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OPINIÓN

La falacia de los bloques enfrentados

Hasta que no dejemos de usar el lenguaje de los fabricantes de bloques no hallaremos los mecanismos para llegar a soluciones

Los grupos de Ciudadanos, PSC y PP, abandonando el Parlament ante la aprobación de la declaración independentista.
Los grupos de Ciudadanos, PSC y PP, abandonando el Parlament ante la aprobación de la declaración independentista.

No existen los bloques independentista y españolista en Cataluña. No hay un enfrentamiento en la sociedad entre dos grupos internamente homogéneos y externamente bien delimitados como se reitera. Haciéndolo, periodistas y analistas, de manera inconsciente, adoptan el lenguaje de los participantes del conflicto y contribuyen a la cosificación de estos bloques.

Una década atrás el eminente sociólogo de la Universidad de California en Los Angeles (UCLA), Rogers Brubaker, explicó en los ensayos reunidos en Ethnicity without groups que el de grupo es un concepto que se da por supuesto en sociología, en ciencia política o en el estudio del nacionalismo, pero que no es real. Sucede con Brubaker, como con tantos otros intelectuales, que es un notable desconocido fuera de la academia. Por sus aportaciones se le podría galardonar con el Princesa de Asturias de Ciencias Sociales, pero tiene poco más de seiscientos seguidores en Twitter.

La asunción, dice el sociólogo, que los grupos son los protagonistas principales de los enfrentamientos sociales y que estos tengan que ser las unidades básicas de análisis es errónea. Lo que es real es un sentimiento de pertenencia o de ser miembro de un grupo. La cosa cambia. Se habla de los catalanes o de los españoles como si fueran grupos homogéneos con propósitos compartidos, como si el Estado estuviera formado por un mosaico multicromático de bloques culturales monocromáticos, cuando no es así.

Para llegar al fondo del problema se debe romper en el caso del proceso independentista con lo que parece obvio, que la confrontación se da entre bloques. Es evidente que los participantes se representan en términos de grupos y de oposición. Ello no significa, sin embargo, que lo tengamos que analizar con los mismos y engañosos parámetros. Más cuando cada vez que invocamos el bloque independentista o el bloque del 155 contribuimos a hacerlos más reales.

Para analizar la situación con garantías debemos conceptualizar la nación no como un organismo concreto y tangible sino como algo dinámico, desagregado y cambiante. Lo mismo con el concepto identidad, que implica unas características inmutables y que sería mejor cambiar por el de identificación porque lo que creemos que somos varía en función del lugar y momento en el que nos encontramos. No tenemos una identidad, sino una identificación, algo fluido.

Esto implica, pues, hablar de procesos sociales, culturales, políticos y psicológicos en vez de categorías cerradas. Y aquí llegamos al núcleo de la cuestión, los conflictos no se dan entre bloques sino entre individuos y organizaciones. Esto incluye, entre otros, los componentes del Estado, los partidos políticos, las entidades, movimientos sociales y los medios de comunicación. Son estos agentes, los que hablan y actúan en nombre de los grupos nacionales que dicen representar, los protagonistas reales de la contienda.

Aplicar al proceso independentista los planteamientos de Brubaker es útil por varios motivos. De entrada, porque sin caer en la visión reduccionista de la manipulación de las élites, desenmascara los intereses en juego por parte de los impulsores del pleito, emboscados en las proclamas de actuar de una u otra manera en nombre de una idea, Cataluña o España. Es interesante también porque la teoría del profesor de UCLA nos ayuda a no confundir las soflamas de los líderes que pretenden construir los bloques, con que los bloques sean reales. Así mismo nos permite estar atentos a que buena parte de los líderes políticos apelen a unos resortes emocionales para poder vivir ellos de la política.

No debemos analizar el proceso independentista y sus derivados desde la asunción de dos bloques confrontados, sino que tenemos que preguntarnos, por ejemplo, qué objetivos específicos persiguen cada uno de los partidos independentistas y cuáles el gobierno del Partido Popular. Se debe analizar qué perfiles profesionales y sociales conforman las direcciones de la ANC y Òmnium y qué buscan. Es necesario pensar quiénes son, cuál es su extracción y qué pretenden los cuadros de Ciudadanos o el entorno de Sociedad Civil Catalana. Y, sobre todo, qué piensan que conseguirán las personas que se adhieren a los distintos proyectos.

Bajo el discurso de superficie de nosotros contra ellos, del nacionalismo catalán contra el nacionalismo español, del independentismo frente al constitucionalismo, que nos induce no sólo a imaginar sino a ver a dos bloques enfrentados radica un cúmulo de intereses, verdadero motor del conflicto. Hasta que no dejemos de utilizar el lenguaje de los fabricantes de bloques, no seremos capaces de encontrar los mecanismos que permiten alimentar el enfrentamiento y desactivar los resortes adecuados para llegar a soluciones.