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Weegee, el fotógrafo de la mala vida

FotoColectania dedica una exposición al convulso Nueva York de los años treinta y cuarenta a partir de las imágenes del reportero

Una de las fotografías de la exposición realizada por Weegee en 1940.
Una de las fotografías de la exposición realizada por Weegee en 1940.

Si a lo largo de la noche se producía un asesinato, un accidente, un robo, una venganza entre grupos mafiosos rivales, un incendio, un robo o una redada de travestis en la ciudad de Nueva York, allí estaba Usher Fellig (1899-1968), más conocido como Weegee, cámara en mano y dispuesto a tomar la primera imagen, incluso antes de que llegara la policía. Su coche era su casa y su base de operaciones, después de conectar la radio con la emisora de la policía que le permitía estar al tanto de todo lo que pasaba en la ciudad a esas horas.

Para completar su trabajo, revelaba las fotografías en el laboratorio que había montado en el maletero extra grande de su coche biplaza. “Guardé todo allí, una cámara extra, los casquillos de las bombillas de flash, una máquina de escribir, botas de bombero, cajas de cigarros, salami, película de infrarrojos y zapatos extras y calcetines. A partir de entonces tuve alas. Ya no tuve que esperar para que el crimen viniera a mí; podía ir tras él”, escribió en su autobiografía. En una máquina de escribir redactaba una nota y la mandaba, junto con las imágenes, a rotativos de la ciudad como el Herald Tribune, el Daily News, el Post o The Sun. Weegee era el más rápido y el mejor reportero gráfico de la ciudad de los años treinta y cuarenta y acabó convirtiendo el crimen en un espectáculo. Fue entonces cuando comenzó a firmar el reverso de sus fotografías como Weegee, el famoso.

Weegee sentado en un taburete escribe a máquina en el maletero de su Chevrolet mientras fuma y se ilumina con una linterna, en 1942.
Weegee sentado en un taburete escribe a máquina en el maletero de su Chevrolet mientras fuma y se ilumina con una linterna, en 1942.

A este fotoperiodista incansable e inquieto que realizaba imágenes a base de duros contraluces que daban un aire de dramatismo a sus personajes, protagonistas y espectadores de crímenes y tragedias ciudadanas dedica la Fundación FotoColectania la exposición Weegee by Weegee en la que pueden verse 110 de sus imágenes —además de su máquina de escribir y su enorme cámara fotográfica marca Speed Graphic— pertenecientes a la colección suiza M+M Auer que cuenta con 500 fotografías (entre las más 50.000) de este reportero. A Weegee se le atribuye una gran teatralidad y se le ha acusado de incluso arreglar las escenas del crimen antes de fotografiarlas, tal y como hacía Joe Pesci que le encarnaba en la película El ojo público (1992). “Era un artista, lo importante es que nos emocione y nos guste y tampoco tocó tanto. En la película también se decía que hacía el amor en el coche y es imposible porque no cabía”, explicó Michèle Auer.

Cabezota

La exposición muestra materiales de los años treinta y cuarenta de sus cinco primeros libros, publicados entre 1945 y 1964, en la que además de crímenes presenta escenas de eventos sociales, en las que las damas de alta sociedad neoyorquinas van vestidas con sus armiños y diademas, en estrenos de óperas o teatrales. También acontecimientos populares, como una de sus imágenes más icónicas: una aglomeración en una playa de Coney Island. “en la que todos los que miran sonrientes a la cámara están enfocados”, remarcó Michèle Auer.

Cuando los Auer compraron, hace 25 años, sus primeras fotografías. “Tuvimos que vender una casa que teníamos en París”, Weegee ya había fallecido, “pero nos hubiera gustado conocerle”. Les había sorprendido su buen humor. Algo que le llevó a autorretratarse hasta en 1.500 ocasiones; como en la serie en la que Weegee muestra los pasos de todo el sistema judicial desde que el delincuente es arrestado hasta que se sienta frente al juez; y en todas es Weegee el protagonista. “Era un hombre cabezota y políticamente incorrecto que adoraba a la gente con defectos y que era capaz de mostrar las escenas de la calle que otros no se atrevían a reflejar”, remacha Michel Auer.

En el escena del crimen

Rebeca Carranco

“La policía estaba de acuerdo con ello”. De acuerdo con que un fotoperiodista se avanzase y llegase a la escena del crimen antes que nadie, sacando un primerísimo plano del muerto, al que el lector podía mirar sin estremecerse. Eso obviamente no ocurre aquí. Pasó en Nueva York en los años cuarenta, cuando Arthur H. Fellig, conocido como Weegee, montó su propia redacción en su Chevy Coupé marrón del 38, con una emisora policial dentro.

“Unos peces gordos de la poli me dieron un permiso especial para llevar una radio de las suyas, igual que la de los coches patrulla”, cuenta en uno de los textos que incluye la exposición de FotoColectania. “Ya no tenía que esperar a que el crimen llegara a mí, era yo quien iba tras él”.

Un hombre yace descamisado en una de las fotografías. Arrodillado, otro varón le toca el vientre. De pie, separados por el cuerpo en el suelo, un agente le pasa a un compañero una pistola. Una breve reseña cuenta la historia tras la imagen: “Calle Loex’s Delancey. El hombre del “hold up” [atraco] ha disparado a un policía, que ha respondido. El hombre ha muerto y el policía devuelve el arma a su sargento. Recibirá una medalla. El cirujano examina a la víctima. 1940”. Este tipo de fotos es la seña de identidad de Weegee. Sus imágenes enseñan una realidad cruda, sin distancias ni cordones policiales que dificulten el trabajo periodístico.

Weegee “se movía con soltura entre la policía y la mafia”, ahora los paseos oficiosos por los grupos de investigación han desaparecido y las cartas manuscritas desde prisión escasean. Weegee corría tras el crimen, ahora el crimen llega en forma de comunicado oficial de gabinete de prensa. Cuando el periodista pisa el terreno (si da tiempo), raramente queda alguien en el escenario. El retrato más duro que puede captar un fotógrafo es la sábana blanca que trasluce un cuerpo y una historia, probablemente dramática, atrapada en un secreto de sumario.

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