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Editar a la sombra espiritual de Orwell

Una exposición en la biblioteca Jaume Fuster de Barcelona repasa las tres décadas de vida del sello Edicions de 1984

Portada de 'La broma', de Milan Kundera, en Edicions de 1984.
Portada de 'La broma', de Milan Kundera, en Edicions de 1984.

Se acercaba el año orwelliano y a Josep Cots, lector tan omnívoro como compulsivo, se le ocurrió que para arrancar su nueva editorial nada mejor que la distopía del autor inglés. Con un punto de ingenuidad que más de 30 años después, por fortuna para los lectores catalanes, no se ha sacudido de encima del todo, fue a pedirle los derechos al ya mayor pero aún hosco editor mítico de Destino, Josep Vergés. El no fue rotundo, claro. Pero al menos la idea, aquel octubre de 1983, quedó en el nombre, Edicions de 1984, nacida con una única premisa: “Publicar literatura contra todo tipo de totalitarismos”, resume hoy Cots. Han pasado poco más de tres décadas. O sea, unos 400 títulos vivos de 212 autores, cuya esencia se plasma en la pequeña pero exhaustiva muestra Edicions de 1984. La ciutat dels llibres, que hasta el próximo día 15 se puede ver en la Biblioteca Jaume Fuster de Barcelona.

Un libro que reunía tres combativas obras de teatro de Bertolt Brecht (Baal. El casament dels petits burgesos. Ascensió i caiguda de la ciutat de Mahagonny) inauguró un sello cuyo catálogo se iría haciendo, en sus inicios, a imagen y semejanza del poso de las lecturas del propio Cots, que contó con Maria Àngels Agulló y Jordi Rojas como primeros socios aventureros, a los que al año se unió la actriz Carme Sansa y, ya en 2000, Jordi Muñoz-Castanyer.

“No buscábamos ideología sino, sobre todo, calidad literaria; y la prueba es que fuimos a por nombres como Brecht, Alfred Döblin o Milan Kundera”, recuerda Cots en el vídeo de la muestra, comisariada por el ya experto en estas lides Julià Guillamon. Brecht abría la colección Temps Maleïts, cuya cuarta propuesta, La broma, de Kundera, provocó un notable rifirrafe con la mujer del escritor, Vera. Ésta consideraba que la portada diseñada por Peret, a partir de la estética de los carteles soviéticos, era excesiva, un guiño de mal gusto sobre el contenido mismo del ya en Francia polémico libro (un estudiante checo hace burla de la ideología comunista en los años 60) y que, por lo tanto, debía cambiarse inmediatamente, amparándose en el punto 14 del contrato que daba al autor derecho a ver la cubierta y dar su beneplácito, como reflejó Vera en la carta que se puede ver en la muestra.

"Pienso más en el lector que en la cuenta de resultados", dice el editor Josep Cots, tras publicar, por ejemplo, la poesía completa de Mandelstam o siete títulos de Doctorow

Junto a Temps Maleïts y para reforzar la tesis fundacional de Edicions de 1984 nacía la colección Soldats de ploma, para recoger, desde el ámbito del ensayo o la crónica periodística, “el testimonio de los que habían luchado blandiendo la pluma y denunciado esas sociedades totalitarias”. De ayer y de hoy mismo, claro: por eso aparecieron ahí la mítica crónica de la revolución rusa Deu díes que trasbalsaren el món, de John Reed, o el brutal testimonio de periodismo de infiltración en las miserias de la Alemania laboral actual de Günter Wallraff: Cap de turc.

La caída del muro de Berlín fue un mazazo a la razón de ser del sello, que trastabilló entre 1991 y 1996, cuando al final Cots decidió convertirlo en sociedad anónima y dedicarse a tiempo completo. Lo primero fue una decisión de editor de vieja escuela: hacer política de autor. “Sé que con algunos títulos me pasaré de frenada, pero igual con el conjunto equilibro”, se planteó Cots. “En la edición en catalán se picotea mucho en la producción de los escritores”. Y eso explica que su catálogo tenga, por ejemplo, siete títulos de E.L. Doctorow, el autor de La gran marxa. O tres de Juli Vallmitjana: desde la resucitada por él con éxito La xava, hasta sus ya más discutibles comercialmente conjuntos de relatos o su teatro completo. O diversos títulos de Hans Fallada o Ernst Toller, dos de los grandes escritores de origen humilde que narraron como pocos el horroroso tránsito de la República de Weimar al nacimiento y triunfo del nazismo.

Ese Fallada, como Doctorow, forman parte de la exquisita lista de íntimas satisfacciones del Cots editor, a las que añade raudo el Berlin Alexanderplatz de Döblin, en traducción de Carme Serrallonga, o las poesías completas de Mandelstam o Ajmatova. “Pienso más en el lector que en la cuenta de resultados”, se justifica. Pero tampoco le ha ido tan mal, como demuestra que pueda estos últimos años lanzar unos dos títulos por mes, con una tirada media que oscila entre los 1.400 y los 2.000 ejemplares. A esa velocidad de crucero no es ajeno el inopinado éxito de Olor de colònia, debut de una señora de 65 años, Sílvia Alcàntara, que narraba “un mundo desconocido literariamente, el de las colonias textiles: leí su manuscrito y me gustó”. Hoy lleva 60.000 ejemplares.

Inquieto, de lecturas ahora “más que compulsivas, repulsivas”, bromea, que explican que en su día encontrara en el Canigó de Verdaguer ese “Quan Barcelona era un prat / Mirmanda ja era ciutat”, urbe imaginaria con la que bautizó su colección más literaria, cree Cots que “el gran agujero de la literatura catalana actual es el de los novelistas que expliquen los últimos 50 años”. Quizá por ello, y a la sombra de Alcàntara, está dando salida a autores neófitos catalanes como Jordi Lara o Sergi Pons Codina o, este mismo mes, a Raül Garrigasait, con su debut Els estranys. Pero ahí estará en breve Memòries perilloses, de Benjamin Stora, sobre el pasado colonial de Francia en Argelia. La sombra fundacional orwelliana...