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OPINIÓN i

De la penitencia a la autocrítica

Las actuales autocríticas, adaptadas a los tiempos y las mentalidades de hoy, son la forma indulgente de tratar los errores propios y trasladar la responsabilidad a los otros

El expresidente de la Generalitat, Artur Mas, este sábado en Terrassa.
El expresidente de la Generalitat, Artur Mas, este sábado en Terrassa. efe

La cultura católica dedicaba todo un sacramento, el de la penitencia, a la depuración de las propias responsabilidades. Y lo hacía con tal eficacia como las lavadoras se encargan de la ropa sucia. Una vez superada y gracias al secreto de confesión, ¡hala!, otra vez a pecar. Exactamente lo contrario de los que dicen que volverán a hacerlo pero luego no hacen nada. Nunca sobra y quizás es incluso útil el recordatorio de las fases sacramentales, perfectamente adaptables a los sobrevenidos afanes penitenciales más laicos de nuestros días.

En primer lugar, está el examen de conciencia, acto de autoanálisis del pecador, sobre los actos que ha hecho y los que no ha hecho y sus responsabilidades concretas en cada uno de ellos. En segundo lugar, es necesario el arrepentimiento, quizás el más difícil en una sociedad donde nadie se aviene a reconocer algún error y donde encima se suelen coronar los errores con la terca y declarada voluntad de persistir en ellos.

Mas sabía perfectamente de la fortaleza del Estado y de la existencia de una Cataluña hostil a la secesión"

En tercer lugar llega la confesión propiamente dicha. Hay que convertir el examen y el arrepentimiento en palabras dichas o escritas, que en nuestro caso, el laico, debe ser con publicidad, la misma con que se cometieron los pecados. Para los que se han limitado a la palabra o al texto, es obligado que sea de palabra o de texto, en artículo o en tertulia.

En cuarto lugar, está el propósito de enmienda, todo lo contrario de “volveremos a hacerlo”. Tratándose de política, como es el caso, quiere decir que hay un plan B alternativo que no incurre en los pecados del plan A fracasado. Y queda el cumplimiento de la pena impuesta por el confesor, la cuarta condición a menudo asociada a una larga y aburrida oración reiterativa, aunque la iglesia ha conocido tiempos más expeditivos, asociables a las penitencias estalinistas, en las que corría la sangre, como mínimo de los cilicios, flameaban las hogueras inquisitoriales o el hierro candente llagaba la carne del condenado.

Afortunadamente estamos lejos de todo esto, aunque la sospechosa palabra de moda sea autocrítica. A fin de cuentas, la autocrítica es el sistema de arrepentimiento político inventado por el estalinismo en sus fases más condescendientes, para que el pecador confesara sus errores y desviaciones de la buena vía, la línea marxista-leninista correcta. En las otras fases ya se sabe de los efectos que tenía la autoinculpación: letales en el peor de los casos y el gulag en los más leves.

La justicia puede ayudar y mucho si hace bien su trabajo. Si es justa, como todos esperamos"

Ni siquiera los responsables del actual desbarajuste más santurrones y montserratinos hablan en términos penitenciales y prefieren la vulgar e inofensiva autocrítica, sin etapas, sin arrepentimientos ni rectificaciones, sobre todo sin penitencias, y a menudo con rebotes críticos hacia los demás, ya sea el enemigo secular, ya sea el aliado o el amigo cobarde o infiel. Las actuales autocríticas, adaptadas a los tiempos y las mentalidades de hoy, son la forma indulgente de tratar los errores propios y trasladar la responsabilidad a los otros. Como el niño travieso e irresponsable, vienen a decirnos “yo no he sido”, o “si he sido yo, ha sido por culpa del otro”.

Ahora toca y todo el mundo la hace. Incluso Artur Mas, con tres reflexiones realmente curiosas: no había calculado la fuerza de España como miembro de la Unión Europea; tampoco había contado con “la Cataluña no catalanista pero finalmente catalana”; y se había olvidado de la estrategia política del Estado contra la independencia, que siempre según sus palabras “está preparando el terreno para, algún día, poder llegar a ilegalizar los partidos independentistas”. El expresidente no lo confiesa como un error personal, sino como un defecto de lectura de los mapas políticos por parte del catalanismo. Es su forma de decir “yo no he sido”. Si hay alguien en el mundo nacionalista que no podía engañarse a sí mismo sobre estos errores, y por lo tanto se le puede suponer culpable de haber engañado masivamente a sus conciudadanos, éste era Artur Mas.

El tercer presidente de la Generalitat restaurada sabía perfectamente de la fortaleza del Estado, de la solidaridad europea entre los estados miembros de la Unión, de la existencia de una Cataluña bien catalana ajena y hostil a la secesión y de la plena disposición española a evitar el descuartizamiento del país. El primero que necesita hacer examen de conciencia, arrepentirse, enumerar públicamente sus errores y enmendar su conducta es el máximo responsable de la fechoría. La indulgencia vendrá después, pero no puede llegar antes del sacramento. Ni puede concederse si se practica para con uno mismo pero a la vez se acompaña del máximo rigor hacia los demás. Paradójicamente, la autocrítica independentista, para ser sincera, debe ser también independiente. No valen las autocríticas mirando de reojo. Indulgentes con los pecados propios y rigurosas con el adversario secular, este Estado donde se incluye todo lo que no es amigo o favorable.

Esto no tiene que ver con la justicia. La justicia puede ayudar y mucho si hace bien su trabajo. Si es justa, como todos esperamos. Tiene que ver con la convivencia, con la reconciliación, con la restauración de los mitos de la unidad civil, de los consensos lingüísticos y del catalanismo transversal y compartido. No se entiende el tropismo eclesial independentista, que lleva a los fieles creyentes a los oficios, misas y oraciones montserratinas y les aleja de la penitencia, sustituida por las falsas e inútiles autocríticas de tufo estalinista. Guardémonos bien de los que dicen 'me haré la autocrítica', porque al final todos sabemos que no se la hacen ellos mismos, sino que nos la hacen a los que no somos responsables de sus disparates.

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