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OPINIÓN

El problema no es Podemos

Es fruto del descrédito de la izquierda entre unas clases medias que no quemarían un contenedor pero se sienten impotentes

La mezcla es explosiva pero quizá explique buena parte del éxito de Podemos. Su discurso ha combinado sin ceremonia demandas maximalistas (de muy fantasioso cumplimiento) con otras exigencias compartidas ampliamente por la ciudadanía. Estas últimas están vinculadas a la restitución del decoro ético y social del Estado a través de un paquete de reformas legislativas, constitucionales, que reprima los desmanes y omisiones de partidos e instituciones y fuerce un cambio en el funcionamiento ordinario del poder político.

Semejante fin no parece de naturaleza extraterrestre ni de matriz bolivariana o venezolana. Se trata de actualizar la exigencia democrática desde el listón constitucional de 1978 al listón de una sociedad con cuarenta años de experiencia democrática (y las virtudes acumuladas en una Transición ya remota que ha hecho al país más civilizado, más culto, mejor informado y más rico).

Podemos combina sin ceremonia demandas maximalistas con otras exigencias compartidas ampliamente por la ciudadanía

Pablo Iglesias no es marciano sino mediático, como repiten machaconamente tantos, y como hipermediáticos son el resto de líderes políticos, enganchados a la droga dura de los medios, que es su instrumento fundamental de influencia. Pero además este profesor aporta algo difícil de combatir: carisma y credibilidad, para unos, desconfianza y demagogia, para otros, como si unos escuchasen solo la parte fantasiosa y subversiva y otros escuchasen solo la parte integrada y regeneradora.

Lo que es seguro es que capta la atención de la cámara casi de forma magnética. Su seriedad se da de bofetadas con su coleta; su humor severo desmiente la presunción de alocada juventud; su precisión verbal contradice la bullanga de las manis; su contundencia argumental proyecta dardos dolorosamente sensibles; su convicción pesa más que su afán de persuasión. Y la última causa: muchos ciudadanos escuchan lo que desean escuchar en boca de un político sin hipotecas, sin arrepentimientos, virgen y auroral.

Seguramente Pablo Iglesias y Podemos nacen contra el deterioro institucional del Estado desde dentro del Estado, como hijos rebeldes del sistema democrático que tanto renquea hoy. En cierto modo, han sido para España lo que para Cataluña fue la irrupción parlamentaria de la CUP y su líder—no líder, David Fernández. Da la impresión, sin embargo, de que la irritabilidad que ha suscitado en la izquierda la irrupción de Podemos se fija solo en el ingrediente populista de su presencia pública. Tiendo a creer que la razón de su atractivo en tantos ciudadanos de izquierdas tiene que ver con que la izquierda misma ha sentido desvalijada desde hace muchos años su caja de caudales ideológicos y políticos. Desnaturalizada la socialdemocracia, reblandecida e impotente contra los intereses del sistema financiero y atada a hábitos enquistados, ha dejado debilitadísimo el flanco de una política redistributiva creíble y, a la vez, intolerante con el desmán institucionalizado.

Por eso creo que la izquierda se equivoca al sintonizarse con la derecha contra Podemos y en defensa de un difuso bloque constitucional, estable, institucional. Lo llamo así porque sus propuestas de radicalidad democrática exigen una reforma constitucional —de la ley electoral a la de partidos, pasando por legislar el mecanismo de los referéndums o regular los indultos. Si en buena medida el populismo independentista ha desplazado del centro político a la moderación socialdemócrata del PSC, otra combinación endemoniada en España puede desplazar progresivamente al socialismo de su ya precaria centralidad.

Se trata de actualizar la exigencia democrática desde el listón constitucional de 1978 al de una sociedad con cuarenta años de experiencia democrática

El PP puede subsistir con holgura y Podemos crecer visiblemente, cada uno por su cuenta, con un solo objetivo: descapitalizar al PSOE hasta perpetuarlo como testigo antiguo, casposo y sonado de la Transición. A los dos les puede convenir esta nueva pinza en España. La última y antigua experiencia de hace años no fue muy feliz, pero algo muy parecido a eso es lo que indica la encuesta en caliente que publicó El Periódico de Catalunya al asignar a Podemos más de cincuenta diputados en unas elecciones generales futuras (y mantener al PP como partido mayoritario).

Que el PSOE no tenga fuerzas ahora es natural; que crea que su enemigo es Podemos, también. Pero ninguna de las dos cosas son fatalidades ineluctables ni siquiera convincentes. Incluso el votante maduro de PSOE (o de IU e ICV) empieza a sentir devaluado su voto porque de golpe ha cobrado conciencia de la cercanía de lo posible a lo necesario: atajar por vía de reforma pactada el despeñadero en que rueda el Estado, sin que nadie aspire a cambiar de Estado sino a adaptarlo al siglo XXI ganándose el respeto de la mitad de una población que ha nacido ya tras la Transición.

Yo creo deseable un centro-izquierda fuerte que permita precisamente un voto vigilante a su izquierda. Pero igual el PSOE se queda sin cobertura si decide satanizar a una formación que ahora es, sobre todo, otra cosa: indicio flagrante del descrédito que la izquierda política ha conquistado entre una clase media que no ha quemado un contenedor en su vida, que no tiene edad para saltar vallas, que no lleva sudaderas con capucha pero que cada vez se siente más impotente y más cargada de razones.

Jordi Gràcia es profesor y ensayista.