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Una sonrisa sin gato

El presidente Artur Mas, después de una reunión con su partido.
El presidente Artur Mas, después de una reunión con su partido.

Ha empezado la cacería. ¿La pieza? Artur Mas, pero no se sabe si hace de ciervo o de Acteón, el cazador que transformado ciervo fue devorado por sus propios sabuesos (las metamorfosis comienzan en Ovidio y acaban en Kafka). Una ruptura política elevada a metáfora social ha planeado a lo largo de la sesión de control de este pleno. El fin de las relaciones entre Convergència y Unió (la “y” es un ejemplo de cómo lo copulativo acaba a menudo en disyuntivas) le ha dado pie a toda la oposición para referirse a otras divisiones, cismas y separaciones.

Albert Rivera, que ya ha vuelto de gira electoral por las Españas como Marifé de Triana se iba de gira por las Américas en busca de fama, ha dejado su café para llevar por la Quinta Avenida junto al micro del escaño, se ha puesto en pie y le ha soltado al President: “usted quería romper España, pero lo único que ha conseguido es dividir su partido y romper su Gobierno”. Prácticamente, lo mismo que le ha dicho Alicia Sánchez-Camacho: “Usted está dividiendo y fracturando la sociedad catalana, a las familias, al PSC, a su propia formación y a su propio Gobierno”. Pero la líder popular se ha tomado un zumo de naranja, y eso después de hablar, abajo en la cafetería. Miquel Iceta ha querido enfrentar a Artur Mas con el diputado de la CUP David Fernàndez, pero Mas le ha corregido y le ha explicado que lo referido no fue con Fernàndez sino con el periodista Vicent Partal. Entonces el líder socialista ha replicado que si no fuera porque ya está el verano encima le pediría que dimitiese y ha acabado preguntando igual que Bob Dylan en Blowin' In The Wind: “¿Cuántos partidos más habrá que sacrificar en el altar del proceso?”. El viento de la división ha ido también en dirección inversa y así Mas le ha recomendado al diputado de ICV-EUiA Joan Mena que haga como en Unió y se dedique a contar los suyos para ver cuántos son de Herrera y cuántos de Camats.

Únicamente en el turno del republicano Oriol Junqueras el asunto del soberanismo no ha hecho acto de presencia. Quizá porque la sangría de ERC se llama CUP, en la sesión de este jueves Junqueras ha apadrinado también a un obrero en huelga y solo ha intervenido para defender los trabajadores de General Cable, amenazados con un ERE que acarrea cerca de 300 despidos.

El president Mas encarna el mito de las metamorfosis. Es el delfín que se transforma en Moisés y luego en Ulises y por fin en ciervo. Mas se aferra ahora al símbolo de las urnas como antes se agarró al símbolo del timón; las ha convertido, las urnas, en su bote salvavidas. Se erige él mismo en símbolo de la pureza, de lo legítimo, con la desesperación de que la metafísica le libre o le exculpe de una vida cotidiana llena de realismo sucio, de un calendario de cocina que ni controla ni acaso acepta. “¿Pensar diferente es dividir a la sociedad? Pues ¡no!”, con estas palabras se ha interrogado a sí mismo delante de todo el hemiciclo como un adolescente que se sabe Spiderman en medio de la clase. Y a continuación se ha sentado con esa sonrisa que ahora tanto le luce. Esa sonrisa única, enigmática, solitaria, flotante, en la que se está transformando como un gato de Cheshire. Aquel al que dijo Alicia: “He visto muchísimas veces un gato sin sonrisa, ¡pero nunca una sonrisa sin gato!”. Cada vez más sonrisa, cada vez menos tiempo.