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OPINIÓN i

Independentismo y robots chinos

Entre los bancos de acusados en el Tribunal Supremo y la estabilidad de Cataluña muchas cosas están en juego. Robots contra clones carlistas o herederos del anarquismo, fósiles de ERC, una política sin centro

El Rey Felipe VI, el presidente del Gobierno Pedro Sánchez y el presidente de la Generalitat, Quim Torra, durante la presentación del Mobile World Congress
El Rey Felipe VI, el presidente del Gobierno Pedro Sánchez y el presidente de la Generalitat, Quim Torra, durante la presentación del Mobile World Congress

Macron y Angela Merkel presentan sus planes para el futuro de Europa. Tanto el uno como el otro conocen sus propias limitaciones pero ahí están, uno resistiendo la ola de chalecos amarillos y la otra apuntalando un futuro político que se le escapa de entre las manos. Puede que hablen tanto de Europa por los muchos problemas que tienen en casa pero, ahora mismo, requerir de los políticos que tengan visión es casi una obscenidad. Nadie sabe cómo van a ser los líderes del futuro, por qué el catálogo actual puede caducar de forma acelerada. Ha ocurrido en Cataluña, con una clase política quemada, sobreviviendo en la plena incertidumbre, con una sintonía muy volátil con los electores, como se verá en las generales y luego en las municipales y europeas. Mientras, en el Tribunal Supremo se trata de aplicar la ley en la Cataluña que, mal liderada y con una visión primitiva, en una cuantía aparentemente significativa pareció dejarse llevar por el independentismo hasta el naufragio de aquella pseudoconsulta cuyas falacias va revelando el juicio que preside el impagable juez Marchena. Después de tanta penumbra inducida, ¿habrá alguna visión de futuro para Cataluña?

Institucionalmente, el deterioro es enorme e incluso los fundamentos de la convivencia están debilitados. En cuanto a la economía, la inestabilidad seguirá siendo una amenaza aunque la iniciativa privada se mantenga potente a pesar de que sus potenciales estén en riesgo y puedan perder capacidad competitiva. Cuando desde Bruselas se advierte del peligro de recesión si siguen el caos del Brexit, las tensiones entre los Estados miembro, los desaires de Trump, la tenaza de Putin o la de Erdogan, en Cataluña habría que añadir como factor la contingencia negativa que representan estos años de una dislocación política decidida al enfrentamiento con el marco constitucional. De ahí esas largas jornadas del Tribunal Supremo comentadas en las tertulias de TV3 y Catalunya Ràdio como quien denuncia las fechorías de una manada de dinosaurios franquistas aplastando los pétalos de una quimera inocente.

No pocos de los encausados han mantenido que el reto de secesión en realidad no iba en serio, sino de farol. Por el contrario, la fase de declaraciones testificales va demostrando que el procés iba adelante porque sus promotores pensaban que el Estado no iba a atreverse a imponer la legalidad, del mismo modo que se pensó que Angela Merkel echaría una mano a la Cataluña independiente o que era posible irse de España y quedarse en la Unión Europea.

Mientras, también en Cataluña avanza la industria robótica, sin que sepamos con exactitud cómo afectará al mercado laboral. Lo que constatamos es que quien no siga de cerca los pasos de los robots chinos cualquier día se verá en vía muerta. Entre los bancos de acusados en el Tribunal Supremo y la estabilidad de Cataluña muchas cosas están en juego. Robots contra clones carlistas o herederos del anarquismo, fósiles de ERC, una política sin centro: es un panorama muy agitado.
La descomposición constitucional de Cataluña ya tiene y puede seguir teniendo un largo recorrido.

Como se está comprobando en el juicio por los hechos de 1-O, la Generalitat ignoró de modo sistemático todas las advertencias. En realidad, de una parte se pensaba que el Estado nunca se atrevería a cancelar el procés y por otra parte, no se suponía que el independentismo llegase hasta donde llegó. Todo eso provenía de una acomodación fraudulenta de la ley a la presunta voluntad soberana de los catalanes, a pesar de que el partido más votado hubiese sido Ciutadans. En fin, se prefería el camino hacia el enquistamiento frente a la senda de los robots chinos. Lo ha dicho Antoni Bayona, letrado del Parlament de Catalunya: “No se puede construir un Estado sin tener sentido de Estado”. Lo peculiar es que sectores minoritarios generalmente bienintencionados crean posible regresar a la estrategia de peix al cove sin tener en cuenta todo lo que significa el juicio del 1-O. De ahí no se deriva una visión del futuro de la sociedad catalana, ni se le dan mejores perspectivas. Frente al oscurantismo, siempre existe la vacuna de la autocrítica aunque llegue tarde. Sin reflexionar racionalmente sobre las consecuencias de juicio del 1-O, el estancamiento de Cataluña parece garantizado. Queda por delante una fase o bien de instauración del conflicto o bien de restauración del orden civil. De lo contrario, la fabricación de robots perderá ritmo, velocidad y mercados.

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