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La chelista de Lope de Vega

Clásicos de Verano cumple 29 años y 42 conciertos celebrados en lugares únicos de la región

Beatriz Blanco ensaya en el patio de la Casa Museo Lope de Vega.
Beatriz Blanco ensaya en el patio de la Casa Museo Lope de Vega.

En el antiguo huerto de la Casa Museo Lope de Vega (calle de Cervantes, 11) la paz solo se ve interrumpida por las naranjas que se desprenden de un majestuoso árbol. Los frutos caen con la cadencia que pide una tarde de verano en Madrid. En el pequeño patio interior no hay un alma. Fuera, en la calle, más de 150 personas hacen cola para entrar en uno de los conciertos de Clásicos de Verano, festival que acaba de cumplir 29 ediciones con una programación de 42 conciertos de música clásica.

Beatriz Blanco, 28 años, chelista, es la artista encargada de poner música en solitario en el antiguo huerto del dramaturgo madrileño. Un espacio idílico con aforo para 50 personas.

El festival Clásicos de Verano, creado y organizado por la Comunidad de Madrid, consiste en una programación de conciertos de música clásica en lugares únicos de la región, como el patio de la Casa de la Cadena (Pinto), la iglesia de la Asunción de Nuestra Señora (Algete) o el Real Monasterio de San Lorenzo del Escorial.

La madrileña, primer premio en Primer Palau y en Concurso Permanente de Juventudes Musicales de España, llega al patio con prisa. Viene de impartir un curso en Rascafría y no le ha dado tiempo a comer.

Pide chocolate a la organizadora del evento y se sienta unos minutos a charlar antes de ensayar. Tocar sola exige de una precisión técnica y un temple riguroso, ya que la intérprete no está arropada por otros instrumentos que puedan maquillar un error o acolchar la interpretación. Blanco está como un flan. Lleva una blusa y una larga falda de flores. Reconoce que los momentos previos a un concierto son horribles, pero que una vez que interpretas las primeras notas, se relaja y empieza a disfrutar.

Blanco desenfunda su violoncello C. Pierray (París, 1720), donado por la Fundación August Pickhardt, y sus dedos empiezan bailar sobre las cuerdas. La música armoniza con la calma que se respira en el patio. La chelista ensaya tres de las seis Suites del compositor alemán Johann Sebastian Bach, algunas de las primeras obras escritas para violonchelo en solitario y que interpretará para el público.

Los rayos de sol casi se pueden respirar y la música mece a los pocos afortunados que asisten al ensayo. Media hora después, los espectadores que hacían cola se abalanzan sobre las sillas dispuestas frente a un escenario minimalista: solo unas velas y dos focos acompañan a la intérprete.

Blanco vive en Basilea (Suiza) desde los 20 años. Allí se mudó para profesionalizarse. La existencia allí de un circuito más amplio y activo para tocar y un país con más interés por la música clásica la empujaron a cambiar de país. La vida de maletas, aeropuertos y hoteles es un “subidón constante”, dice, que la anima en los momentos de tensión. En esa tensión tiene mucho que ver la exigencia que ha ido aumentando premio tras premio, como el Antonio Janigro en Zagreb (Croacia) o el Rahn Musikpreis en Zürich (Suiza).

Entre sus próximos compromisos se encuentra el debut en el Menuhin Festival Gstaad (Suiza), uno de los mejores del mundo en su estilo, y una gira de conciertos por Italia.

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