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OPINIÓN i

El dinero de la historia

La familia Reimann, la segunda fortuna de Alemania, se propone lavar su pasado nazi con diez millones de euros

Tropas alemanas de Wehrmacht retirando una barrera en la frontera entre Alemania y Polonia.
Tropas alemanas de Wehrmacht retirando una barrera en la frontera entre Alemania y Polonia.

En este caso, el dinero nazi. Que puede trasladarse a nuestros lares en su correspondencia con el dinero de la dictadura y, también, en lo que difiere y no sucede en el presente respecto del franquismo. La noticia es del pasado domingo. La familia Reimann, la segunda más rica de Alemania, de fortuna estimada en 33.000 millones de euros, ha reconocido sus lazos con el nazismo.

Los Reimann han hecho públicas estas revelaciones para decir asimismo que destinaran diez millones a una organización caritativa que, de momento, no han precisado cuál será. Nada nuevo bajo el sol, si se quiere, Visconti nos lo mostró en La caída de los dioses ya en 1969 y desde entonces los historiadores han hecho tanto trabajo y los creadores de todo orden también. Respecto del pasado financiero del nacionalsocialismo germánico, casi siempre. Es cierto, hay muchos relatos e investigaciones en este sentido. Tal vez porque estoy husmeando en la posguerra europea, lo que más me llama la atención de la noticia de los Reimann es hasta qué punto el pasado llama a las puertas en este siglo. La hipótesis de respuesta que voy encontrando aquí y allá es que lo que llamamos historia es un relato tan insuficiente e interesado que ella misma, la llamada historia, ya no puede más y está vomitando.

Casi todo está tapado, muy tapado. Tanto en los lugares donde las guerras europeas del pasado siglo se ‘ganaron’ como en las que se ‘perdieron’. Que todo está más tapado en las tierras españolas, por supuesto: mucho más. Cuarenta años de dictadura dan para mucho tapado. Pero ello no quita que compartamos con las otras tierras europeas un silencio sepulcral respecto de las responsabilidades del dinero.

Las responsabilidades de los ganadores. Los perdedores, aquí, han merecido toda suerte de infundios. Pero esa es otra cuestión. A lo que voy ahora es a poner sobre la mesa otro aspecto: ¿cuántas familias ricas están dispuestas entre nosotros a hacer lo que han hecho los Reimann? Ni que sea para conservar mejor el futuro de sus negocios.

¿Qué han hecho los Reimann? Dicen ahora que al iniciar este siglo decidieron poner en claro su propia historia y que en 2014 encargaron al historiador económico Paul Erker, de la universidad de Munich, una investigación completa sobre los lazos de sus ancestros con el régimen nazi. Cuando el libro se publique el año que viene, darán cuenta exhaustiva.

La noticia previa de todo esto la han dado a conocer en el tabloide más escandaloso y de mayor difusión de Alemania, el dominical Bild am Sonntag, fundado en 1956 en Berlín. No es precisamente un modelo de prensa de referencia seria, pero sin duda es un altavoz potentísimo. De alguna manera está en consonancia con los negocios de esta familia, que controla una sociedad financiera, JAB Holding, que posee multitud de negocios de productos populares y masivos como los anticalcáreos Calgon, la cadena de perfumería y productos cosméticos Coty, el facial Clearasil, el dentífrico Colgate, los preservativos Durex y los jeans Calvin Klein.

El portavoz, confidente de la familia y presidente del consejo de administración del holding, Peter Harf, ha declarado al popular dominical que la familia ya no puede soslayar el papel de sus inmediatos ancestros en el auge del nazismo, ya en 1931, dos años antes de la subida al poder de Hitler: “Reimann senior y Reimann junior eran culpables. Si no estuvieran muertos estarián en prisión”. El mayor murió en 1954, su hijo en 1984.

Albert Reimann financió a Hitler desde sus inicios según constatan cartas y documentos comerciales y oficiales. Pronto se lo cobró. Su empresa abastecería la Wehrmacht (las fuerzas unificadas nazis desde 1935 a 1945) y la industria armamentística, hasta llegar a ser declarada por el estado como ‘crucial’ para el ‘esfuerzo de guerra’ en 1941. Dos años después, en 1943, trabajaba a destajo gracias a 175 trabajadores forzados, casi todos mujeres, que conocieron todo tipo de abusos. No fueron nunca recompensadas por los Reimann, como marcaban las directrices de la posguerra. Treinta y cinco años después de la muerte del último Reimann implicado en estas eficaces carambolas financieras del dinero de la historia, la familia se plantea “qué podemos hacer ahora, queremos hacer algo más [que reconocerlo] y dar diez millones de euros a una organización apropiada”.

¿Qué son 10 millones cuando tienes 33.000? Barata sale la cosa, sin duda. Barata y limpia, como tratada con Calgon que todo lo desincrusta.

Mercè Ibarz es escritora y profesora de la UPF

 

 

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