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OPINIÓN

Este barco

"Era un tipo especial, alguien que estaba muy por encima de las expectativas que uno tiene de la gente que se dedica al servicio público"

Iñaki Azkuna, en una fotografía de 1999.
Iñaki Azkuna, en una fotografía de 1999.

“Amigo, este barco se va de la orilla”. Pero en el otro lado, me dijo Iñaki Azkuna el último sábado, cuando llamó para despedirse, “te invitaré a rape y seguiremos hablando de Pedrito”. Rape es lo que comíamos en La Viña, donde llevaba también a músicos, a príncipes, a actrices y a reyes, donde recogía a veces la comida del solitario. Y Pedrito era el futbolista del Barça que más le entusiasmaba, por su pundonor, por su servicio al equipo.

“Ya no se puede más, yo sé que ya no se puede más, y me despido”. Era un hombre religioso, creía en Dios y en los hombres, por igual, y en su pueblo. Sin beatería: creía en su pueblo sin beatería, con la frescura de los hombres nobles, capaces de creer que los otros también son capaces de la misma nobleza, y de iguales equivocaciones.

La última vez que lo vi, ante un plato de rape, precisamente, ya miraba como si tuviera delante un futuro que no lo tenía en este mundo, y su conversación era más honda que nunca, menos política, más abierta al futuro de los otros. Ojalá era una palabra que adquiría entre sus verbos la frescura de su carácter: ojalá el futuro no nos traiga los vendavales del pasado. Y que no se pasen con sus certezas los que ahora sólo tienen certezas. Se había acendrado en él un carácter que abrazaba las ideas ajenas si servían para las suyas, y era capaz de dejar éstas a un lado si encontraba que en lugar de juntar herían.

En su adiós me dijo que el barco se separaba

de la orilla

Un amigo suyo, Miguel Gallastegui, que fue pelotari a quien él vio ganar a dos cuando era un chiquillo, le mandó un telegrama cuando ganó todo lo que había que ganar en las elecciones bilbaínas. Le escribió Gallastegui: “Me viste ganar a dos cuando tenías 13 años. Yo ahora tengo 93 y te he visto ganarles a todos”. A él le hacía gracia esa anécdota, un adolescente viendo ganar a Gallastegui, y el pelotari ochenta años más tarde siendo, como el Rey, como los príncipes, como los vizcaínos y como los de Bilbao, los que lo felicitaban en la casa, en la alcaldía, en la calle.

En los últimos tiempos, cuando ya la enfermedad lo tenía en un hilo, y él mismo era un filamento de lo que fue, se mezclaba entre los periodistas que seguían los plenos; en la calle era un paseante más, que iba revisando obras como los vecinos ociosos, y luego llegaba a la alcaldía a avergonzar a los que tenían que cumplir con sus servicios.

Esta vez que me llamó para despedirse estaba con su amigo Andoni Aldekoa, fiel hasta en los instantes en que ya la respiración se hizo último suspiro; Andoni era uno de los muchos amigos del ayuntamiento y de la calle, en él y en otros residenciaba el rasgo más radical de su carácter: Azkuna no decía que era amigo, no mostraba ninguna de las alharacas que los españoles (y los vascos) usamos para que el otro establezca en virtud de los golpes en la espalda el valor de su amistad.

“Ya no se puede más, yo sé que ya no se puede más, y me despido”

En el silencio y en las palabras muy medidas, en la indicación de cabeza, en su acuerdo y en su mirada, por encima de las gafas nítidas, Azkuna siempre tenía algo que decir sin decir nada. Esa misma despedida telefónica, como las que debió hacer, como las que hizo por escrito, como las que quiso hacer seguramente, no eran el testimonio de un hombre preocupado por lo que iban a decir los demás. Él iba derecho, su ausencia de afectación era una bendición de su estilo.

Su amistad, su sentido de la amistad, era de una ley especial. Él era un tipo especial, alguien que estaba muy por encima de las expectativas que uno tiene de la gente que se dedica al servicio público, muy por encima. Era, si esto se puede decir sin que tenga otra intención que la descriptiva, un verdadero republicano, preocupado por su pueblo hasta en los menores detalles. Y, por tanto, preocupado por la gente, persona a persona. Apasionadamente, silenciosamente, y con un sentido del humor que no excluía la bronca.

Le pregunté un día, para una conversación que publicó EL PAÍS Semanal, qué le ayudaba a tener la fortaleza que le llevó a sobrellevar la perdida de su mujer y su propia lucha por la salud, contra el cáncer. Contestó lo que quiso. “Mi mujer… Todo lo que hemos discutido, y el poco caso que le hice… Sin embargo, ahora siento cómo me ha querido, cuánto me ha ayudado y qué sólo me he quedado, porque al fin te quedas solo. Los hijos empiezan su vida, es normal, con mi hijo pasa, es normal, ya no pueden cuidar todo el día de los cacharros viejos. En la soledad es cuando te das cuenta de lo que ha sido una compañera. Te dices que tienes que superarlo porque hay que seguir viviendo, pero son trances muy duros”. Dijiste un día que eras como del Séptimo de Caballería, que siempre hay que acabar las cosas que empiezas, le dije. “Y con las botas puestas además. Eso es de los jesuitas”.

Creo que su servicio a Bilbao  se rigió por su idea de la amistad

Con sus amigos, me dijo, “llenaría dos manos”. De un amigo necesitaba “generosidad recíproca; un amigo tiene que ser un hombre generoso; ir a tomar potes está tirado, el problema es cuando necesitas a un amigo. Yo lo he necesitado cuando he estado mal, para ingresar en el hospital. Y no he llamado a la ambulancia, he llamado a un amigo… Y yo a un amigo le ofrezco generosidad; esto es la amistad”. Repasando esas notas lo he oído hablar; en él no había nunca afectación ni demagogia; creo que su servicio a Bilbao (y a la vida, desde que era un hippy en París, hasta el último instante) se ha regido por su idea de la amistad, dio porque le daban, y aunque no le dieran, y quiso dar siempre.

En su despedida me dijo que el barco ya se iba separando de la orilla. Lo que pasa es que ese barco dejaba atrás un gentío, una inmensa cantidad de sentimientos que él generó a veces con un solo gesto, con una palabra, con su humor o con su silencio. Un hombre muy especial de cuyo paso por la tierra debemos dar el testimonio de nuestra admiración verdadera. Se ha ido, amigos, alguien fuera de serie.