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La profunda huella de lo invisible

Àlex Rigola lleva al teatro, Marits i mullers, la película de Woody Allen

Andreu Benito, Sandra Monclús, Mònica Glaenzel y Joan Carreras. Ampliar foto
Andreu Benito, Sandra Monclús, Mònica Glaenzel y Joan Carreras.

Comparado con otros destacados montajes de Àlex Rigola, Marits i mullers podría tomarse de entrada como un ejercicio de modestia. Una excelente función sin la huella del director-creador. Afirmación más que discutible. Igual que aceptar a la ligera que la Nueva Galería Nacional de Mies van der Rohe es menos arquitectura de autor que el Guggenheim bilbaíno de Gehry solo porque el gesto es menos estridente. Si Van der Rohe creó un espacio limpio —aire encerrado en una estructura ligera— para acoger la diversidad expresiva del arte allí expuesto, Rigola ha concebido un espacio dramático sereno para guardar el aire y el tiempo de una comedia dramática que juega con las emociones como carambolas de billar en un club de caballeros. Impulso acolchado, rodar mullido y sonido de contacto sordo. La elegancia de la combinatoria del choque de las ocho bolas en juego.

Sin ese firme control y desarrollo de lo intangible esta comedia del desencanto por parejas no tendría la densidad de lo sincero. Las emociones tienen todo el tiempo del mundo —y el director es el maestro relojero— para germinar en el interior de los intérpretes, crecer y morir ante el público. Unas por inanición, otras de manera violenta. Verbalizadas en su mayoría, pero también perceptibles en los silencios que frenan la velocidad de la comedia en seco. La dimensión dramática de lo no dicho, tan importante en la obra de Ingmar Bergman -—inspiración directa de Woody Allen para su película— como en la de Harold Pinter. ¿Pinteriana Marits i mullers? Quizá no esté tan lejos esta adaptación del misterio de lo callado que domina un texto como Traición. Es solo un matiz —como tantos en este montaje de sutilezas—, suficiente para dotar a esta versión de una personalidad propia sin rebajar la carga de humor y sus balas de ironía del guión.

El director que deja honda huella en lo invisible para que los intérpretes desplieguen todo su talento. Magma para que Benito, Carreras, Glaenzel, Monclús, Ulldemolins y Villanueva estén magníficos sin ser —o parecer— algo más que ellos mismos. La discreción de llamarse solo Andreu, Joan, Mònica, Sandra, Mar y Lluís y atrapar al público en sus historias agridulces cuando hablan o sólo escuchan. Y en este montaje todos están todo el tiempo con la oreja puesta, atentos a los relatos cruzados de sus vidas inventadas. No hay personajes ausentes. Están allí siempre, repartidos en el cuadrilátero de tresillos dispuesto por Max Glaenzel como los invitados exhaustos de una fiesta en su declive, cuando el cansancio, el alcohol y la madrugada ejerce de mantra para insospechadas confesiones de supervivientes. La verdad que nace de la rendición de la barrera de la consciencia. Es un privilegio estar en La Villarroel para compartir ese momento.

MARITS I MULLERS

De Woody Allen.

Adaptación y dirección: Àlex Rigola.

Intérpretes: Andreu Benito, Joan Carreras,

Mònica Glaenzel, Sandra Monclús, Mar Ulldemolins y Lluís Villanueva.

La Villarroel, 18 de septiembre.