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OPINIÓN i

Primer día de clase

Las caras ilusionadas de las nuevas ministras y ministros parecían reproducir la actitud de quién llega a la escuela, quiere hacerlo bien y sabe que tendrá que demostrar más que todos sus compañeros

Pablo Iglesias recoge su cartera ministerial de manos de Carmen Calvo.
Pablo Iglesias recoge su cartera ministerial de manos de Carmen Calvo.

En los últimos días en las redes sociales se ha producido un verdadero festival de vídeos y memes creados a partir de las imágenes de los ministros y las ministras de Unidas Podemos y las confluencias que han finalmente tomado posesión de sus cargos. Alberto Garzón que entra a recoger su cartera al son del himno soviético, una foto de un Pablo Iglesias sonriente con su cartera ataviado —gracias al Photoshop— de vaquero o de futbolista. O, en vídeo, recogiendo su cartera con una andadura al estilo del Príncipe de Bel Air. La imaginación de mucha y mucha gente se ha manifestado a rienda suelta. Cabe decir que en la mayoría de los casos la sátira no era ni ácida ni ofensiva. Al contrario, quizás casi celebraba un hecho considerado excepcional quitándole hierro y exorcizando miedos y preocupaciones.

Las caras ilusionadas e inciertas a partes iguales de las nuevas ministras y ministros parecían reproducir la actitud de quién llega a la escuela el primer día, quiere hacerlo bien, y sabe que tendrá que demostrar, más que todos sus compañeros, su capacidad, su valía y su compromiso.

Sin la cultura comunista la recuperación democrática después del Franquismo no hubiera sido posible

Llegar hasta aquí ha sido duro y difícil para todas ellas. Han peleado como leonas —a pesar de todos los errores que puedan haber cometido— con una valentía y una templanza destacada. Han conseguido afirmar una hipótesis política que hace poco era simplemente impensable: era posible un Gobierno de coalición progresista en el cual estuviera gente que venía de las movilizaciones sociales así como de fuerzas políticas que se sitúan claramente a la izquierda de la socialdemocracia. En este sentido, la sola existencia de este gabinete ha certificado un cambio de escenario político.

En los últimos años se ha utilizado mucho la expresión “llevar la gente al Gobierno”, para reivindicar la entrada en puestos de responsabilidad institucional de fuerzas relativamente nuevas y alienas al bipartidismo. Como todos los eslóganes, seguramente opera una simplificación. También los partidos tradicionales —con todas sus deficiencias y sus distorsiones, en algún caso extremadamente graves— han ido representando a lo largo del tiempo “la gente”. Decir lo contrario es tanto como negar el carácter democrático de las consultas electorales y de las dinámicas de la representación en las últimas décadas.

Y, sin embargo, la llegada de Unidas Podemos a puestos de responsabilidad en el Gobierno de España, marca una pauta nueva. No solo representa la consolidación de una ruptura con el pasado en el sentido de una superación del bipartidismo ya a todos los niveles institucionales, sino también que inaugura la llegada al Gobierno no de “la gente” en genérico, sino de “una gente” en concreto.

Por un lado, se trata de “una gente” que es heredera de una cultura política como la comunista que acabó minorizada, víctima de una hostilidad brutal cultivada con esmero durante la dictadura, de sus propias crisis internas y de la fuerza arrolladora del felipismo a lo largo de los años 80 y 90. Una cultura política sin la cual —como tuvo a bien recordar Alberto Garzón en la sesión de investidura— la recuperación democrática en España después del Franquismo no hubiera sido posible. Simple y llanamente: sin la abnegada, seria, solvente —y a menudo pagada con la cárcel— contribución política, social y cultural de los comunistas durante la época de la lucha antifranquista y de la Transición, la democracia española sería hoy más estrecha, menos avanzada, y más débil.

Los representantes de Unidas Podemos tienen toda la pinta de ser el tipo de gente que no falta ni un solo día a clase

Por el otro, con Unidas Podemos entra en el Gobierno también “una gente” que cuando más fuerte arreciaba la crisis económica optó por organizarse para hacer política con un proyecto que se puede compartir o no, pero que sin ambigüedades ponía sobre la mesa —a diferencia de lo que estaba pasando en otros países de Europa—, la apertura frente al repliegue identitario, la demanda de nuevas cuotas de democracia e igualdad frente a la idea de un recorte del mismo concepto de ciudadanía.

Quizás —y como se ha observado desde diferentes tribunas—, las competencias de las cuales gozarán los ministerios en manos de los dirigentes de ese espacio político pueden ser fragmentarias y por ello menos eficientes. Quizás habrá debate interno a la coalición y ello pueda impactar sobre la acción del Ejecutivo. Quizás habrá quién pensará que lo que harán los nuevos y las nuevas ministras es demasiado. O demasiado poco. Seguramente, la oposición que tendrá el nuevo Gobierno —justamente por haber integrado a “esa gente”— será durísima, como se ha demostrado ya en los primeros compases de su andadura.

Pero seguramente también, y pese a aquella expresión a la vez esperanzada y abrumada, típica del primer día de escuela, los ministros y las ministras de Unidas Podemos y de sus confluencias tienen toda la pinta de ser el tipo de gente que no falta ni un solo día a clase.

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