Opinión
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La Barcelona rica

La imagen de ciudad que está defendiendo Colau, además de la normalidad, es la de un espacio de intercambios libres y dinámicos

El Bulevar Rosa cierra sus puertas.
El Bulevar Rosa cierra sus puertas.Carles Ribas

Cuando se producen turbulencias, y ahora ciertamente se están produciendo, la alcaldesa Ada Colau hace santamente de tomar la palabra y reclamar calma: no pasa nada, todo volverá a su cauce. Es igual que sean atentados sangrantes o decisiones políticas perturbadoras. La imagen de ciudad que está defendiendo Colau, además de la normalidad, es la de un espacio de intercambios libres y dinámicos. No critica a los mercados o menciona a los buitres: eso es gestión cotidiana, en casos extremos se trata de vender prosperidad. Prosperidad, he aquí la palabra. Al común de los mortales, pobres de nosotros, la situación física del Ibex 35 nos resbala, pero la imagen de una estampida de empresas que, por las razones que sean, lían el petate y se van nos angustia. He aquí el peso de la economía también en la imagen de la ciudad. Ahora bien, cuando queremos vender la ciudad alternativa, la que se cuela en los intersticios de los poderes fácticos, entonces apelamos a Germanetes o a una fábrica de creación. Pero la imagen pública y universal de Barcelona sigue siendo la ciudad rica.

Ada Colau entró en el Ayuntamiento haciendo exactamente lo contrario: vendiendo la ciudad popular contra la prepotencia —decía ella— de los poderosos. Recuerden aquellas desafortunadas declaraciones contra nuestro congreso estrella porque no había wifi en Nou Barris, como si fueran apuestas del mismo nivel jerárquico. E, inmediatamente, una decisión que todavía lamentamos ahora. Un gran hotel de cadena internacional pretendía recrecer un edificio bancario en Passeig de Gràcia —donde no causaba molestias— a cambio de una permuta interesante: regalar a la ciudad el histórico Teatre Masriera de la calle Bailén. Lo había tejido Xavier Trias, que era hábil buscando estos puntos de compensación mucho más útiles que el problema causado por el que se estaba compensando. Era una batalla simbólica: frenar los hoteles, que corrían desbocados. Pero hemos perdido los bueyes y la carreta, porque ni hotel ni teatro: pisos de lujo, que no aportan nada.

Estos días, que está echando el cerrojo el mítico Boulevard Rosa, vale la pena recordar nuestro paseo del lujo cargado de oficinas y bancos, ciego para el comercio y para la gente. Una galería comercial fue una novedad digna de peregrinación. En esos tiempos, o un poco antes, Josep Maria Ainaud, concejal del distrito. Decía que el Eixample no tenía inversión, que las oficinas echaban a los vecinos a la calle. Los problemas mutan. Dijo además una cosa terrible: no hay equipamientos, pero hay propiedades privadas que compensan, bibliotecas por ejemplo. Cierto: el Eixample guarda tesoros patrimoniales, pero eso no es un servicio público, y es en servicio público que tienen que equipararse los distritos. No todos podemos, como podía el inefable Josep Maria, frecuentar las bibliotecas y los salones y las colecciones de arte de “los amigos de casa”. Ainaud se refería con esta expresión a aquellos que se rozaban con el poder, a veces hasta límites insoportables: no era su caso, Ainaud era un home digno. Pero mal que bien compartían el tronco común de la voluble burguesía catalana, las famosas cien familias. Todo esto ha desaparecido.

A la gente le gusta ir a ver los barcos del Saló Nàutic aunque no navegue y le gusta calibrar marcas de lujo aunque ni sueñe en comprar. Después están los activistas que dicen que esa ciudad no los representa y que la de ellos es la modesta del huerto urbano y el carril bici. Y lo cierto es que son los hemisferios con funciones diferentes, una de las cuales es meramente representativa y la otra, el modelo a construir. Un pie en cada lado. Se tienen que ir penetrando necesariamente una ciudad y la otra, y es posible y hasta deseable que con el tiempo la ciudad alternativa vaya ganando peso.

Mientras tanto, ¿es buena idea transformar el Maremágnum en un centro didáctico? Yo creo que no. Hay trastos que nacen para ser lo que son y forzarlos a meterse en el esquema de la corrección política no les dará la vida que les niega su propia obsolescencia. Edificios condenados por su propia banalidad. ¿Tan ridículo es hacer de un centro de ocio un centro de ocio sin plus agregado?

Después están las prioridades. Pero ya sabemos que a las prioridades las cargan los vecinos.

Patricia Gabancho es escritora.

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