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OPINIÓN i

Nacionalismo huérfano

Cuando Mas fue ‘president’ quiso circular un tren de alta velocidad por vías de ancho ibérico sin pruebas previas

Artur Mas, tras declarar por el 9-N, el 14 de octubre de 2015.
Artur Mas, tras declarar por el 9-N, el 14 de octubre de 2015. GENCAT

Hubo un tiempo en que Convergencia i Unió era un catch-all party. La versatilidad nacionalista asemejaba a CiU a un tren ómnibus: cada uno se apeaba en la estación que más le apetecía, según una metáfora del propio Jordi Pujol. En sus vagones se acomodaban nacionalistas difusos, muchos autonomistas de orden e incluso unos pocos soberanistas, rayanos en el independentismo. Sus límites en el terreno nacional estaban marcados por Esquerra Republicana, con la que nunca llegaron a pactar, desde el acuerdo para la investidura de Pujol con Heribert Barrera, en 1980. Sus fronteras en lo que al eje izquierda-derecha se refiere topaban por un lado con el PP (una vez desaparecido el centro español) y con el PSC, por otro. Con ambos partidos pactó CiU, dependiendo de quien gobernara en España.

Pero la crisis que desató la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatuto auspiciado por Maragall tuvo sus consecuencias. Cuando Artur Mas llegó a la presidencia de la Generalitat quiso hacer circular un tren de alta velocidad por las viejas vías de ancho ibérico sin pruebas previas. Sin despeinarse, Mas pasó de pactar medidas económicas con el PP a propugnar una financiación similar a la vasca. Y, en doble salto mortal, se convirtió de la noche a la mañana en paladín y profeta de la independencia. El tren de la vieja CiU descarriló. No hay corazón nacionalista que resista pasar en un día del concierto económico a la independencia unilateral sin transbordo. Los viajeros de derecha, de centro derecha, de centro izquierda, los autonomistas o quienes simplemente aspiraban a llegar a la estación término de la independencia, respetando la legalidad, se quedaron de un día para otro sin servicio. Huérfanos de partido.

Todo este colectivo todavía no tiene tren en el que viajar. Se está reorganizando y no sabe a ciencia cierta cuántos son, ni está claro hacia donde va el convoy que aseguran querer compartir. La única confluencia a la vista pivota entre los herederos de Unió –Units per Avançar– , el Grupo de Poblet y un sector del PDeCAT. La heterogeneidad del conglomerado restante hace difícil imaginar otras fórmulas a corto plazo. No habría que excluir que la Lliga –que se define como catalanista no independentista– o una parte de ella se sumara a esta operación. Algo se mueve, pero quedan muchas cosas por aclarar. El activismo debe relevar al ruido declarativo. Para el futuro de este proyecto es clave pasar del nacionalismo de salón a la acción.

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