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Las calles siniestras del Madrid de Baroja

Un libro recopila los paseos del escritor por los barrios más sórdidos de la capital

Pío Baroja curioseando en El Rastro madrileño en 1950. La fotografía está dedicada a Sebastián Miranda.
Pío Baroja curioseando en El Rastro madrileño en 1950. La fotografía está dedicada a Sebastián Miranda.

Como la ciudad está en constante mutación, en tiempo de Pío Baroja, como ahora, también se generaban preocupaciones sobre la pérdida de las esencias de la capital. “El fenómeno del desprestigio de la ciudad se está dando en Madrid, como en todas las demás ciudades del mundo”, escribe Baroja en un artículo de 1935. “El provinciano inteligente comprende que en Madrid no le va a pasar nada más interesante que en su pueblo. Únicamente encontrará más barullo en las calles. En lo demás no verá diferencia; la misma gente, la misma radio, el mismo cine; casi todo igual”. Cambien radio por podcast y cine por Netflix, metan un par de influencers en el citado barullo, y podría estar escrito hoy mismo.

La familia de Pío Baroja (San Sebastián, 1872-Madrid, 1956) se instaló en la capital en 1886, cuando él tenía 14 años. El futuro escritor ingresó en lo que hoy se llama Instituto de San Isidro, en la calle Toledo: desde allí comenzó a recorrer aquella ciudad donde los suburbios colindaban con los barrios burgueses. Sus aventuras como flâneur, como psicogeógrafo avant la lettre por Madrid (pero también por Londres o París), se recopilan en forma de artículos periodísticos en el libro Las calles siniestras. Antología del eterno paseante, publicado por La Felguera.

Retrato de Pío Baroja. 1930
Retrato de Pío Baroja. 1930

“Lo que Baroja cuenta de aquellos días es el relato de un explorador que se adentra a través de un territorio salvaje e indómito en el corazón de una urbe aún no afectada por ningún plan de modernización y ensanche, soportando la presión demográfica y las acometidas de unos suburbios que arrancaban casi a un paso del mismísimo centro”, explica el editor Servando Rocha en el prólogo.

Baroja tiene gusto por los barrios bajos, por las clases populares, por los golfos, los hampones y los gamberros. Pasea por la plaza de Cascorro (entonces de Nicolás Salmerón), por Ribera de Curtidores, por Lavapiés, se deja caer por Moncloa para presenciar la ejecución pública de Higinia Balaguer, condenada por el célebre crimen de la calle Fuencarral, visita a los “trogloditas” (como los llamaba la prensa) que vivían en cuevas horadadas en la montaña de Príncipe Pío o se lamenta de la desaparición de las sórdidas callejuelas del centro (por donde Jacometrezo, Silva, Mesonero Romanos, etc), donde sucede la prostitución y la delincuencia, “tabernas, cafetuchos, tiendas oscuras, casas de citas y consultas de enfermedades secretas”. Una zona que cambió su geografía e idiosincrasia con los derribos que precedieron la creación de la Gran Vía, en 1910 (y que también inspiraron la célebre zarzuela La Gran Vía, de Federico Chueca y Joaquín Valverde).

El escritor dibuja un Madrid con el aliento cansado de la Generación del 98, la amargura, la nostalgia, el hastío existencial. “Sus movimientos son azarosos; su mapa, caprichoso. Su deriva, casi siempre en soledad, era tanto diurna como nocturna, pero expresará un amor sobre todo por la noche, no solamente por lo que esta tiene de tenebrosa y siniestra, provista de su propia poética, sino por los seres que la habitan y lo que sucede en esta”, opina Rocha.

Calle de Toledo, hacia 1890.
Calle de Toledo, hacia 1890.

Baroja siente atracción por los arrabales (como Las Injurias y Las Cambroneras, cerca del puente de Toledo), por las rutas de los bohemios como Alejandro Sawa, por los charlatanes ambulantes, por los peores antros o por las Casas de Dormir (por ejemplo, el Bodegón del Infierno, en la calle Cuchilleros o la que había en la calle Calatrava), pensiones de mala muerte en las que vagabundos y proletarios podían pernoctar atados a una mesa o a una pared. Se fija en los mendigos y recuerda oficios terminados como el aguador de o memorialista. Al sur se topa con el Manzanares, un río pequeño pero tremendo, en el que fluían fetos, basuras o animales muertos. Miseria y degeneración en las afueras, que Baroja retrata con toda la crudeza. Gente que come gatos muertos.

De estos paseos, de estas escenas costumbristas y sórdidas, que reflejaba en sus artículos, sacaba el escritor buen material para su producción novelística. La gentrificación, la plastificación de la ciudad, conceptos tristemente célebres en los últimos años, parecen también existir en tiempos muy pretéritos. Y sus críticos también, como Don Pío Baroja. Su último paseo tuvo lugar en 1955, un día de mucho frío (en las fotos se le ve bien abrigado y con su característica boina), meses antes de su muerte, por algunos de sus lugares más queridos y nada tenebrosos: el parque de El Retiro y la Cuesta de Moyano, donde hoy hay una escultura en su memoria. Desde entonces Madrid sigue siendo desigual, pero sus tensiones se recubren de purpurina y neón.

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