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Mercados de basura

Se montan por las calles mercadillos informales de cosas raras, donde los más vulnerables practican la compraventa

Un mercadillo ilegal en el centro de Madrid.
Un mercadillo ilegal en el centro de Madrid.

Lo que para unos es basura para otros es un tesoro, por eso vemos por las calles a gente rebuscando en las papeleras, en los contenedores de reciclaje, en los puntos limpios, como si quisieran conocernos a nosotros, a los vecinos, como si fueran sociólogos lumpen, porque a uno le define su basura y su biblioteca, que en algunos casos son la misma cosa.

Se montan a veces mercadillos informales de basura por la ciudad, a mí me suele pillar uno por la glorieta de Atocha donde decenas de personas extienden sábanas en el suelo y venden viejos candelabros, cubiertos oxidados, muñecas rotas, montañas de trapos, chanclas, peines, pilas usadas, radiocasetes vintage, es decir, viejos. Es la otra cara de la opulencia, la evidencia de la hiperproducción, la marea de cosas que se usan y se tiran cada día mientras el planeta se da cabezazos contra sus propias fronteras. Entiendo que haya gente que trate de vender estos artículos aparentemente inútiles, estos naufragios del capitalismo, lo que no se entiende tanto es que haya quien los quiera comprar, pero alguien los querrá: la oferta y la demanda, dice la economía, tienen que ir de la mano.

Se monta un buen atasco ciudadano en Atocha entre los que quieren pasar y los que quieren curiosear, se monta un buen lío en Atocha cuando se monta el mercadillo de basura. Los vendedores son pobres, gente callejera que se busca la vida como buenamente puede y que mediante esta actividad puede disfrutar de la performance de la compraventa, la que hoy nos diferencia como ciudadanos de pleno derecho. Quizás por eso lo hacen, quizás por eso se compra y se vende la basura en los mercadillos, porque la gente quiere sentirse incluida en un sistema que se basa simplemente en eso: comprar barato y vender caro.

El consumo es ese proceso mágico por el que uno compra un bien en una tienda (un candelabro, una muñeca, un radiocasete) y al cabo de un rato lo tira al cubo metamorfoseado en desecho. Luego viene alguien, lo recoge de entre la mierda, y vuelve a convertirlo en mercancía. La vez que con más claridad asistí a este sortilegio fue en la plaza Elíptica, entre Usera y Carabanchel, punto tradicional de recogida de jornaleros inmigrantes y también lugar habitual de mercadillos informales de bienes degenerados.

Llego la policía municipal, disolvió el mercado (no todos los mercados son libres y sagrados) y ordenó a los barrenderos que se llevaran todo aquello. Mediante ese simple hecho habían obrado el milagro y convertido las mercancías otra vez en basura. Lo mismo pasaría si uno se presenta con los operarios de limpieza en una de las exclusivas boutiques de la Milla de Oro del barrio de Salamanca y les encargase que se llevaran todo aquello al vertedero de Valdemingómez. Solo que esto es más raro que ocurra.

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