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Yoga bajo los árboles

Un profesor enseña esta técnica mental a más de 80 alumnos a la vez en el parque del Oeste

Multitudinaria clase de yoga en el Templo de Debod un domingo de septiembre.
Multitudinaria clase de yoga en el Templo de Debod un domingo de septiembre.

Cada mañana, Nicanor Fuentetaja se levanta, se tira al suelo y escucha a su cuerpo. Respira, estira y decide qué partes necesita restablecer. A las diez y media, de domingo a jueves, acude a los jardines del Templo de Debod e imparte una clase de yoga de una hora y cuarto. A última hora de la tarde, en torno a las siete y media, inicia otra sesión. Fuentetaja, que se hace conocer como Niki,reúne en sus clases entre 80 y 120 personas diarias durante los meses más cálidos del año en sus talleres a cambio de la voluntad. Este verano ha cumplido su cuarto año consecutivo. El 1 de octubre terminan las sesiones.

La clase arranca con movimientos pendulares, de relajación y de preparación. Los participantes acuden con ropa cómoda y esterillas, aunque se puede practicar sobre el césped. Solo se escucha una fuente del Templo de Debod, los pájaros y el rumor del tráfico a lo lejos. A medida que avanza, los estiramientos y las posturas se complican. Los más avezados cumplen con placer, los novatos sufren. “Tengo un amigo triatleta al que le supone un desafío someterse a estas clases”, comenta jocoso el maestro. Sin embargo, lo que busca es que la gente “reconecte consigo misma en un ambiente natural, mediante la respiración, el cuerpo y la mente”.

Fuentetaja durante tres años se formó y se sumergió en el mundo del yoga en Tailandia, donde también se inició en la meditación. A su regreso a la capital, comenzó a impartir estos talleres que se trasladan a otros espacios en el invierno.

Fuentetaja teme no poder acoger a tanta gente en un espacio público. “Los de atrás ni siquiera me oyen y van fijándose en la gente que tienen delante, pero utilizar un micro y altavoz me resultaría muy artificial”, señala. El yoga, una disciplina mental, física y espiritual, “ayuda a sobrellevar el estilo de vida de la ciudad”, explica.

Al final de cada lección, el instructor apoya una caja en el césped con caramelos y un bote donde se lee “gracias”. Este permanece unos minutos sentando, con las piernas cruzadas, y la mayoría de los asistentes se acercan para darle algo. “El sistema de pago se basa en la generosidad, inspirado en la gente con la que me formé”, cuenta el maestro, que vive de las clases que imparte. Tres días a la semana se queda media hora más para practicar meditación con quien lo desee.

Natalia Elosegui, de San Sebastián, practica yoga desde joven y acaba de participar por primera vez en este taller. “Me gusta porque no es muy físico y es al aire libre”. A Lucrecia Bellido, sevillana, le gustaría combinarlo con una actividad “más aeróbica”. Las dos chicas hablan sobre lo caro que suele ser: “Es una pena que el yoga se haya convertido en un negocio”.

Algo que Fuentetaja descarta por completo. “El principal objetivo de este modelo es que el dinero no impida a nadie venir. Lo más importante es que la gente venga si cree que el yoga le va a aportar algo”, reflexiona al terminar la clase. El primer fin de semana de noviembre está organizando un taller de fin de semana, aunque todavía no ha cerrado sus planes para el invierno y es posible que se vaya a Asia, aunque tampoco descarta buscar un espacio en Madrid donde proseguir sus enseñanzas.

 

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