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OPINIÓN

En vísperas de la independencia

El Kurdistán que está a punto de nacer será fruto de un siglo de lenta maduración y la bancarrota de un país artificial como Irak

Una nueva nación se halla en vísperas de su independencia. No es la catalana. Al menos a lo que alcanza la vista. No será efecto de una súbita vocación que cuaja con una crisis económica y otra política. Se producirá, si se produce, por efecto de una lenta maduración de casi un siglo y fruto sobre todo de la bancarrota de un país de fronteras artificiales como Irak. Kurdistán empezará a existir como Estado independiente en la medida en que el primer ministro iraquí, Nuri El Maliki, sea incapaz de controlar y mantener unido a Irak.

El Kurdistán iraquí tiene ya una prolongada existencia política como región autónoma dentro de Irak, antes incluso de la caída del régimen de Sadam Husein como resultado de la invasión estadounidense. Estados Unidos y sus principales aliados en la primera guerra del Golfo crearon una zona de exclusión de vuelos a partir del paralelo 36 destinada, principalmente, a proteger a la población kurda, que había sufrido dos ataques genocidas con armas químicas, ambos con decenas de millares de víctimas civiles, por parte del régimen baazista, el primero en 1988 durante la guerra de Irán con Irak y el segundo en 1991 al término de la guerra de Kuwait. El maltrato proporcionado por Sadam Husein a los kurdos contribuyó así a la creación de una administración autónoma, casi independiente en la práctica, primero en 1992 de hecho y a partir de 2003 con el nuevo Irak liberado por EE UU de derecho.

Se cumplirá así la regla que formulaba Jordi Pujol antes de abandonar el realismo político con que condujo su carrera de gobernante: las independencias se producen como resultado de desagregaciones imperiales y de la implosión de estados construidos artificialmente. Cataluña es como Lituania, apostillaba, pero España no es como la Unión Soviética. Siguiendo esta regla, vemos que el Kurdistán que salga de la actual crisis será hijo de la ruptura de Irak y nieto de la caída del imperio otomano, hace casi cien años.

Al contrario de lo que sucede con otros nacionalismos, el reconocimiento de la existencia de la nación, al menos como hipótesis de trabajo, es anterior en el caso kurdo a la existencia del nacionalismo. Los kurdos son un conjunto humano de unos 30 millones de personas, repartidos entre Turquía, Irán, Irak y Siria, que hablan dos dialectos tan diferenciados como el inglés y el alemán (David McDowall: A Modern History of the Kurds). Son un pueblo de las montañas y altiplanos en la confluencia entre estos cuatro países de Oriente Próximo, cuyo territorio solo empezó a delimitarse en el momento en que se especuló, aunque luego quedó en nada, con la creación de algún tipo de entidad territorial o incluso Estado independiente como resultado de la partición del imperio otomano, en la Conferencia de París de 1919 y las subsiguientes conferencias de paz (Sèvres y San Remo), en las que se remodeló el orden internacional tras la derrota de los imperios centrales en la Primera Guerra Mundial.

Los kurdos han jugado todas las cartas y con frecuencias malas en los distintos países en los que están asentados, guerra civil kurda incluida. Pero los kurdos iraquíes que están ahora a punto de obtener la independencia han sido astutos y pacientes. Su presidente, Massud Barzani, ha pedido al parlamento regional que convoque un referéndum de autodeterminación del que pueda surgir el Estado kurdo independiente, pero no excluye todavía un acuerdo que le permita mantenerse dentro de un Estado iraquí viable. La ofensiva del islamismo radical sunní le ha proporcionado un regalo inesperado al permitirle el control de Kirkuk, capital de la principal región petrolífera del país, que habría caído en manos fundamentalistas de no ser por los pehmergas kurdos. Nadie en la región, Turquía, Irán, Siria, Israel, y fuera, Estados Unidos o Unión Europea, va a oponerse a que los kurdos impidan que el califato yihadista se haga con unos pozos petrolíferos tan significativos. Su reconocimiento internacional está al alcance de la mano.

Sufrir un genocidio, verse expulsado de un Estado fallido y vivir sobre un tesoro energético son mimbres suficientes para construir una nación, sobre todo si el nacimiento ya viene precedido por una larga experiencia de autogobierno. Todo el viento a favor no sería suficiente si los kurdos de Irak olvidaran de pronto la prudencia que les ha caracterizado. Turquía está interesada en la aparición de un Estado tampón entre el Oriente Próximo en ebullición alrededor de Siria e Irak, pero no desea que el nuevo Kurdistán apunte hacia el irredentismo sobre regiones turcas. Erdogan, a su vez, está virando a toda velocidad en su política kurda, entre otras razones porque quiere hacerse con los votos kurdos de su país, el 20 por ciento, en la próxima elección presidencial. Su objetivo es pacificar el enfrentamiento crónico y en ocasiones violento con el PKK (Partido de los Trabajadores Kurdos), para empezar a levantar así un nuevo mapa que deberá reconocer derechos lingüísticos y políticos a la minoría kurda. Es la mayor de todas las paradojas: la idea de Kurdistán surgió para repartirse Turquía, pero ahora será Turquía quien tendrá la oportunidad de bendecir a la nueva nación que está naciendo en su vecindario.