Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra

La estela de Picasso en Gran Bretaña

La Tate Britain presenta la primera retrospectiva que profundiza en el influjo del artista malagueño en la evolución del arte contemporáneo en Reino Unido

'Naturaleza muerta con mandolina' (1921), obra de Pablo Picasso Ver fotogalería
'Naturaleza muerta con mandolina' (1921), obra de Pablo Picasso

La figura de Pablo Picasso sobresale entre el impresionante despliegue artístico que está exhibiendo Londres con ocasión de su olimpiada cultural. Una cita que, junto a algunos de los grandes talentos del arte británico como Lucian Freud o David Hockney, ha querido incluir también al genio que tanto influyó en el movimiento modernista del Reino Unido. Casi sesenta trabajos del malagueño serán expuestos a partir del miércoles en la Tate Britain, en una suerte de diálogo con otros tantos firmados por pintores y escultores de las islas que recogieron el legado del gran revolucionario del arte del siglo XX. Completan ese cuadro las imágenes de la estancia de Picasso en suelo británico un verano de 1919, o la documentación sobre las primeras reacciones hostiles a su obra hasta la rendición final del público, que se plasmó en una gran muestra organizada en la misma galería Tate hace ahora cincuenta y dos años…

Cuando un Picasso de 37 años se deja retratar en la londinense Leicester Square, ataviado a la manera de los gentleman ingleses, su constante indagación artística apenas ha calado en territorio británico. Su visita, que se prolongará ocho semanas, obedece a un encargo de la producción de los ballets rusos de Serguei Diaghilev, el diseño del atrezzo de El Sombrero de Tres Picos. Durante ese tiempo, trabajó en un estudio del Covent Garden y residió en el Hotel Savoy junto a su entonces esposa, Olga. Más allá de las preceptivas fotografías de la época, la presencia de Picasso sólo es entonces objeto de la atención de un reducido elenco de personajes, entre ellos el pintor Duncan Grant. El británico había visto algunos de sus cuadros una década antes, en el apartamento parisino de Gertrude Stein, y a raíz de aquel impacto acabó ejecutando su obra The Tub, que ahora expone la Tate Britain. Grant, al igual que Wyndham Lewis, pertenecen a la primera generación de artistas del Reino Unido que respondieron inmediatamente a la influencia de Picasso, el último con un autorretrato cubista que rompía moldes en su tierra. 

Picasso con su esposa Olga en Leicester Square en 1919 ampliar foto
Picasso con su esposa Olga en Leicester Square en 1919

Los dos autores han sido elegidos por el museo, junto a Ben Nicholson, Henry Moore, Francis Bacon, Graham Sutherland y Hockney, para ilustrar la impronta de Picasso en el modernismo británico. Otros dos nombres destacan por su intuición de las dimensiones que adquiriría el artista español, los coleccionistas Douglas Cooper y Roland Penrose. Desde los años 20’, ambos fueron adquiriendo los mejores trabajos de Picasso –el segundo, por ejemplo, compró La mujer que llora- al tiempo que forjaban una relación personal con el artista que acabó traduciéndose en sendos libros sobre su obra. En contraste con esa audacia, la Tate no incorporó a su colección una obra cubista de Picasso hasta 1949, en la misma línea que otras instituciones públicas europeos.

El óleo picassiano La Fuente (1921) aparece como clara inspiración de la escultura de un cuerpo reclinado que Henry Moore concibió en el periodo de entreguerras, al tiempo que el universo abstracto de Ben Nicholson se nutría de sus propuestas cubistas. Pero en el epílogo de la Segunda Guerra Mundial, la audiencia británica todavía no estaba preparada para encajar el cuerpo de trabajo de Picasso, tal como ilustran las agrias críticas a una exposición del artista español y de Henri Matisse en el museo Victoria & Albert, en boca del político Winston Churchill o del novelista Evelyn Waugh. Un diseñador de interiores que acabaría grabando su nombre en mayúsculas en el mundo del arte, Francis Bacon, decidía sin embargo volcarse en el lienzo a raíz de su obsesión por las figuras pintadas por Picasso en la playa francesa de Dinard.

Una de las piezas que mejor resumen la muestra Picasso y el Arte Moderno Británico es un grabado que Hockney realizó en 1973. El español (quien había muerto un año antes) aparece dibujado con una de sus características camisetas a rayas marineras, frente a la desnudez del pintor británico, que sólo lleva puestas las gafas. Hockney quiso pero no pudo conocerlo desde sus ocho visitas a la exposición consagrada a Picasso que la Tate organizó en 1960. Entonces ya sí fue un éxito absoluto, un récord que rozó el medio millón de visitantes. David Hockney aprendió durante aquellas sesiones la futilidad de adherirse a un único estilo y descubrió la ruptura trascendental que entrañaba el cubismo.

En su condición de artista vivo, que estos días protagoniza una de las grandes exhibiciones de la capital británica en la Royal Academy, Hockney ha rememorado lo que Picasso supuso para él y para sucesivas generaciones de artistas del Reino Unido. Quizá uno de sus grandes triunfos profesionales haya sido integrar, en compañía del maestro, el cartel cultural que arropa los Juegos Olímpicos de Londres y que sólo ha sido reservado a los más grandes.