lo que yo le decía correspondía a las veces que me la tocaba para mear. Y el tío me pegaba hostias. ‘¿Seguro?’, decía. Tanto me atemorizó que me sentaba como las chicas, para no tener ese contacto por el que él me pegaba. Cuando entendí por qué me azotaba, pasé a decirle una cantidad razonable de veces, una vez por ejemplo, y entonces él se aliviaba, ‘eso está mucho mejor’, y me perdonaba. Así hasta que me enteré a qué se refería. Imagino que entonces es cuando definitivamente dejé de ser el niño inocente que además era disléxico. Eso sí, cuando te enteras de qué era lo que le molestaba al cura, empiezas a disfrutar muchísimo”.

Entonces, como ahora, el creador de Cobi (y de Chico y Rita, la muy placentera película de dibujos animados que hizo con Fernando Trueba) sigue comiendo sopas de letras, como un niño que quiere ordenar su muy disperso alfabeto