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Los puntillosos de la vacuna

El rechazo alemán a la vacuna de AstraZeneca es una enfermedad del mundo rico

Un hombre recibe la vacuna contra la covid en Potsdam (Alemania) el pasado enero.
Un hombre recibe la vacuna contra la covid en Potsdam (Alemania) el pasado enero.Soeren Stache / AP

La evolución de las encuestas sobre el rechazo a las vacunas ha sido chocante en España. Hace apenas unos meses las dudas de la gente parecían tan extendidas que empezaron a preocupar a los expertos, porque si la mayor parte de la población eludiera vacunarse la inmunidad general sería inalcanzable, pero los sondeos subsiguientes han revelado una caída en picado del escepticismo vacunal. Esto es una excelente noticia, por muy difícil que resulte interpretarla. ¿Cómo puede la opinión pública cambiar tan deprisa sobre una cuestión tan esencial? ¿Es que antes habían sido abducidos por la doctrina Abril/Bosé y ahora han empezado a leer periódicos? No da la impresión.

Lo más probable es que mucha gente se haya guiado por lo que ven hacer a los demás. Lo que comen, lo que corren, lo que se pinchan. Para algunos ciudadanos habrá sido importante ver que los alcaldes, los generales y los obispos se han saltado la cola para vacunarse. Si esos lo están haciendo, pensará el antiguo escéptico, será que se están pinchando algo bueno. De ser así –no hay datos para afirmarlo— nos veríamos ante una paradoja casi teológica, porque los obispos ventajistas habrían hecho un gran favor a la ciencia, lo que no creo que les guste. Las cosas que hay que ver.

Alemania sola ha podido inyectar el 15% de las vacunas que le ha entregado AstraZeneca, porque la mayoría de los alemanes recelan de su eficacia

A cambio de la buena evolución de la opinión pública española, estamos viendo un nuevo fenómeno penoso en Alemania. Lo podemos llamar puntillismo vacunal, no por la escuela pictórica del impresionismo decimonónico, sino porque sus practicantes son unos puntillosos incapaces de pensar más allá de sí mismos. Como informa la corresponsal en Berlín de este diario, Elena G. Sevillano, Alemania solo ha podido inyectar el 15% de las vacunas que le ha entregado AstraZeneca, porque la mayoría de los alemanes recelan de su eficacia. Si la de Pfizer tiene un 90%, piensa cada individuo, ¿por qué me voy a poner yo una que solo alcanza el 70%? Esto ya no es ser un negacionista, sino un quisquilloso del mundo rico que ni ha entendido lo que está pasando en el planeta, donde el virus se ha llevado ya dos millones y medio de vidas, ni sabe cómo proteger su propio barrio.

Uno de los conceptos más difíciles de trasmitir al público es que gestionar una pandemia no consiste en intentar a toda costa que tú te salves, sino en reducir los daños para la población que te rodea. Basta adoptar el segundo punto de vista para percibir que la efectividad de la vacuna es solo un factor en un océano de consideraciones esenciales, como el precio, la capacidad de fabricación, la velocidad de distribución, la duración de la respuesta inmune, la temperatura de conservación y la flexibilidad frente a las nuevas variantes del virus. Basta hacer una cuenta en el reverso de un sobre para mostrar que la mejor opción es vacunar a toda la gente posible con los productos que tenemos disponibles. Lo demás es puntillismo vacunal, una enfermedad del mundo libre.

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