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OPINIÓN

El dominó secesionista

Nadie puede asegurar que las elecciones del 21-D aclaren la situación. Después de tantas fatigas, ¿va a desmovilizarse el voto independentista?

Un hombre sigue la rueda de prensa de Carles Puigdemont en Bruselas.
Un hombre sigue la rueda de prensa de Carles Puigdemont en Bruselas.

Todas las fichas del secesionismo han ido cayendo por el efecto dominó, salvo la CUP y eso hace el giro aún más rotundamente significativo. Hubiese sido razonable un proceso de autocrítica y que en los partidos que reconocen su error maximalista se cediera el paso a sectores más moderados y ajenos a procesos judiciales, pero está siendo lo contrario del principio de Gaziel: “Conocerse a fondo, compenetrarse, transigir, pactar”.

Evidentemente, esa suposición es inasumible por el rupturismo y por esta razón la incertidumbre seguirá acechando a la ciudadanía de Cataluña —independentista o no— durante un período erosivo y antes, de forma prácticamente indefectible, poselectoral. En la nueva retórica, ya ha habido un desplazamiento de la mayoría inmensa a la mayoría —“por ahora”— insuficiente, mientras prosigue la secuencia de líderes políticos independentistas eufemísticos al aceptar alguno de los cálculos inciertos sobre la magnitud de una amplia Cataluña insurgente que no existía.

De nada sirvieron múltiples advertencias de que eso iba a pasar. Pasó y quienes construyeron el “procés” van a abstenerse de argumentar su rectificación in extremis. Es parte de un ecosistema de irracionalidad política en el que, además de líderes políticos, han intervenido activamente economistas, párrocos, historiadores, politólogos, escritores con manifiestos, entidades sin socios o instituciones pantalla. Más que la coherencia intelectual va a ser determinante la lógica de minimizar el error y seguir atribuyendo el fiasco a un enemigo exterior. Para Carles Puigdemont, notoriamente, el factor represivo ha sido la Unión Europea, aunque inicialmente acudió a Bruselas exigiendo protección como ciudadano europeo frente a la tenaza de la España vengativa. Ahora le asiste la extrema derecha europea, dotada de un software atribuible en parte a redes rusas.

Para la Cataluña real el coste económico es irrecuperable. Para la rearticulación de la sociedad civil catalana, el daño es incuantificable, hasta el punto de que algo tiene que cambiar sin que sepamos ni cómo ni en qué sentido. Cuesta mucho creer que el secesionismo no entendiera que la sociedad estaba transformándose todos los días y que ese cambio, por efecto reactivo, se aceleraba cuanto más contundente se manifestaba la voluntad de secesión. La incapacidad para intuir los cambios de fondo comenzó con el pujolismo. Un dato tangible es la aparición casi súbita de Cs después de una larga incubación de la que fue responsable el concepto de transversalidad que era la respuesta acomplejada a la tesis de una Convergència como pal de paller —eje vertebrador—, según Jordi Pujol. Luego vino Artur Mas y su teoría de las mayorías indestructibles, un concepto manifiestamente opuesto al principio democrático. No hace falta haber estudiado historia política para saber que los cambios electorales en Cataluña no han correspondido a una linealidad de destino. Tras los partidos dinásticos procedentes de la Restauración canovista, la aparición de la Lliga representó el asentamiento del catalanismo pero tampoco era una mayoría indestructible, al menos en Barcelona donde el lerrouxismo ganó elecciones. Y posteriormente, el catalanismo de la Lliga fue sustituido por el confusionismo demagógico de Esquerra Republicana. Y así hasta hoy.

Con estos precedentes, Artur Mas osó hablar de mayorías indestructibles después de tener que ir en helicóptero a un Parlament de Cataluña asediado por las protestas contra los recortes sociales. Y así hasta el derrumbe de las fichas del dominó secesionista. Así hasta la aceptación por todos del marco electoral de un artículo 155 que se consideraba una agresión brutal del Estado. Sea como sea, es un deber moral contribuir a recomponer las piezas tras el estropicio aunque la cuestión no parece concernir a quienes dieron pie a la proclamación de una república catalana que duró unos segundos. Ahora mismo, nadie puede asegurar que las elecciones del 21-D aclaren la situación, ni si quienes han aceptado su error de cálculo dando por sentada la independencia en poco tiempo no volverán a agitarse. Después de tantas fatigas, ¿va a desmovilizarse el voto independentista? El republicano Claudi Ametlla advertía contra la ilusa tendencia a creer que los catalanes solo tienen un problema, el nacional, y que, una vez resuelto, la felicidad será indefectible o que el lugar de Cataluña es el centro del mundo. Para el democristiano Maurici Serrahima el independentismo propende a una Cataluña como encerrada en un gineceo, para que nadie más que los catalanes puedan verla y tocarla. Vamos a vivir semanas de escenificación electoral determinada al máximo por unos pactos poselectorales que quién sabe cómo serán.

Valentí Puig es escritor.