Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra

Fallece Francesc Vallverdú, el sociolingüista justo

Pionero de la disciplina, cuidó de la lengua de TV-3 y Catalunya Ràdio

Francesc Vallverdú, en su despacho en Edicions 62, en 1972
Francesc Vallverdú, en su despacho en Edicions 62, en 1972

Durante muchos años, el catalán que se ha usado y aún hoy se usa en Cataluña, moderno, vivo pero sin caer en lo excesivamente coloquial o claramente antinormativo, es en parte fruto de la labor y criterios de Francesc Vallverdú (Barcelona, 1935). Fue por su labor como asesor lingüístico en Edicions 62, hegemónica en el tardofranquismo, en la que entró en 1963, y como jefe de los servicios lingüísticos de la Corporación Catalana de Radio y Televisión (1985-2006). Pocos lo saben porque, como era “infinita y auténticamente modesto”, como le definía ayer su amigo el sociólogo Salvador Giner, nunca hizo lucimiento de ello. Con esa discreción llevó también desde hace unos meses unos pequeños dolores en la espalda y una tosecita que finalmente fueron síntomas de un tumor mortal que se lo llevó el jueves, a sus 78 años, según trascendió ayer.

Igual la modestia, así como un alto grado de perfección en el trabajo, creció cuando de niño tenía que cruzar media Barcelona en bicicleta con las gabardinas mojadas a cuestas que su escrupuloso padre forraba y que, para que no quedara ni una arruga en ellas, le hacía llevar y tender a casa de su abuela.

Moderado en todo,

nunca apostó

por el catalán

como lengua única

Con esa bonhomía pactó con su progenitor: el negocio textil no era para él y haría Derecho, si bien hubiera preferido Letras. Formaría parte así de la llamada Generación del Paraninfo (por la protesta estudiantil de 1957), que él conformaría junto a los entonces jovencísimos Giner, Jordi Solé Tura, Luis Goytisolo y el futuro penalista August Gil Matamala, uno de sus mejores amigos y que le animó a que esos versos en los que se entrenaba desde los 15 años los llevara a concursos. Tampoco hizo nunca gala de eso pero acabaría siendo un muy notable poeta, premiado ya con su primer libro, Com llances (1961). Estaban cargados de combate social y le llevaron al máximo galardón poético en 1965, el Carles Riba, por Cada paraule, un vidre, que la censura frenó hasta 1968; después, lo lírico y metafísico se fue imponiendo en una vertiente que cultivó siempre (Leviatán, 1984; Encalçar el vent, 1995...) y con la que acabó cosechando cuatro galardones, al que añadió otro como traductor de El Decamerón. Moravia, Pavese, Sciasca o Calvino fueron otro italinos que vertió al catalán.

De aquellos años en la universidad es también su moderado entusiasmo comunista que, acabada en 1957 la carrera, le llevó a entrar en el clandestino PSUC en 1959, donde siguió mostrando “una bondad y una buena fe escandalosas”, como cuando intercedía infructuosamente ante la dirección del partido por cada expulsado.

Los primeros trabajos como abogado los compaginaba con la verdadera vocación, las letras, realizando labores técnicas en la editorial Alcides en 1960 y con el inicio en colaboraciones en publicaciones como Serra d’Or y la clandestina Nous Horitzons, acabando siempre en altas labores de coordinación y dirección. Le pasaría lo mismo cuando en 1963 dio el sorpasso profesional y saltó a Edicions 62: su despacho estuvo siempre al lado del de Josep Maria Castellet, con el que formó un tándem técnico muy notable.

Dejó su semilla del consenso en la Ley de Normalización, entre otras iniciativas

Con esa modestia, bondad, poco afán de notoriedad y moderación en todo orden de la vida (fue siempre monógamo y de novia formal de bien joven, Carmen, que acabaría siendo la madre de sus hijos), entró también en el campo de la sociolingüística. Fue a través de su primer ensayo, L’escriptor català i el problema de la llengua (1968), donde la experiencia de ver los originales de autores en catalán le permitió dar un trato renovador al tema del bilingüismo o a la evolución de la lengua literaria. Así fue como pasó a ser de los pioneros de un área que entonces apenas habían tocado en Cataluña filólogos como Antoni Maria Badía i Margarit o Lluís Aracil y que él fue enriqueciendo con estudios —Dues llengües, dues funcions? (1970), El fet lingüístic com a fet social (1973) o L’ús del català: un futur controvertit (1990), entre otros— o con la fundación del Grupo Catalán de Sociolingüística en 1973.

“Nunca mantuvo una posición extrema, quizá porque venía del mundo más práctico de los mass-media y del sector editorial: tendía, por ejemplo, a lo innovador pero sin que fuera un catalán demasiado coloquial”, le clasificaba ayer Isidor Marí, presidente de la normativa Sección Filológica del Institut d’Estudis Catalans, donde Vallverdú ingresó en 2002. Esa postura de estar siempre en el fiel de la balanza le generó también, según Marí, “algunos malentendidos”, como cuando no defendía el uso del catalán como lengua única en Cataluña “porque el contexto social entendía él que comprometía el necesario equilibro con los inmigrantes”, contextualiza Marí. “En Cataluña, el 50% de los hablantes tiene el castellano como lengua habitual: dudo mucho que la situación cambiara si declarásemos el catalán como lengua oficial única; generaríamos más conflictos”, dijo al respecto en 1999.

También consideraba peligroso la estrategia —en principio con voluntad de remover conciencias— de aquellos que vaticinaban el fin del catalán “porque desmotivaría y daba la imagen de una lengua sin perspectivas”, aclara Marí. Vallverdú lo escribió en 1990 en este diario, El alarmismo, un recurso contraproducente, que le valió el Premi Nacional de Periodisme.

Creu de Sant Jordi en 1986, plantó esa semilla innata del consenso en episodios históricos como el clandestino primer Congrès de la Cultura Catalana de 1964 o la Ley de Normalización Lingüística de 1983 y, a otro nivel, dirigiendo la Enciclopèdia de la Llengua Catalana (2001). “La humanidad tiene capacidad suficiente para hacer sostenible el multilingüismo”, creía firmemente Vallverdú. “Nunca tuvo un papel vistoso pero fue de una eficiencia probada; fue el hombre del punto justo”, le recuerda Marí. Y de la palabra.