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Enorme Jeff Tweedy

Al líder de Wilco le bastan voz y guitarra para encandilar a sus fieles en los Veranos de la Villa

Silencio sepulcral, como de reverencia, para atender a los movimientos de Jeff Tweedy en el escenario de Puerta de Ángel. Silencio salvo en los prolegómenos, claro: los transistores eran un bien muy codiciado y nuestro caballero de Illinois tuvo la delicadeza de no comparecer en escena hasta que el árbitro Kassai puso fin al partido. Hizo bien Tweedy en conceder esos minutos de cortesía; la pasión por su música es compatible con la furia balompédica y lo que parecía una cita desoladora terminó derivando en fiesta mágica para más de 900 asistentes. Los seguidores de este trovador siempre son minoría, pero inmensa y muy docta.

Seamos sinceros. Que un tipo ofrezca durante hora y tres cuartos un concierto en la más estricta soledad, acompañado únicamente por su guitarrita y la armónica, induce al desasosiego. Y si al personaje en cuestión ya lo hemos visto antes al frente de Wilco, acaso la mejor banda de rock domiciliada en este planeta, podemos acabar incurriendo en la nostalgia. Pero como sucede que el tipo en cuestión es tan inquebrantablemente honesto, y su repertorio tan endemoniadamente brillante, la guitarrita y la armónica ocasional nos terminan colmando más que media docena de filarmónicas vienesas.

Tweedy jamás elabora un listado previo de temas para estos conciertos en solitario, así que solo queda tirar de memoria (y de iPod) para seguirle la pista al repertorio. Se trata de un ejercicio fascinante, porque el líder de Wilco va picoteando de entre los siete álbumes de la banda y alterna clásicos inconfundibles con piezas bastante más oscuras, rarezas para los muy entendidos y alguna que otra versión. Abrió boca con Spiders (Kidsmoke), de A ghost is born (2004), y según avanzaba la noche quedó claro que tanto este trabajo como su antecesor, Yankee hotel foxtrot (2002), serían los principales abastecedores de material. Justo los dos discos en teoría más experimentales, los mismos por los que su discográfica original terminó invitando a Wilco a que enfilara la puerta de salida. Unos genios.

El protagonista de la noche no es un guitarrista asombroso ni un cantante de garganta descomunal. Qué va. Tampoco gasta sonidos pregrabados, pedales de efectos ni artificios de parecida naturaleza. No los necesita. Cualquiera de su media docena de guitarras encierra más verdades que toda la Enciclopedia Británica. Y esa voz suya, engañosamente perezosa; garganta dolorida y empapada en pasión, parece la hija ilegítima de una noche en la que Bob Dylan y Neil Young se hubieran consagrado a la lujuria compartida.

Un clásico dylaniano irrefutable, Simple twist of fate, se deslizó a mitad de la velada por si a alguien todavía le cabían dudas sobre la genealogía del oficiante. Las piezas de Tweedy hunden sus raíces en la tradición trovadoresca de los años sesenta y setenta, una certeza aún más evidente cuando no existe un grupo detrás para encargarse de arroparlas.

Contemplando la estampa de Jeff sobre el escenario, algo encorvado frente al micrófono, cabeceando de modo sutil y absorto en los cambios de acordes, entraban ganas de pensar por un momento que la Casa de Campo se había transformado en el Festival de Newport. Y hasta habríamos estado dispuestos a solidarizarnos temporalmente con Pete Seeger aquel año en que pugnaba por desenganchar las guitarras eléctricas de los amplificadores.

Tweedy logró el hechizo, desde luego. El público se derretía durante las estrofas y luego jaleaba con vítores, silbidos y aplausos cada breve pasaje instrumental. Ignoramos si el líder de Wilco es un perfecto zalamero y dice cosas parecidas allá por donde hace escala, pero a mitad de la noche exclamó: "Empiezo a pensar que sois el mejor público que he tenido en mi vida". Eso, y proponerle matrimonio colectivo al auditorio completo. "Tocas mejor la guitarra que David Villa", le ensalzó un seguidor. En una noche como esta (que diría Dylan), sonó a piropazo.

Conviene hoy, con el regusto dulce todavía embriagándonos el paladar, pegarle un repaso a la discografía de Wilco. Incluso a A.M., aquel primer disco de personalidad aún poco definida, y del que rescató la encantadora Passenger side. Sonaron, entre otras y por orden de aparición, I am trying to break your heart, I'll fight, Via Chicago, Kamera, la rara y apoteósica Not for the season, Jesus etc, You and I, Hummingbird, Heavy metal drummer, Theologians, The late greats, One wing y varias más. Por eso cuando abordó su segundo bis como acostumbra, al borde del escenario y sin ningún tipo de amplificación, ya no cabía duda: nos había embelesado. Un tío enorme, este Tweedy. Como Carles Puyol. Por lo menos.