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Toda una vida en el Born

Testimonios de asentadores y trabajadores nutren la muestra sobre la memoria del mercado barcelonés

Un trabajador en el Born, en 1964.
Un trabajador en el Born, en 1964.

La parada 172 era la de Joan Serra. Estaba en el exterior del mercado, en el lateral de la calle de Fusina. La parte de la pared estaba forrada por un gran escritorio de madera en el que trabajaban cuatro personas haciendo las cuentas —por su puesto, mentalmente— y los albaranes. Fuera, se disponían los cestos y cajas con las hortalizas más fuertes, como pimientos o berenjenas, y los montones de verdura (coliflores, lechugas) se apilaban directamente en el suelo. Y a partir de las cuatro de la madrugada, con medio barrio durmiendo, empezaba la algarabía del mercado del Born. Margarida Sau trabajó en esa parada durante años, hasta que cerró, en 1976, y se trasladaron a Mercabarna.

“Era duro porque pasabas mucho frío y sueño pero también se trabajaba con buen ambiente. Muchos éramos del barrio. Medio Born estaba relacionado con el mercado. Los colmados, los frutos secos, las legumbres...”. Ella ha sido uno de las personas que se ha acercado a la Paradeta del Born con fotos de su época para que sean incorporadas al fondo documental. “Esto era por la mañana, cuando ya había empezado la venta; aquí ya quedaba poco y estábamos recogiendo; esta era mi suegra...”, describe las fotos escaneadas. Luego, resumirá, ante una cámara, cómo era un día de trabajo allí en los años sesenta.

Es una de las particularidades de la muestra Born. Memòries d’un mercat, que ocupa la exposición temporal del recinto y que ha sustituido a la famosa muestra de Franco. “Desde el primer momento se quiso recoger la memoria viva del mercado y empezamos a registrar testimonios en 2005. Fue laborioso. Partimos de un documento de los años 40 del mercado y a través del padrón localizamos las direcciones”, explica Manel Guàrdia, uno de los comisarios. Nada mejor para recordar lo que fue el mercado que las cajas, de todos tipos y tamaños, que se apilaban en carretillas formando torres imposibles empujadas por los camàlics y ellas son las protagonistas de la exposición. Son esas cajas las que marcan el recorrido de la muestra y crean los espacios de los audiovisuales que explican lel Born. "Hay 1.300. Las localizamos en Toledo, Valencia y Lleida. Y son auténticas, estaban en uso. Queríamos reproducir el paisaje natural y la unidad del mismo Born”, comenta el arquitecto Dani Freixas, encargado de esa parte del proyecto. Freixas, que también trabajó en la museización del yacimiento del Born, añade que la muestra no quería ser de “arqueología documental”. Sí que hay algún plano y libros de registro, pero es muy visual.

“Los primeros en venir a comprar solían ser los de los mercados, los de Santa Caterina y la Boquería. Escogían la mercancía y los camàlics cargaban las cajas y las acercaban a los camiones. Después venían los de los colmados, que compraban menos, y sobre las nueve de la mañana ya se cerraban las paradas”, recuerda Margarida. Empezaba entonces “la mejor hora”: la del almuerzo, con bidones en los que se hacía fuego y se asaban sardinas o pimientos o lo que fuera. El mismo lugar donde los asentadores vendían hortalizas de madrugada tenía una doble vida: “Venía gente bien de juerga, iban a la churrería y nos mezclábamos todos”. Otros testimonios añaden que muchos estaban “completamente borrachos”. Kubala era de los que se acercaba al mercado como fin de fiesta.

Una exposición ‘interruptus’

La muestra (abierta hasta noviembre y el primer mes, gratuita), se tenía que haber realizado antes. Ese era el plan de Albert García Espuche, historiador y alma del Born, quien, con el Museo de Historia de la Barcelona (MUHBA), planificó que la primera gran exposición temporal del Born fuera sobre la memoria del mercado. No fue así porque el cambio de signo político municipal, con CiU en el Consistorio, decidió que la primera muestra temporal también tendría relación con los hechos de 1714. De ahí que tanto los comisarios como el arquitecto Dani Freixas empezaran a trabajar en la muestra en 2005. Luego, el proyecto se aparcado y resucitó con Ada Colau.

Alejandro Pujol, hijo de un mayorista del Born, recuerda la maniobra de descarga de los melones que se apilonaban en el paseo Picasso: “Venían los carros y hacíamos una cadena y nos pasábamos los melones uno a uno a gran velocidad y se hacían las pilas según la madurez”. Los camàlics —que podían arrastrar un volumen de cajas de hasta 400 kilos— eran los que trabajaban más duro. “Llegábamos a las 4 de la madrugada y cuando sonaba el pito empezaba el movimiento. Lo peor era arrastrar las carretillas por el adoquinado”, explica en una de las grabaciones Enric Pinsach, camàlic que memorizó los nombres de todas las paradas.

La exposición recoge las imágenes más conocidas del Born y no faltan las fotografías de Català-Roca, Forcano o Colom. La primera parte es la historia del barrio y la del edificio, proyectado por Fontseré en 1876 y que fue el primero metálico que marcó la nueva concepción de los mercados. Un Born que, hasta 1921, fue minorista. Una segunda línea expositiva es la memoria del mercado mayorista que cerró en 1976 y, la última, cuando pasó aespacio rescatado por los vecinos (estuvo condenado a la piqueta) donde, en la década de los 80, se hizo de todo: mitings, fiestas, conciertos. “Queremos que la gente que ha estado vinculada al mercado venga y nos de su testimonio y fotos”, afirman los comisarios. Y lo están consiguiendo: hay antiguos asentadores que les están llevando objetos que se utilizaban en el mercado, como ganchos, carretillas y pesas.