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OPINIÓN i

Clasicismo es usted, Padrino

'El Padrino' habla con lenguaje inoxidable de cosas que han alimentado a las tragedias

Francis Ford Coppola dirige a Marlon Brando el 30 de abril de 1971 en el rodaje de la secuencia inicial de 'El Padrino'.

Era octubre del 72 cuando vi por primera vez El Padrino. En su estreno en el cine Palacio de la Música, en aquella Gran Vía que olía a cine, que podías recorrer incansablemente observando los enormes y aromáticos cartelones que anunciaban las películas. Conocí a principios de los años setenta los rincones más exóticos de aquel Madrid inmenso y que desconocía buscando el infatigable atracón de cine a través de los programas dobles en los infinitos cines de barrio. Hice involuntario exhaustivo turismo en función del amor al cine. También hubiera intentado recorrer de punta a punta el Amazonas o la Antártida no para descubrir sus exóticos y maravillosos paisajes, sino porque allí se programara la mejor historia del cine.

Aunque no dispusiera de dinero para frecuentar las salas de estreno, me las ingenié para disfrutar de El Padrino el día de su estreno, y el siguiente y el siguiente.... Y por supuesto, había leído la critica en la sagrada revista Triunfo que la calificaba de película fallida, convencional producto de Hollywood y otras negativas certidumbres que sonaban a manifiesto dadaísta. Cuarenta años más tarde, cuando se empiezan a difuminar en el recuerdo personas y cosas que consideraba imprescindibles, habiendo renunciado por voluntad propia o por necesidad de supervivencia a enganches que parecían eternos, sigo frecuentando con renovada fascinación e inmarchitable amor, cada seis meses más o menos, antes en el cine y progresivamente en vídeo, DVD y Blu-Ray, esta saga de casi diez horas titulada El Padrino. Ese conocimiento tan exhaustivo como obsesivo que te permite reconocer de memoria cada palabra que va a salir de la bocas de protagonistas y secundarios, el tono en el que van a pronunciarlas, sus gestos histriónicos o leves, lo que va a ocurrir en cada secuencia, los momentos que van a estar ambientados con música y las imágenes desnudas, lo que pretende ser realista y lo que se limita a sugerir, el armonioso empleo del flash-back y las elocuentes elipsis, la violencia evidente o subterránea y un intimismo que llega a ser doloroso, la mezcla de espectáculo, lírica y reflexión, la simultánea empatía, comprensión y horror que te hacen sentir esos personajes complejos y sus casi siempre siniestras circunstancias, no priva jamás de su encanto ni de su hipnosis a esta obra perfecta, no te cansa, te sigue removiendo, divirtiendo y emocionando igual que la primera vez, tienes la sensación de que es imposible contar mejor esa historia de múltiples ramificaciones aunque siempre arranque con una celebración y acabe con una tragedia.

Coppola, que nunca ha demostrado demasiado entusiasmo por su criatura más prodigiosa (independientemente de que esta le hiciera el justo favor de convertirle en millonario a perpetuidad), que declara haberse sentido mucho más realizado con otras de sus películas, concebidas con vocación y amor y que no alcanzaron el éxito, consiguió algo que está más allá del elogio, sin la menor relación con eso tan efímero y frívolo de las modas, clásico, vivo, apasionante, intemporal.

No te cansa, te sigue removiendo, divirtiendo y emocionando igual que la primera vez

El Padrino habla con lenguaje inoxidable y hermoso de cosas que siempre han alimentado a las tragedias más profundas. Habla de la familia como refugio presuntamente invulnerable y de su lacerante quiebra, de las grandezas y miserias del poder, de las barbaridades que hay que cometer para no perderlo, de la fatalidad y el destino obligando a asumir responsabilidades y metas opuestas a lo que habías pretendido que fuera tu vida, de la traición y la venganza, del crimen organizado y sus múltiples tentáculos de corrupción, incluido el soborno de los pilares de la ley, la política, la justicia y el orden, de los inmigrantes forzosos y sus códigos de supervivencia en ese mundo nuevo y hostil, de rituales ancestrales y violentos, de la mentira cotidiana intentando disfrazar la hipocresía y salvar los asideros vitales, de las pérdidas y las rupturas más brutales que impone el mantenimiento de un trono permanentemente amenazado por las conjuras, de la soledad cósmica a la que está destinado el monarca de la jungla.

Todo ello está descrito con una visión profunda que te hace comprender las razones de todos para ser como son y actuar como actúan. La primera parte de El Padrino es modélica, pero lo que narra en la segunda y la forma de hacerlo, incluida la costumbrista y maravillosa reconstrucción de la infancia y juventud de Vito Corleone, posee el aliento, la atmósfera, la intensidad y la lírica de las mejores tragedias de Shakespeare. Y hay un bajón en la tercera, la incómoda sensación en algunos momentos de que Coppola está autoplagiándose y repitiendo una una fórmula infalible, también sobra la empalagosa interpretación de su hija Sofia, pero tiene secuencias grandiosas.

El genial Brando solo aparece durante media hora, pero su aplastante presencia flota durante toda la saga. La interpretación de un contenido y sutil Pacino es una obra de arte. Como la de Duvall y De Niro. Pero hasta el último de los secundarios construye un personaje veraz. Si juntas a diez amantes de El Padrino es probable que difieran los momentos y los personajes que más les impresionan. Pero todos te confesarán que esta saga tan larga les parece muy corta. Que si durara cien horas en vez de diez, su felicidad sería completa.

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