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OPINIÓN

El desencanto de la verdad

Preferimos dar mayor credibilidad a quien vemos como nuestro igual que confiar en aquellos medios cómplices de nuestras decepciones

Donald Trump, en una imagen de archivo.
Donald Trump, en una imagen de archivo.

Cuando el diccionario Oxford elevó “posverdad” a la categoría de palabra internacional lo justificó por el aumento de su uso en un 2.000% en relación al año anterior. Las campañas del referéndum del Brexit y de las elecciones de los Estados Unidos a la presidencia dispararon el uso del concepto. Una gran cantidad de falsas noticias, flagrantes mentiras y distorsiones de la realidad que empañaron aquellos procesos hicieron que el neologismo se convirtiera lamentablemente en moneda de uso común. De eso hace un año. Solo un año.

No creo que en ese tiempo nadie haya podido llevar la cuenta de su crecimiento social. Ni de la pronunciación del vocablo ni de la facilidad con la que hemos asimilado esa variedad del engaño. Porque eso es la posverdad: una operación de distracción pública basada en los métodos más eficaces de la propaganda renacida que hacen creer que un hecho se ha producido de una determinada manera en absoluto parecida a como realmente fue. Es una especie de autoengaño colectivo mucho más confortable porque anula el matiz, niega la duda y facilita una opinión. Por eso, a quienes lo desenmascaran se les tiene por enemigos y a quienes lo matizan por sospechosos. Y como concluye la filósofa Fina Birulés, si ya es difícil que conozcamos los hechos, cuando éstos llegan ya no importan porque las dinámicas políticas los convierten en irrelevantes.

Algo parecido a lo que responden los votantes de Trump cuando se les señala las incongruencias e incontinencias de su elegido. Un largo recorrido por cinco de los estados que le encumbraron hasta el Despacho Oval permite percatarse de lo bien trenzada que está la comprensión de cualquier consideración o decisión presidenciales. Frases memorizadas a modo de eslóganes y repetidas a título de letanía constituyen un cuerpo homogéneo, compacto, inalterable e impermeable a la crítica externa. Lo que dicen los medios “liberales” es el infundio, replican, porque esos sí que responden a los intereses del poder que está viendo peligrar su monopolio. Y como la mejor defensa es el ataque, disparan sin piedad a quien se interponga porque, substituidos los hechos por las opiniones, ¿quién se niega en un Estado de derecho a concederle la libertad de opinión a nadie? Es un juego perverso porque son quienes están imbuidos de esta verdad mutante los que insisten en señalar como miembro del sistema corrupto a quien difiera aunque, en apariencia, digan que respetan su discrepancia. Pero también esta apariencia es falsa. Fuera de cámara emergen la intransigencia tan habitualmente denunciada por un micrófono indiscreto y la intolerancia manifestada por un ataque de ira descontrolado.

La disputa es tan virulenta que ambas partes se revisten de patriotas. Y todos dicen dar buen ejemplo a las generaciones venideras de lo que significa Estados Unidos porque saben que lo necesitaran a causa de la pugna encarnizada. Y no son los seguidores de Trump, precisamente, quienes lo hagan en el sentido que Timothy Snyder defiende en su alegato sobre la tiranía. Ni los que mantienen alto el pálpito del Brexit, como se ha demostrado. Ni quienes optaron por Marine Le Pen en mayo pasado sin saberse necesariamente fascistas. Al contrario. Hay también en la izquierda radicalizada europea la misma tendencia fácilmente tildada de populista a negar las realidades alternativas a las suyas. Y se percibe en algunos discursos independentistas catalanes porque el relato adaptado a cada situación se elabora a partir de un mismo método: el que dictan las eficaces normas de la publicidad.

A eso dedicó Mark Thompson su libro Sin palabras. A describir la evolución del lenguaje de la política desde el día en el que, cada uno por su cuenta, Reagan y Thatcher decidieron que más les valía atender a los asesores que les instaban a señalar las anécdotas para desplazar las categorías. Y hasta aquí hemos llegado. Hasta el momento en el que todo parece salir del dictado de aquel periodista manipulador que se negaba a permitir que una mala noticia le estropeara un buen titular.

Y como las redes sociales han potenciado al periodista que todos llevamos dentro, preferimos dar mayor credibilidad a quien vemos como nuestro igual que seguir confiando en aquellos medios cómplices de nuestras decepciones. “I don't believe in liberal media” (No creo en los media liberales) rezaba un llamativo adhesivo en la parte posterior de una furgoneta en Texas. No es extraño pues, que Trump siga siendo su héroe. Ni que sigan construyendo el mundo a su medida. Ni que insistan en creer que la razón les acompaña. Ni que su habilidad cruce fronteras y sus hechos alternativos ganen adeptos.

Al final, nada es tan nuevo como parece por nuevas que sean las apalabras que lo definan. Y es que, como confesó Jean-Paul Sartre, todos los soñadores corremos el riesgo de confundir el desencanto con la verdad.