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Los riesgos de radicalizar el debate de los bisontes en España

Este gran herbívoro podría ser un candidato ideal para suplir la carencia de ganado pastador en extensivo en la península Ibérica

Una manada de bisontes que vive en semilibertad en una finca en Cubillo, Segovia.
Una manada de bisontes que vive en semilibertad en una finca en Cubillo, Segovia.Víctor Sainz
Jorge Cassinello

Se ha abierto un debate, por momentos encendido, en torno a la presencia o no del bisonte europeo (Bison bonasus) en España. Los partidarios argumentan que, ante la matorralización acuciante de nuestros montes, los beneficios serían inmediatos debido a un comportamiento alimenticio que permitiría al herbívoro más grande de la fauna europea desbrozar el monte hasta tal punto que se abrirían cortafuegos naturales, y retornarían praderas y ecosistemas abiertos, lo que implicaría un aumento en cadena de la biodiversidad, comenzando por plantas, artrópodos y aves propios de estos hábitats a cielo abierto. Los contrarios, empero, argumentan que traer el bisonte a España es un dislate, esencialmente porque nunca hubo (no se han encontrado restos fósiles que acrediten su presencia) y es por tanto una especie ajena, exótica, y consecuentemente los efectos sobre nuestros ecosistemas son imprevisibles pero a buen seguro negativos. Parten además de la base de que se trata de un herbívoro propio de bosques norteños y fríos, en absoluto adaptable al clima cálido mediterráneo propio de la mayoría de nuestros ecosistemas. ¿Alguien tiene razón en esta diatriba? ¿Cómo es posible que colegas versados en los mismos campos de investigación no se pongan de acuerdo? A esta última pregunta sí que no tengo respuesta, pero en lo que respecta a la biología y ecología del bisonte europeo, intentaré clarificar las diferentes aristas que presenta este superviviente del pasado.

Pero, antes que nada, contextualicemos este peliagudo, a la par que fascinante, asunto.

La conservación de la biodiversidad

Las iniciativas que rodean los programas de retorno, de reintroducción de especies antaño comunes en la naturaleza, se enmarcan dentro del concepto comúnmente denominado rewilding, una especie de “vuelta a los orígenes” naturales, propios de tiempos preneolíticos, es decir, antes de que nuestra especie comenzara a transformar, si no destruir, los ecosistemas a través de la explotación de los recursos, y una incipiente actividad agrícola y ganadera. Esta renaturalización se fundamenta en el intento de restaurar las cadenas tróficas que conforman nuestros ecosistemas, en donde, debido a la implacable acción humana, nos faltan muchos e importantes eslabones. La ciencia ecológica nos dice que los ecosistemas originales, inalterados, eran sostenibles, más biodiversos y seguramente más resilientes ante procesos adversos, fueran estos ecológicos o climáticos. Pero ya prácticamente no quedan zonas prístinas, inalteradas.

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La antropización del planeta es cada día mayor, y esto ha determinado ecosistemas rotos, insostenibles en algún caso, y vulnerables, muy vulnerables. No podemos seguir permitiéndonos la tasa actual de extinción de especies, la denominada Sexta Extinción Masiva, que en los últimos 50 años, debido a diferentes factores antrópicos, ha llevado a una defaunación o extinción de poblaciones y especies animales estimada en un 50%. Así, según la Lista Roja de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), en el año 2021 hay contabilizadas 37.400 especies amenazadas, incluidas plantas y animales, una estima basada exclusivamente en aquellos grupos taxonómicos suficientemente evaluados y conocidos, por lo que la cifra real es seguramente mayor.

En biología de la conservación tenemos claros varios objetivos, pero globalmente podemos resumirlos en dos conceptos clave: restaurar la resiliencia y sostenibilidad de los ecosistemas y preservar la biodiversidad. Así, más allá de salvaguardar la supervivencia de las denominadas especies bandera, o emblemáticas, atractivas para el gran público y que son la punta de lanza para preservar los ecosistemas, son estos últimos, los que en última instancia han de permanecer lo más inalterados posibles para que la biodiversidad que albergan en su seno pueda asegurarse.

En el ámbito europeo, y más concretamente en la cuenca mediterránea, se localizan al menos 25.000 especies de plantas, lo que se corresponde con un 10% de todas las especies vegetales existentes en nuestro planeta, ocupando el 1,6% de la superficie seca. Además, aproximadamente la mitad de estas especies son endémicas del Mediterráneo, y un 12% son raras o están amenazadas, porcentaje con tendencia al alza. Esta elevada biodiversidad se debe a varios factores tanto biogeográficos como geológicos, ecológicos e históricos; pero lo que identifica al paisaje mediterráneo es su elevada heterogeneidad, con la presencia de teselas vegetales en mosaico, las cuales son ocasionadas en gran medida por la diferente incidencia de grandes herbívoros especializados en diversas capas vegetales. Así, a comienzos del Holoceno, hace 11.700 años, la megafauna europea incluía grandes cérvidos y bóvidos, y entre estos últimos se encontraban el uro (Bos primigenius) y el bisonte (Bison sp.), herbívoros esencialmente pastadores que, junto al caballo salvaje o tarpán (Equus ferus), se alimentaban en las praderas que se extendían por toda la cuenca mediterránea conectando entre sí zonas de matorral y bosques, como lo atestiguan estudios paleopalinológicos (del polen fósil).

Durante el Neolítico, hace unos 10.000 años, tuvo lugar la gran revolución cultural humana, testigo de la aparición de las primeras sociedades productoras, agrícolas y ganaderas, que llevaron a cabo la domesticación de un buen número de especies animales. Ese fue el destino final de los descendientes del uro, el cual fue cazado hasta su extinción. En la península ibérica probablemente desapareció en la Alta Edad Media, y el último ejemplar europeo del que se tiene constancia fue muerto en Polonia en 1627.

El bisonte en Europa

¿Y qué le ocurrió al bisonte en Europa? Hasta donde nos muestran las evidencias fósiles, nuestra única ventana al pasado prehistórico, al final de la última glaciación, la denominada Würm, el bisonte estepárico (Bison priscus) dejó de aparecer en el registro fósil justo en la época fronteriza entre el Paleoceno y el Holoceno. Y una nueva especie, algo más pequeña de tamaño, hizo aparición, el bisonte europeo (Bison bonasus). El último bisonte datado en España, hace 11.750 (± 60 años), se sitúa en el nivel C del yacimiento Kiputz IX, junto a la costa cantábrica, en Guipuzcoa; está clasificado como estepárico, pero tiene un tamaño algo menor a lo habitual.

Bisontes en la finca en Cubillo, Segovia.
Bisontes en la finca en Cubillo, Segovia.Víctor Sainz

El origen del bisonte europeo está aún lleno de incógnitas, pero recientes estudios genéticos señalan como posible causa la hibridación entre el estepárico y el uro. Julien Soubrier, científico del Centro Australiano de DNA Antiguo de la Universidad de Adelaida, junto a un extenso número de investigadores internacionales, publicaron en 2016 en la prestigiosa revista Nature Communications un revolucionario estudio en el que, por medio del uso de ADN mitocondrial y nuclear antiguos, concluían que el bisonte europeo actual es resultado de la hibridación entre el bisonte estepárico y el uro, un evento que situaron hace más de 120.000 años. Apreciaron la presencia de un 10% de ascendencia genómica de uro en el bisonte. Aunque este hecho no ha podido detectarse en el registro fósil, este descubrimiento sugiere que los antepasados del bisonte actual y el bisonte estepárico habrían convivido, alternando su dominio ecológico de acuerdo a los cambios climáticos que se fueron sucediendo, al menos desde hace 55.000 años. Es interesante destacar que ambas especies se diferencian entre sí por su tamaño corporal y por la longitud de sus cuernos, siendo en ambos casos mayor en el bisonte estepárico. A nuestros antepasados no se les escaparon estas diferencias morfológicas, como acreditan algunas pinturas rupestres realizadas durante el Último Máximo Glacial (hace 21.000–18.000 años). Es el caso de varias grutas en el sur de Francia y a tan solo 20 kilómetros de la frontera española, en donde se aprecian siluetas claramente de bonasus. Las muestras fósiles analizadas en este estudio provenían de diversas partes de Europa, desde el Mar del Norte o los Montes Urales hasta Francia e Italia.

Asociado a este hallazgo, es de destacar el hecho de que el actual bisonte europeo pueda cruzarse con ganado vacuno y dar lugar a descendencia fértil. Esta estrecha relación de parentesco entre bisontes y uros podría explicar la tremenda dificultad que existe a la hora de distinguir restos fósiles óseos de ambas especies, haciéndose imprescindible el uso de herramientas más precisas, aunque también costosas, como el análisis del ADN fósil. A día de hoy ningún estudio ha analizado, utilizando esta metodología, las muestras clasificadas como pertenecientes a bóvidos (la familia que incluye tanto a bisontes como a uros) de los yacimientos neolíticos de la península ibérica. Sin este paso previo, es imposible aseverar que el bisonte europeo no pisara tierras ibéricas durante este periodo, y si bien es cierto que tampoco podemos afirmar lo contrario, los indicios y la presencia abundante de bisontes estepáricos y uros en el registro fósil previo al comienzo de la actual época interglacial sugiere que esta hibridación también habría podido tener lugar en la península Ibérica.

Herbívoros pastadores y paisajes biodiversos

En todo caso, el lector que haya llegado hasta aquí habrá comprobado que el problema de base al que nos enfrentamos a la hora de gestionar nuestros medios antropizados es la conservación de la biodiversidad de nuestros ecosistemas. Y en este sentido, el abandono progresivo de la ganadería de ovino y vacuno en extensivo, por diversas razones que se salen del ámbito de este artículo, así como el de amplias zonas cultivadas, está afectando a ese delicado equilibrio que permitía, por medio de la acción de los grandes herbívoros de pradera, el mantenimiento de un paisaje en mosaico, natural, propio de la cuenca mediterránea y reservorio de su amplísimo acervo natural.

Paradójicamente, un medio tan antropizado como la dehesa está caracterizado por una altísima biodiversidad. Pero no debemos pasar por alto el hecho de que en el pasado pre-neolítico, las praderas y estepas naturales eran “dehesas naturales”, provocadas y mantenidas gracias al comportamiento trófico continuado ejercido por los grandes herbívoros silvestres.

Un bisonte europeo en el parque nacional de Bialowieza (Polonia).
Un bisonte europeo en el parque nacional de Bialowieza (Polonia).Boguslaw Chyla / Getty Images

Aún comprendiendo las necesarias medidas preventivas sobre la presencia de un herbívoro como el bisonte europeo en nuestros montes. El conocimiento de su comportamiento, biología y ecología, enriquecido en los últimos años gracias a la distribución de pequeñas poblaciones en diferentes territorios europeos, nos ha permitido establecer su capacidad de adaptarse a diferentes hábitats y climas. Así, la hipótesis preponderante actual es que el hábitat propio original del bisonte europeo sería el conformado por prados y pastizales abiertos, si bien, debido a la presión humana, se vio obligado a habitar los bosques. Consecuentemente, el bosque sería un hábitat marginal para el bisonte actual. En cuanto al clima, hay evidencias que apuntan a la presencia de bisontes en zonas con temperaturas medias de al menos 25 grados, como por ejemplo en Grecia, Rumania y algunos territorios del Cáucaso.

Finalmente, su papel como gran herbívoro pastador, sin duda, podría hacer del bisonte un candidato ideal para suplir la carencia de ganado pastador en extensivo, facilitando el desbroce natural de matorrales y zonas boscosas, y, consecuentemente, permitiendo la apertura de claros y terrenos abiertos, algo que el comportamiento alimenticio de ciervos y cabras monteses, siempre ligados a la alimentación preferente en el matorral, no facilita. El bisonte, junto a otras especies con comportamientos alimenticios similares, tales como muflones o caballos, podría ayudar al mantenimiento del paisaje en mosaico, y facilitar la biodiversidad asociada a dichos entornos, entre otros florestas, artrópodos, reptiles y aves esteparias. Polinizadores, como mariposas o abejas, podrían beneficiarse de esta cadena trófica rica, restaurada y a todas luces más sostenible desde un punto de vista ecológico.

La analogía del puzzle

A modo de conclusión, podríamos desarrollar una analogía planteada por mi colega Jordi Bartolomé. El ecosistema podría ser el equivalente a un puzzle, al que se le quita una pieza (herbívoros pastadores extintos) pero que es sustituida por otra que encaja bien (ganado doméstico, autóctono y exótico), y que ahora se pierde. Podemos dejar el puzzle como está, o substituir la pieza perdida por otra que también puede encajar bien y que, quizás, pertenecía al puzzle original (bisontes)…

Jorge Cassiniello es el vicedirector de la Estación Experimental de Zonas Áridas (CSIC).

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