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OBITUARIO

Modest Prats, el cura que llegó a sabio

Filólogo y teólogo, publicó una seminal 'Historia de la lengua catalana' y formó parte del Consejo Asesor de Cultura de la Generalitat

Modest Prats, filólogo y teólogo, en 1999.
Modest Prats, filólogo y teólogo, en 1999.

De notable corpulencia y voz acorde que se hacía notar en el púlpito y en las aulas, tenía un carácter parejo a su físico, fuerte dentro de una razonada y máxima cordialidad, con esa bonhomía que suelen desprender las grandes humanidades. La sinceridad inquebrantable la manifestó dos veces en la vida pública: en 1984, con una carta en la que se quejaba del escaso poder de los Servicios Territoriales del Departamento de Cultura de la Generalitat de Cataluña, que estrenaba un Max Cahner excesivamente “monolítico”, decía, pero que le había nombrado apenas tres años antes primer delegado en Girona de su flamante departamento. El otro momento fue en 1989, cuando publicó Meditació ignasiana sobre la normalització lingüística, donde aseguraba que la lengua catalana pasaba por un momento crítico y denunciaba el clima de optimismo sobre la situación social de su uso que, en su opinión, no era tan boyante.

Fallecido la noche del sábado a los 77 años, según trascendió ayer, el filólogo y teólogo Modest Prats (Castelló d’Empúries, 1936) era correoso y tierno porque fue en el fondo, como todos, fruto de su infancia. Casi a los tres meses exactos de su nacimiento su padre, de 25 años, era fusilado en las cercanías de Barcelona, en esos embrollos fraticidas connaturales a toda guerra civil.

Ahí crecería la sombra discretísima de su madre, Enriqueta, que con la sabiduría innata de la gente modesta fue forjando el carácter de su hijo. Ella y su formación en el seminario de Girona, donde estuvo de los 10 a los 22 años, acumulando lecturas.

Intelectualmente inquieto, fue justo cuando fue ordenado sacerdote, en 1959, cuando empezó su formación de filólogo en la Universidad de Barcelona (que le daría la base para sus notables estudios sobre escritores capitales como Joaquim Ruyra, Josep Carner, Jacint Verdaguer y Josep Pla) y la de teólogo (con estudios que amplió en Roma y París).

El resultado fue un Modest Prats “de una sabiduría inabarcable y de un compromiso intelectual con la lengua y la cultura catalana como pocos”, como reconocía ayer el hoy consejero de Cultura catalán Ferran Mascarell. Sí, era reverenciado por los catalanistas cultos pero también respetado por los contrarios, en una admiración que se ganó en encuentros intelectuales donde se demostró un temible polemista, correoso en el cuerpo a cuerpo de las altas ideas y afable en las tertulias, capaz de encadenar la cita más erudita con la anécdota más relajante, como cuando en 2002, en la lección de despedida de la Universidad de Girona donde ejerció de profesor, resumía el episodio del Libro de los jueces sobre los 42.000 efraimitas descubiertos por los galaditas, que fueron degollados “por no saber pronunciar una palatal inicial”. Y luego añadió: “Nada es inocuo en el mundo de las letras”. Por ese carácter y esa erudición, un Pla en sus últimos tiempos de vida le buscaba como interlocutor y otro responsable de Cultura, Joan Rigol, le incluyó en el prometedor, por insólito y plural pero breve e irrepetible, Consejo Asesor de la Cultura.

Tocado por una facilidad oral que se forjó en los púlpitos de parroquias gerundenses y en las aulas, escribía tanto como hablaba. Entre su ingente labor, que le valió la Creu de Sant Jordi en 2004 e ingresar en el Institut d’Estudis Catalans en 2005, destacan los dos seminales volúmenes de la Història de la llengua catalana, que redactó entre 1982 y 1996 con Josep Maria Nadal.

Prats apareció en público por última vez en Girona hace tres años, para la presentación de Homilíes de Medinyà, que recogía sus sermones y conferencias. Hacía dos años que le habían diagnosticado Alzheimer, la misma enfermedad que Pasqual Maragall. “Sí, claro que me acuerdo: es el capellán sabio de Girona”, dijo el expresidente de la Generalitat. Hablaron tres horas. Maragall le recomendó escuchar música, leer aunque fueran diarios y ver fútbol. Le hizo bastante caso. A fin de cuentas, quien había traducido a Racine había superado ya a los personajes de su admirado dramaturgo galo: había escrito su destino libre de las presiones de vida y condición y trabajó y habló sin inhibiciones.