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OPINIÓN i

¿Covadonga o Valencia?

Las urnas no han sido con Vox todo lo rumbosas que las encuestas anunciaban. Pero que nadie dude sobre la persistencia en el empeño. Cada espacio de representación institucional que Vox gana se trueca en un magnífico altavoz

vox valencia
Martínez Dalmau, de Unides Podem (izda.), Enric Morera, de Compromís, y José María Llanos (dcha.), de Vox, en el pleno de constitución del Parlamento.

En Andalucía juraron sus escaños “por España”. En las Cortes Valencianas, el pasado jueves, lo hicieron “por Dios y por España”. Los diez diputados de Vox que estrenaban tribuna en el Parlamento autonómico completaron el atrezzo imponiendo sus manos sobre un ejemplar de la Biblia. Un crucifijo como testigo. La imagen dio la vuelta a España y se coló en las escaletas de los informativos. El circo ya se había levantado. Con la inestimable ayuda, eso sí, de algunos diputados del bloque progresista -según se entra al hemiciclo, a la izquierda- que juraron o prometieron por lo que les salió del pirri. Enric Morera, reelegido presidente de la Cámara valenciana, deberá fajarse en esta décima legislatura. En román paladino: le van a hacer sudar la nómina.

La elección de un anacrónico lema de la patria -dícese de aquellos que resumían la ideología del franquismo- es el gesto anecdótico de un ideario político que aboga, en sus premisas fundamentales, por la supresión del estado autonómico consagrado en la Constitución de 1978. El Caballo de Troya triunfó por el factor sorpresa. Aquí no hay sorpresas que valgan. Santiago Abascal, líder de Vox, lo dejó nítidamente claro durante la pasada campaña electoral: “Vamos a los parlamentos autonómicos para devolver competencias al Estado”.

Las urnas no han sido con Vox todo lo rumbosas que las encuestas anunciaban. Sin menosprecio de lo conseguido, las expectativas eran más altas que los resultados. El objetivo de canibalizar a la derecha institucional -la “derechita cobarde”, Abascal dixit- no se ha alcanzado. Pero que nadie dude sobre la persistencia en el empeño. Cada espacio de representación institucional que Vox gana se trueca en un magnífico altavoz, en un impagable escaparate para vender su mercancía contaminada de odio hacia aquello/s que desprecian, desde el Estado autonómico, pasando por las feministas y todo el espectro LGBTI, para desembocar en los inmigrantes.

Hace unos meses apareció en Francia un ensayo del investigador Hacène Belmessous. Titulado “Los laboratorios del odio”, el autor analiza qué ha pasado en un puñado de municipios franceses gobernados desde 2014 por el Frente Nacional (FN) -ahora Reagrupamiento Nacional- de Marine Le Pen. El título es un afilado resumen del contenido.

El próximo domingo los españoles tenemos de nuevo cita en el colegio electoral para elegir a nuestros representantes europeos y municipales. Autonómicos en doce comunidades. La última encuesta del CIS anuncia el frenazo de Vox y rebaja sus posibilidades de éxito en buena parte de las grandes capitales y de los parlamentos autonómicos. No es el caso de la ciudad de Valencia: Vox podría debutar con varios concejales.

Andrés Rodríguez, catedrático de Geografía Económica de la London School, advertía recientemente en estas mismas páginas sobre la “venganza de los lugares que no importan”, identificándolos con territorios “que acaban rebelándose en las urnas”. Valencia, la Comunidad Valenciana en su conjunto, hace mucho que no importa. A ver si la reconquista de España anunciada por Abascal no empieza en Covadonga. No banalicemos gestos ni resultados.

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