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Godot

Hay un cierto aire de Goya, o de Oscar, en esta entrega sucesiva de triunfos olímpicos. Es cansino, repetitivo, una alegría que desvara las comisuras. Gracias a Televisión Española, además, hay dedicatorias, como en aquellos premios del cine. Salen los que ganan, no salen los que pierden, como es natural. Pero cuando salen los que pierden (Ruth Bietia, por ejemplo, de salto de altura, que se quedó un poquito por debajo) se advierte que el discurso del que no gana es, en efecto, más rico, contiene menos tópicos, está dicho con el alma en vilo. Qué dirán en mi pueblo. Ella se acordó de Piélagos (Cantabria), donde hicieron fuerza para que ganara. Pero uno no salta solo con la fuerza de su pueblo.

Es un desfile de triunfadores un poco atosigante. Del mismo modo que Raimon decía que del hombre siempre miraba las manos, en las competiciones me fijo en el que pierde. Usain Bolt es una luz cegadora, un disparo de nieve, como dicen Silvio Rodríguez y Alejo Stivel, pero por detrás van algunos cuya respiración final parece la del que se agarra a un abismo en las películas de Hitchcock. Sacaron a García Bragado, atleta veterano; perdió, por mucho, pero fue una joya lo que dijo: “Que yo sea el primero de los españoles dice mucho de lo mal que está el atletismo en este país”. Al fin se decía algo en la tele que no era la desvarada conciencia del triunfo.

Dicen que Samuel Beckett obtuvo su título más conocido, Esperando a Godot, gracias a una competición deportiva a la que asistía desganado en el sur de Francia el escritor irlandés. Era ciclismo. Había pasado toda la serpiente multicolor, ya no pasaba nadie más, pero la gente seguía esperando. Preguntó Beckett: “¿A quién esperan?”. “Estamos esperando a Godot”. Godot era el último ciclista, siempre llegaba el último, y esa gente esperaba que apareciera para aplaudirle. Era un héroe que no iba a salir en ninguna parte, pero en ese pueblo iban a agasajarlo.

Godot. Cuando en Uruguay no tenían nada que aplaudir, los vecinos de Montevideo se iban a la orilla, ante el mar, para ver cómo caía el sol, y cuando aquella bola naranja ya solo era resplandor rojo, los vecinos aplaudían, como si el sol fuera Godot, el último que se iba.