La COP26 de Glasgow: la gran apuesta diplomática de Boris Johnson en la era pos-Brexit

El Gobierno británico reduce sus ambiciones a mantener vivo el Acuerdo de París para limitar en 1,5 grados el calentamiento global

Un activista de la organización Ocean Rebellion, disfrazado este miércoles de Boris Johnson, a orillas del río Clyde, en Glasgow
Un activista de la organización Ocean Rebellion, disfrazado este miércoles de Boris Johnson, a orillas del río Clyde, en GlasgowAndrew Milligan (AP)

Nadie pone en duda la honestidad del esfuerzo de Boris Johnson por salvar al planeta. A pesar de haber flirteado, durante sus tiempos de columnista político provocador en el Daily Telegraph, con cierto negacionismo gamberro del cambio climático, el primer ministro británico bebe de fuentes conservacionistas con firme arraigo en el Reino Unido. Su padre, Stanley Johnson, implantó en él la preocupación y el amor por la biodiversidad. Su amigo íntimo Zac Goldsmith, conservador libertario y medioambientalista que dirigió durante años el semanario The Ecologist, ha asentado en el político la noción clara de cuál es lado correcto de la Historia. “Si el clima está cambiando, no veo por qué no puedo yo cambiar mis ideas”, ha dicho Johnson para justificar errores pasados.

La COP26, que ha comenzado este domingo en Glasgow (Escocia), es la cumbre internacional más compleja y relevante a la que ha tenido que hacer frente un Gobierno británico en las últimas décadas. Era la ocasión perfecta para demostrar al resto del mundo que la Gran Bretaña Global (Global Britain) de la era pos-Brexit era una realidad. Londres podía ser un actor internacional relevante con su “libertad” reconquistada. La posibilidad añadida de celebrar el encuentro en la ciudad escocesa brindaba además a Johnson la posibilidad de llenar sus calles de Union Jacks (la bandera tricolor aspada del Reino Unido) y demostrar al independentismo las ventajas de permanecer como parte de una gran economía.

El retraso de la conferencia, prevista en un principio para noviembre de 2020 pero relegada a causa de la pandemia, ofrecía además al Gobierno de Johnson la oportunidad de ganar tiempo y desplegar el necesario esfuerzo diplomático para que la cumbre fuera un éxito. Alok Sharma, secretario de Estado para el Desarrollo Internacional y presidente de la COP26, se ha recorrido el mundo de modo incansable para arañar compromisos de los principales países participantes. Hasta los rivales políticos de Johnson reconocen el esfuerzo del secretario de Estado. El problema está, señalan, en que el Gobierno en su conjunto no ha sido capaz de desplegar la actividad coordinada que durante un año antes puso en marcha la Administración francesa, para asegurar el éxito de la Conferencia de París de 2015.

“Ha llegado el momento de que nuestro primer ministro deje de hacer el haragán bajo el sol, comience a comportarse como un estadista y logre que Glasgow sea el éxito diplomático que debería ser”, reprochó hace apenas tres semanas a Johnson el portavoz laborista de asuntos medioambientales —y exlíder del partido—, Ed Miliband. El primer ministro estaba de vacaciones en la lujosa villa de Marbella que le había prestado, curiosamente, su amigo Zac Goldsmith. Y comenzaba a extenderse la idea de que la COP26 podía acabar siendo un fiasco. Los líderes chino y ruso, Xi Jiaping y Vladimir Putin, ya habían anunciado que no harían acto de presencia en la ciudad escocesa, y muchísimos países no habían entregado aún sus planes a corto plazo (para 2030) de reducción de emisiones de dióxido de carbono, como había establecido el Tratado del Clima de París. “Necesitamos un acelerón en las acciones de este Gobierno y de los gobiernos de todo el mundo”, reclamaba Miliband. “Aunque sea a última hora, el primer ministro debe tratar esta cumbre con la seriedad que se merece”.

Diputados negacionistas

No resulta justo reprochar a Johnson falta de seriedad en un asunto que le ha llevado incluso a enfrentarse con el ala dura de su Partido Conservador, temerosa de que el celo ambientalista del primer ministro —y las medidas que ha impulsado— resulte demasiado costoso para unos votantes más preocupados por llegar a fin de mes que por la salud del planeta. Steve Baker, el diputado euroescéptico responsable de la estrategia que derribó el Gobierno de Theresa May y aupó a Johnson al poder, se ha puesto ahora al frente del grupo de negacionistas que cuestiona seriamente las políticas de Downing Street en medio de una profunda crisis energética que ha afectado al coste de vida de los británicos. “Cuanto más estudio el asunto, más me preocupa la idea de que estemos poniendo en marcha un ruinoso experimento económico cuando menos nos lo podemos permitir”, escribía Baker recientemente. “Con sus planes radicales para descarbonizar por completo en 2050 nuestra economía —el llamado Net Zero—, los más pobres acabarán pagando más que el resto por estas fantasías”, aseguraba.

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El programa electoral del Partido Conservador de 2019, año de la victoria electoral de Johnson, hacía hincapié en la promesa de alcanzar la neutralidad de emisiones de dióxido de carbono para 2050, a lo que no solo se ha comprometido el Reino Unido sino 18 de las 20 naciones más ricas del mundo. Ha sido, sin embargo, la ambiciosa carrera del primer ministro por prometer más y más “futuro verde”, sin especificar a qué coste y cómo lo financiará, lo que más nerviosos ha puesto a sus compañeros de partido, más pendientes de las elecciones próximas que del calentamiento global previsto para finales de este siglo. Reducción del 78% de las emisiones de dióxido de carbono para 2035; prohibición de coches con gasolina o diésel para 2030; desaparición de las calderas de gas en los hogares para 2035… La carrera por lograr que nadie le gane a verde resta credibilidad a los planes de Johnson. Mucho más cuando su ministro de Economía, Rishi Sunak, presenta el primer presupuesto riguroso pospandemia y pos- Brexit y apenas realiza mención alguna al desafío del cambio climático. Y apunta, incluso, que seguirá sin incrementar el gravamen fiscal de los vuelos domésticos o el consumo de gasolina. Un golpe a la credibilidad medioambientalista de Johnson.

Pero si algo ha demostrado el político británico más excéntrico y popular de las últimas décadas es su capacidad de salir de cualquier embrollo con una mezcla de simpatía y retórica. A lo que se puede añadir una rebaja de las expectativas y el eslogan adecuado. Paradójicamente, en el momento en que las relaciones entre el Reino Unido y Francia pasan por su momento más delicado por el conflicto pesquero en aguas del canal de la Mancha, el objetivo fijado por el Gobierno de Johnson para que la COP26 se traduzca en un éxito pasa por salvar París: “Hemos de salir de esta cumbre con la credibilidad intacta de haber mantenido vivo el compromiso de los 1,5 grados”, aseguraba este domingo Sharma.

Esa fue la gran conquista de París: un tratado que vinculaba legalmente a mantener la temperatura global 1,5 grados por encima de los niveles preindustriales (entre 1850 y 1900). La gran conquista de Johnson será que la bicicleta se mantenga en pie, y que la humanidad siga pedaleando. Aunque, con su habitual grandilocuencia, el político conservador haya comparado estos días la crisis climática con la caída del Imperio Romano.

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Sobre la firma

Rafa de Miguel

Es el corresponsal de EL PAÍS para el Reino Unido e Irlanda. Fue el primer corresponsal de CNN+ en EE UU, donde cubrió el 11-S. Ha dirigido los Servicios Informativos de la SER, fue redactor Jefe de España y Director Adjunto de EL PAÍS. Licenciado en Derecho y Máster en Periodismo por la Escuela de EL PAÍS/UNAM.

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