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Vinos, cálices y cruces

La música y el vídeo se funden en un cálido abrazo entre artes en el salón de actos del Centro Galego de Arte Contemporánea

Concierto de las Xornadas de Música Contemporánea en el CGAC.
Concierto de las Xornadas de Música Contemporánea en el CGAC.

Las sextas Xornadas de Música Contemporánea han ofrecido este viernes en el Centro Galego de Arte Contemporánea (CGAC) de Santiago un concierto a cargo del TAC (Taller Atlantico Contemporáneo). El programa estaba compuesto por dos obras: Inger mi calices, de Fernando Buide del Real, y Vesalii Icons, de Peter Maxwell-Davies. La obra de Buide, que se tocó en estreno absoluto, responde a un encargo del TAC para este concierto. Está compuesta como una obra concertante para flauta y grupo instrumental y dedicada a Luis Soto, flautista de la Real Filharmonía de Galicia y alma mater del TAC.

Inger mi calices (en latín, “llena mi cáliz”) está inspirada en un poema de Cayo Valerio Catulo (87 a.d. C. – 57 o 54 a.d. C); su Canto XXVII, que dice: Muchacho escanciador del añejo falerno / llena mi cáliz de vino más fuerte / como dicta la ley de la reina Postumia, / más cargada que los cargados hollejos / E idos de aquí allá donde os plazca, aguas claras. / Perdición del vino, emigrad junto a los serios / aquí hay tioniano puro.

La obra es, según decía Buide en su presentación al inicio del concierto, un homenaje al vino en su aspecto más social: como elemento que, consumido con moderación, propicia la conversación y la convivencia. De ahí que la conexión de los distintos instrumentos del conjunto se haga a través de la resonancia del piano y el vibráfono, como un nexo entre sus diferentes tesituras y texturas sonoras.

Buide sigue con su inveterada costumbre de adaptar la partitura a los efectivos del conjunto disponible; algo que muestra bien a las claras, además de su espíritu práctico, su habilidad y maestría en la instrumentación. Maestría presente a lo largo de toda la obra, ya desde las primeras notas de la flauta, que permiten lucirla con el brillo de una copa sobre el oscuro mantel de acordes graves del conjunto.

La prolongación de las notas de la flauta o la respuesta a esta en los diferentes instrumentos van conformando un tranquilo pero animado diálogo, en el que destaca un momento casi pastoral de la flauta sobre susurros del conjunto. Los requerimientos técnicos, especialmente en el largo solo a modo de cadencia que centra la obra, sirvieron a Luis Soto para mostrar toda su calidad como intérprete: por sus variados ataques y texturas -con una rica paleta de color instrumental en la que el uso de la flauta alto añadió un plus de calidez-; por su generoso fraseo y su rigor musical. El conjunto estuvo dirigida con rigor y precisión por Diego García Rodríguez.

Tras la breve pausa necesaria para el cambio de posición del conjunto en el escenario del CGAC, el TAC interpretó Vesalii icons, obra de de Maxwell-Davies escrita en 1969. En ella se siguió la línea de fusión entre música y otras manifestaciones artísticas que vertebra estas Xornadas de Música Contemporánea. La obra, que en su vesión original está pensada para el escenario en forma de danza, se inspira en las imágenes anatómicas de Andreas Vesalius (1514 – 1564) publicadas en 1543 en su tratado de anatomía De humani corporis fabrica y estuvo ilustrada visualmente por la videocreadora Laura Iturralde.

El tratado de Vesalius muestra el cuerpo en diferentes posturas que permiten ver mejor la disposición de los diferentes aparatos y órganos del cuerpo. Fueron precisamente estas posturas las que inspiraron a Maxwell – Davies, ya que le recordaban las que debió de adoptar Jesucristo durante su pasión y muerte en la cruz. Y así dispuso su obra en catorce piezas que se corresponden y llevan el nombre de las estaciones de la oración cristiana del viacrucis.

La reorganización del escenario fue la mínima imprescindible, sin muchos cambios respecto de Inger mi calices. La adaptación de la partitura de Buide al conjunto utilizado por Maxwell-Davies permite que la diferencia sea, sobre todo, el cambio de solista instrumental entre flauta y violonchelo, instumento protagonista en Vesalii icones.

En la estructura de esta obra, Maxwell–Davies confía al solista “la voz” de Jesucristo –protagonizado en escena por un bailarín- con una música clásica de estructura absolutamente seria y lo enfrenta quienes –pueblo y autoridades- lo condenan y martirizan. Estos están representado por el conjunto y tienen asignada una música más informal, más “gamberra”, con alusiones jazzísticas e incursiones en antiguos bailes de salón como el increíble foxtrot final.

Álvaro Quintanilla hizo una esplédida versión de la parte solista, desgranando toda la variedad de sensaciones y sentimientos que se suponen a alquien que sufre la angustia de un juicio injusto y vive la agonía del martirio físico en la cruz. Serenidad, agobio, angustia, dolor físico y moral tuvieron su voz en la del chelo del músico madrileño, siempre comprometido con la contemporaneidad.

La actuación del TAC fue realmente soberbia de principio a fin de la obra. García Rodríguez mostró el completo dominio de su partitura. Su característica forma de dirigir y marcar las entradas a cada músico del grupo y su buen control del sonido lograron una gran precisión y la adecuada riqueza tímbrica.

El altísimo nivel sonoro y musical alcanzado haría injusto destacar a alguno sobre los demás, por lo que su mera mención es el más adecuado elogio a la gran actuación de Luis Soto, flauta y Álvaro Quintanilla, chelo, que pasaron con la humildad que da la verdadera grandeza del puesto de solista al de tutti . También la de Ioana Ciobotaru, viola; Saúl Canosa, clarinetes; Nicaso Gradaille, piano y José Vicente Faus, percusión.

La interpretación musical se ilustró con imágenes de Laura Iturralde. La diseñadora gráfica, escenógrafa y videocreadora compagina en este trabajo su intervención visual en directo con imágenes pregrabadas. Estas provienen tanto de reproducciones de láminas del tratado de Vesalius como de otras fuentes y son sometidas a procesos de multiplicación o animación. En estos procesos, se van coordinando admirablemente con cada momento de la partitura de Maxwell–Davies.

El trabajo, en el sentido puramente teatral, alcanza niveles de dramatismo realmente sorprendentes a través de una tensión visual creciente. Esta alcanza su culmen en el momento de la crucifixión y muerte de Jesucristo y contrasta fuertemente con el momento de la resurrección y su sarcástica mención musical del Anticristo por parte del músico inglés. Iturralde fue partícipe de la larga, cálida y merecida ovación final del público que llenaba el salón de actos del CGAC.