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El diablo enamora al Liceo

'Demon', la ópera romántica de Anton Rubinstein se estrena en un nuevo y espectacular montaje producido por el teatro de la Rambla

El diablo y Tamara, los personajes principales de la ópera 'Demon', en el montaje del Liceo.
El diablo y Tamara, los personajes principales de la ópera 'Demon', en el montaje del Liceo.

Nada que ver con el legendario diablo que tienta a Fausto en la ópera de Charles Gounod ni con el Mefistófeles de Arrigo Boito. En Demon, ópera del compositor ruso Anton Rubinstein estrenada en San Petersburgo en 1875, habita un diablo muy distinto, hastiado de hacer el mal y tan extrañamente humano que busca la felicidad en el amor. En su estreno en el Liceo, en la Diada de Sant Jordi —no fue fácil el acceso al coliseo de la Rambla— y con la fachada y el hall del teatro engalanados con luces rojas, la romántica ópera de Rubinstein cautivó al público en un espectacular montaje.

Por fin el Liceo deja atrás las estrecheces económicas y se embarca en una ambiciosa coproducción junto al Helikon Ópera de Moscú, cuyo director, Dmitry Bertman, firma la puesta en escena, y otros dos coliseos, la Ópera Nacional de Burdeos y el Teatro Estatal de Núremberg. Una impactante escenografía del austriaco Hartmut Schörghofer, diseñador también del vestuario, encierra la eterna lucha entre el bien y el mal que sostiene la trama de Demon en un gigantesco túnel que conecta el cielo, la tierra y el infierno.

Impresionan las dimensiones de esta estructura cilíndrica de aluminio —la que la sustenta— y madera de tulipier, de impecable factura, que sitúa al final del túnel una esfera mágica que aparece, desaparece y, a veces, bloquea la salida. En su interior, un proyector de vídeo ilustra con imágenes de poderoso efecto esta trágica historia de amor basada en el poema dramático de Mikhail Lérmontov, que fue considerado blasfemo por la censura zarista.

No importan demasiado las cuestiones de fe ni en el poema que sirve de base al libreto de Alexandrovich Viskovatov ni en la esencia musical de la partitura, escorada en ocasiones hacia el oratorio. Lo asombroso de este diablo enamorado es su debate interior: avejentado y cansado, sabe que los humanos se las apañan bien sin sus servicios para cometer actos demoníacos, y busca la felicidad soñada en el amor.

Dentro de nosotros hay un ángel y un demonio. Ésa es la premisa del montaje de Bertman y el reflejo de esos comportamientos da vuelo lírico a una partitura que llega al Liceo con siglo y medio de retraso y en versión rusa —se estrenó en Barcelona en 1905, en el teatro Novedades, en traducción italiana—, pero con bastantes cortes, entre ellos todo el ballet y algunas páginas de singular exotismo.

El director de orquesta ruso Mikhail Tatarnikov asegura con buen oficio una concertación eficaz, pero su lectura musical queda algo plana; hay más energía y vigor dramático en esta ópera tan poco conocida fuera de Rusia, con notables escenas corales, arias de inspirado melodismo y un dúo final memorable que pedía más fuego en el foso.

Rubinstein destina las arias más hermosas al diablo, que impresionan más cuando las canta un bajo: si escuchan las viejas grabaciones de Feodor Chaliapin no hacen falta más argumentos. En este montaje, impulsado por el barítono Dimitri Hvorostosky, fallecido el 22 de novimbre de 2017, el papel titular lo defiende otro barítono, el letón Egils Silins, que lo lleva al terreno más lírico posible. Le pone mucho empeño, pero, para dar más miedo en sus invocaciones maléficas, hacen falta graves más consistentes y potentes.

Esplendorosa soprano

La sorpresa del reparto es la soprano lituana Asmik Grigorian, quien, en su debút liceista, da vida a una Tamara esplendorosa, de voz bella y bien proyectada e imponente presencia escénica; enamoró al diablo y a todos los presentes con una interpretación de suaves acentos líricos y sincero dramatismo en su escena final, cuando, aunque solo por un instante, triunfa el amor antes de que un Ángel, que también nos muestra su lado más oscuro, ponga fin a los anhelos de redención del demonio.

Confiar el angelical papel a un contratenor —estupendo trabajo de Yuriy Mynenko— es un acierto escénico. En el resto del reparto, que se movió a un nivel algo más discreto, destararon Larisa Kostyuk y Alexander Tsymbalyuk. El coro dio empaque a las escenas más guerreras, pero la curva constante de la escenografía complicó en exceso tanto el movimiento escénico del coro y los solistas como la proyección de las voces.