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OPINIÓN i

El desconcierto europeo

Sentirnos implicados en la política europea resulta difícil a pesar de que cada día condiciona más nuestras vidas, pero formateados en los marcos identitarios nacionales nos cuesta mucho dar el salto

Refugiados antes de ser rescatados en la costa de Libia.
Refugiados antes de ser rescatados en la costa de Libia.

Las noticias de cierre de la campaña electoral en Europa no son precisamente alentadoras. Buena parte del protagonismo se lo lleva la derecha radical convertida en el nuevo fantasma que recorre el continente. Los últimos titulares son: la consagración del italiano Salvini como líder de la extrema derecha europea. El renacimiento de Farage, referente del Brexit en Gran Bretaña, amenazando a los conservadores y a un bipartidismo secular que después de resistir infinitas batallas (guerras y colonialismos, incluidos) puede hundirse por la ruptura con Europa, y la posibilidad de que la derecha nacional de Le Pen pase, en Francia, por delante del partido de Macron.

Más todavía, al modo de lo ocurrido en España con el PP, el Partido Popular Europeo que, de la mano de Helmut Kohl, desde finales de los noventa había conseguido integrar a amplios sectores del espacio conservador, hasta convertirse en el principal pilar de la Unión, se siente ahora amenazado por el crecimiento de la extrema derecha. A la hora de acudir a las urnas para elegir un parlamento que tiene ante sí la responsabilidad de sacar a Europa de la confusión, el protagonismo lo acapara el populismo más reaccionario, peligrosa pasarela hacia el autoritarismo postdemocrático. Hace dos años estos partidos querían irse. El Brexit era el modelo. Ahora han visto la debilidad de Europa y quieren apoderarse de ella.

La Unión no es ajena a la crisis de gobernanza de las democracias liberales. Y viene cargada de fracturas

Los tecnócratas europeos como siempre minimizan el riesgo. La extrema derecha es muy suya y por tanto sus alianzas son débiles: pronto chocaran por conflictos de intereses y por agravios inscritos en las historias nacionales. Puede ser. Pero el domingo se vota por Europa y el panorama es de desconcierto. La Unión no es ajena a la crisis de gobernanza de las democracias liberales. Y viene cargada de fracturas: desigualdades económicas y sociales, efectos demoledores de las políticas de austeridad que han humillado a naciones enteras, fracturas culturales Norte/Sur y Este/Oeste, el Mar Mediterráneo convertido en Mar Muerto que engulle miles de personas y con ellas derechos y valores fundacionales, y unas instituciones alejadas de la ciudadanía, en manos de un elite corporativa, instalada en la autocomplacencia y el desdén.

Aquí, en la campaña, Europa ha ido a remolque de las elecciones municipales. Cuando se ha hablado de ella, ha sido en clave local. A las europeas se ha trasladado, por ejemplo, una cuestión interna: la pugna entre Oriol Junqueras y Carles Puigdemont por la hegemonía en el espacio soberanista.

Sentirnos implicados en la política europea resulta difícil a pesar de que cada día condiciona más nuestras vidas, pero formateados en los marcos identitarios nacionales nos cuesta mucho dar el salto. Sin Estado y sin demos, es imposible hablar de ciudadanía europea. Y Europa no los tiene. Entre otras razones, porque sigue siendo sólo un tratado intergubernamental, con Alemania ejerciendo de potencia y Francia intentando aparentarlo.

Ha faltado el acompañamiento de la cultura, siempre presente en los momentos decisivos

Mentalmente, Europa sigue quedando lejos. El demos está en un proceso de lenta construcción porque es muy difícil romper los marcos nacionales sobre los que se ha construido la soberanía popular. Y los Estados nacionales, conversión en acto de la potencia nación, aunque dan muestras crecientes de su impotencia y aunque han cedido muchas de sus competencias a las instancias europeas siguen siendo el espacio político natural.

“Si fuera posible rehacer la construcción europea, empezaría por la cultura”. Esta frase se atribuye a Jean Monnet, uno de los padres fundadores. Y, en efecto, aquellos grandes hombres cayeron en un vicio del materialismo vulgar: la creencia en la determinación económica en última instancia. Si se sentaban las bases desde la economía, lo demás —la cultura, las instituciones, la ideología— se daría por añadidura. Y era falso. Se ha hecho muy poco por trenzar unos referentes compartidos, quizás porque es tierra demasiado vieja y cargada de historias, guerras y resentimientos. Pero es hora de hacer efectivo lo que Balibar llama el teorema de Maquiavelo: “Transformar la violencia de los conflictos sociales en capacidad política colectiva”. En el fondo ésta era la razón moral que llevó a fundar Europa sobre el tabú de la guerra civil. Pero ha faltado el acompañamiento de la cultura, siempre presente en los momentos decisivos, como el Renacimiento o la Ilustración. Esta vez no ha acudido la cita. Las pasiones nacionales dificultan la tarea de tejer un espacio simbólico común. Urge pensar Europa.

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