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OPINIÓN i

La buena voluntad

La política de apaciguamiento es un error. Llegará el momento en que la sociedad se dará cuenta del gran engaño

Pedro Sánchez y Quim Torra el pasado 20 de diciembre.
Pedro Sánchez y Quim Torra el pasado 20 de diciembre. Getty Images

La buena voluntad está bien para las cosas de la vida, sobre todo en estas fiestas navideñas, pero en política puede conducir a errores fatales. Es lo que le sucede a Sánchez con Torra. Al final, cuando ya sea tarde, el presidente español se dará cuenta de que le han tomado el pelo.

La semana pasada el Gobierno de España quiso mostrar simbólicamente su buena voluntad al celebrar un Consejo de Ministros en Barcelona. Fue un acto perfectamente inútil, producto, imagino, de las ideas de un consultor especializado en marketing, es decir, de un vendedor, de un comercial. Pero el asunto catalán no lo solucionarán los comerciales, es más hondo y complicado.

También hubo buena voluntad en la prensa catalana moderada. Ante las alarmas producidas en los días anteriores, y con 9.000 policías movilizados de forma preventiva, los titulares rebosaban optimismo: jornada bastante pacífica, apenas colapsos de circulación, la calma ha imperado, el diálogo ha comenzado… Buena voluntad comprensible, para apaciguar las reuniones familiares de estos días entrañables. Pero después, en la letra pequeña, los hechos no se correspondían con los titulares. Pongamos ejemplos.

La buena voluntad está bien para las cosas de la vida, pero en política puede conducir a errores fatales. Es lo que le sucede a Sánchez con Torra

25 tramos de carreteras fueron cortados simultáneamente a las 7.30 de la mañana, se quemaron neumáticos y cortaron árboles para impedir el paso; la AP-7 estuvo cinco horas fuera de servicio en Girona a pesar de que los mossos intentaran retirar las barricadas; la AP-7 fue cortada doce horas en L’Ampolla; cuatro horas de cortes de tráfico en la A-2 y en las Rondas de Barcelona.

En las muy diversas manifestaciones y concentraciones habidas a lo largo del día, resultaron heridos 51 personas, entre ellos 30 mossos, y detenidas 13, acusadas todas de atentados contra agentes de la autoridad, lesiones y desórdenes públicos, como por ejemplo, el destrozo de contenedores o lanzamientos de adoquines contra la policía. Fueron agredidos también varios periodistas que los violentos consideraron contrarios a su causa. Además, debido al miedo, se suspendieron muchas actividades de todo tipo: la prensa describía una Barcelona con las calles vacías en las que se circulaba mejor que nunca a pesar de ser un viernes previo a Navidad en que habitualmente sucede todo lo contrario.

Por tanto, la normalidad no se vio por ningún lado, a menos que se esperara, a pesar de la concentración policial, que se desarrollaría una batalla campal en toda Barcelona y buena parte de Cataluña. Pero la corrección política demandaba optimismo y se cumplió con la demanda: día mucho más tranquilo del esperado, acuerdo entre gobiernos para potenciar un diálogo efectivo en el marco, no de la Constitución —Torra exigió suprimir esta nefasta palabra, a lo que Sánchez mansamente accedió— pero sí de la seguridad jurídica, que ciertamente puede significar lo mismo pero que al suprimirla se nota que no lo es. Buena voluntad de Sánchez, deslealtad de Torra.

Las cosas se han ido aclarando en los días siguientes, más rápido de lo que esperado. Además del brumoso acuerdo oficial para seguir dialogando, Torra deslizó en el bolsillo de Sánchez, como quien no quiere la cosa, unas hojas con 21 puntos concretos, las verdaderas reivindicaciones de los independentistas catalanes, cuyo título ya lo revela todo: “Un pacto de Estado para solucionar el conflicto entre España y Cataluña”. 

En el momento de escribir este artículo aún no se ha hecho público dicho documento, sólo se conocen algunas líneas generales: reconocimiento del derecho de autodeterminación, libertad para los “presos y exiliados políticos”, mediación internacional para resolver el problema de Cataluña y, para colmo del cinismo, algunas propuestas críticas a la democracia española: falta de separación de poderes, pervivencia del franquismo debido a los errores de la Transición, freno al deterioro de la imagen de España en el mundo, impunidad de las actitudes fascistas. Habrá que leerlo en su integridad para comprobar hasta donde llega la cara dura de Torra y los suyos.

La política de apaciguamiento es un error, es legitimar a quiénes se han deslegitimado como demócratas. Llegará el momento en que la sociedad catalana se dará cuenta del gran engaño, de los perjuicios que les están causando el nacionalismo independentista, de su aislamiento en le mundo. Entonces será el momento de vencerles en las urnas. Pero ceder ante ellos es reforzar sus voto, es reconocer que tienen algo de razón, es alargar el problema. El cielo está empedrado de buenas intenciones, bienaventurados los hombres de buena voluntad.

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