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Análisis
Exposición didáctica de ideas, conjeturas o hipótesis, a partir de unos hechos de actualidad comprobados —no necesariamente del día— que se reflejan en el propio texto. Excluye los juicios de valor y se aproxima más al género de opinión, pero se diferencia de él en que no juzga ni pronostica, sino que sólo formula hipótesis, ofrece explicaciones argumentadas y pone en relación datos dispersos

Un burladero para el PP

La enardecida defensa de los toros se parece demasiado a la del recurrente fantasma catalán

Miquel Alberola

El PP valenciano se ha volcado en la manifestación protaurina que se celebra este domingo en Castellón. Sus principales representantes se sienten muy interpelados ante una hipotética extinción de este festejo tan arraigado en muchos pueblos de la Comunidad Valenciana. Tanto, que incluso han empequeñecido, si no eclipsado, a los organizadores de este acto reivindicativo, cuya motivación resulta tan confusa como la paternidad del evento. El consejero de Gobernación, Luis Santamaría, ya se encargó esta semana de precalentar esta manifestación solemnizando el “incremento histórico” de festejos taurinos celebrados en 2014 en la Comunidad Valenciana (“3.662, un 28% más”), como si de una explosión del Producto Interior Bruto se tratara. Nada podía ser más alentador para una sociedad en la que 270.200 menores de 30 años ni estudian ni trabajan y en la que el 57% de los jóvenes están inactivos, como acaba de constatar uno de los órganos consultivos de la Generalitat.

El entusiasmo por los toros (en cualquiera de sus modalidades expresivas) es un asunto transversal en la sociedad valenciana (y por tanto, en las diversas organizaciones políticas). Sin duda, lo es en la misma intensidad que la animadversión a este tipo de festejos. En todos los partidos hay incondicionales y detractores tan apasionados como cargados de argumentos. Entonces, ¿a qué viene el ardor bovino patrimonial del PP valenciano, como si fuera el propietario de la franquicia? ¿Y, sobre todo, por qué lo esgrime no como un valor intrínseco (como se supone que lo considera tras consagrarlo como “seña de identidad” de los valencianos) sino como un perverso instrumento de reclutamiento electoral y de desgaste al adversario político? Pero es más: ¿están en riesgo las corridas de toros o la celebración de bous al carrer en la Comunidad Valenciana? ¿Alguien lo cree?

En términos lógicos, no tiene explicación. Pero en la escala de prioridades del PP valenciano ni hay mucho sitio para la lógica ni ésta ha sido nunca una ciencia formal. La enardecida defensa de los toros se parece demasiado a la del recurrente fantasma catalán, agitado con oportunidad electoral o como tinta de clamar para escurrir el bulto cuando las cosas se ponen feas. De hecho, se complementan, puesto que Cataluña es la única comunidad que ha prohibido las corridas y el PP siempre recurre a ella como el abismo por el que se va despeñar la Comunidad Valenciana. Pero, claro, ¿qué puede hacer un partido empitonado en la femoral por el TSJ con la financiación irregular, abrumado por los casos de corrupción, con una gestión puesta en tela de juicio por la Intervención de la propia Generalitat y que solo puede presumir de haber recortado sus propios excesos? Despistar detrás del burladero.

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Sobre la firma

Miquel Alberola
Forma parte de la redacción de EL PAÍS desde 1995, en la que, entre otros cometidos, ha sido corresponsal en el Congreso de los Diputados, el Senado y la Casa del Rey en los años de congestión institucional y moción de censura. Fue delegado del periódico en la Comunidad Valenciana y, antes, subdirector del semanario El Temps.

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