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La política de la osadía

Susana Díaz toma la decisión más arriesgada de su carrera con el adelanto electoral

Susana Díaz.
Susana Díaz.

Susana Díaz Pacheco (Sevilla, 40 años) acaba de tomar la decisión más arriesgada de su ya dilatada carrera política. El adelanto de las elecciones andaluzas, en un momento de incertidumbre por la irrupción de Podemos y con el voto de los dos grandes partidos, PSOE y PP, de capa caída, va a marcar de forma definitiva el futuro de una dirigente que se ha hecho un hueco en el panorama político español en los 17 meses que lleva al frente de la Junta de Andalucía. Se la juega a cara o cruz. Si gana las elecciones convocadas el 22 de marzo, si el PSOE recupera la mayoría que ahora tiene el PP, será un éxito personal de quien se la juega a todo o nada. Otra cosa es la política de alianzas que tenga que tejer tras los comicios, ya que aunque las encuestas que maneja le dan una victoria clara, está lejos de la mayoría absoluta. Y si sale cruz, si fracasa en las urnas, su fulgurante liderazgo sufrirá un deterioro del que le será difícil rehacerse y que irradiará al conjunto del PSOE.

La ruptura del Gobierno de coalición PSOE-IU y el adelanto de las elecciones autonómicas es una disposición de Díaz que refleja cómo es su personalidad: su osadía, su determinación para hacer sin dudar lo que cree que debe hacer. Puede tener decenas de conversaciones para tomar una decisión, pero cuando la toma, no hay marcha atrás. Sus críticos le reconocen este carácter decidido, pero sostienen que tiene una idea maniobrera de la política. Desde que la ruptura del Gobierno autónomo se daba por irreversible, los dirigentes de IU están subrayando que la inestabilidad que aduce Díaz para adelantar las elecciones no es más que un artificio que esconde intereses electorales (las encuestas que le dan ganadora en Andalucía) o personales (la posibilidad que se le abre de acudir a las primarias del PSOE de julio para elegir candidato a la presidencia del Gobierno con el adelanto).

Díaz, consciente de que este es un flanco que tiene en zozobra al PSOE y que ya está siendo empleado por los demás partidos para vincular el adelanto con sus ambiciones políticas, está intentando atajarlo con el símil del tren. “El único tren que quiero coger es el tren de Andalucía”, ha dicho.

Un tren, el de la política nacional, que dejó pasar el pasado mayo, cuando se le abrieron las puertas para ser la secretaria general del PSOE tras la dimisión de Alfredo Pérez Rubalcaba por el fiasco socialista en las elecciones europeas de mayo.

Renunció a liderar el PSOE tras la dimisión de Pérez Rubalcaba

Tenía el aval de la mayoría de las federaciones autonómicas del PSOE, que ven en ella un liderazgo claro que puede sacar al partido de la depresión que le atenaza, pero finalmente prefirió quedarse en Sevilla, su ciudad, a la que se siente muy arraigada. Es bética, rociera y semanasantera. Su hermandad es la de su barrio, la Esperanza de Triana.

Tras renunciar a liderar el PSOE, optó entonces por Pedro Sánchez como nuevo líder socialista frente a Eduardo Madina. Sánchez, un desconocido frente al diputado vasco, recibió un alud de votos de la militancia que tienen su origen en la decisión de Susana Díaz de apostar por él y que le consagraron como nuevo secretario general del PSOE en el congreso del pasado julio.

Con el paso de los meses, se ha abierto un canal de desconfianza entre Díaz y Sánchez. Han tenido discrepancias sobre la política de comunicación o sobre la decisión del PSOE de arrepentirse de la reforma constitucional que aprobó el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero para el déficit, pero como telón de fondo están las primarias socialistas para elegir candidato para las elecciones generales, a las que Sánchez ya ha anunciado que acudirá y ganará, según él.

Díaz va a dejar en segundo lugar lo orgánico para centrarse en las elecciones autonómicas, más cuando las primarias del PSOE coincidirán con el nacimiento de su primer hijo, el próximo mes de julio.

El 22 marzo busca en las urnas el refrendo a su liderazgo político

La presidenta andaluza es una dirigente curtida en mil batallas internas desde que pertenecía a las Juventudes Socialistas, unas batallas de las que casi siempre ha salido indemne. Sonado fue el apoyo que brindó a Carme Chacón en el Congreso del PSOE de Sevilla en 2012 en el que finalmente se impuso Rubalcaba. De esta contienda, en la que ella iba de la mano del entonces líder del PSOE andaluz y presidente de la Junta, José Antonio Griñán, salió herida, pero sobrevivió y supo reconstruir nuevos puentes.

Griñán ha sido, probablemente, el dirigente más determinante en su carrera política. Él fue quien la situó en el puente de mando del PSOE andaluz junto con otros jóvenes cachorros para hacer la renovación generacional y quien, después, la llevó al Gobierno autónomo. Cuando la presión por el caso ERE pudo con Griñán, este no dudó: su sucesora era Susana Díaz.

Desde que entró en el Gobierno andaluz en 2012 fue labrándose un perfil institucional, puliendo las aristas que había exhibido por su trabajo en el partido. En su mandato ha acuñado un lema (“quiero un nuevo tiempo”) que también han usado otros partidos e instituciones. Susana Díaz es una dirigente sin complejos, cuya estrella empezó a brillar cuando defendió la unidad de España y se opuso al proceso soberanista de Cataluña, frente a los titubeos de otros compañeros de partido. En este tiempo, ha cuidado las relaciones de siempre, ha tendido puentes con los veteranos del partido (incluido Felipe González, que tuvo inicialmente reservas), y ha tejido complicidades con grandes empresarios y la Casa Real. Han sido meses en los que ha forjado un liderazgo que busca el refrendo en las urnas el 22 de marzo.

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