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OPINIÓN

Transiciones

Veníamos de un orden mundial muy rígido y ahora vamos hacia uno nuevo del que Crimea puede ser un icono

Es probable que la transición sea el estado natural del mundo, por lo menos desde que los grandes saltos tecnológicos y los incontenibles furores del capital financiero han provocado grandes aceleraciones cuya consecuencia es que las cosas van más deprisa que las ideas y las referencias cambian a un ritmo difícil de asumir por los mortales. Veníamos de un orden mundial muy rígido, el de la guerra fría, en que los papeles estaban muy claramente repartidos y las claves del juego de amenazas y respuestas también. Aquel orden quebró. Abrió paso a un tiempo de fantasías (por ejemplo, el fin de la historia) y de desaforadas construcciones del enemigo (por ejemplo, el discurso del conflicto de civilizaciones), demasiado ideológicas para encajar con la realidad.

Ahora, cunde la sensación de que estamos en una fase decisiva de la transición hacia un nuevo orden mundial. El conflicto de Crimea va camino de convertirse en el icono de este cambio, precisamente cuando Occidente está tratando de dejar atrás una de sus más graves crisis económicas y sociales por caminos que apuntan a un manifiesto deterioro de la democracia liberal.

El pasado año, Rusia se estrenó como potencia de regreso forzando al presidente Obama a dar marcha atrás a una amenaza de intervención en Siria. Ahora, Rusia se hace con Crimea ocupando el país con figurantes sin bandera y organizando un referéndum sin las más elementales garantías. Todo ello, con rapidez y decisión, aprovechando los vacíos de poder y sin dejarse intimidar por Occidente. En los medios de comunicación europeos y americanos han predominado dos tipos de argumentos. Primero, la acción de Putin no es una muestra de fuerza sino de debilidad. Segundo, la ocupación de Crimea no es un golpe de oportunismo, sino que forma parte de un ambicioso plan de restauración patriótica de la Gran Rusia, con el nombre de Comunidad Euroasiática.

No dudo de la fragilidad de un sistema oligárquico y corrupto montado sobre un país con grandes desequilibrios económicos y sociales. El golpe de Putin tiene algo de huida hacia adelante, para compensar las miserias cotidianas con la exaltación del orgullo nacional. Pero el discurso de la debilidad de Putin suena a muletas ideológicas para sostener la incapacidad de Occidente de ponerle en su sitio. El mensaje sería: no hacemos nada porque se hundirá él solo. Pero Putin ya tiene Crimea en sus manos y hay expertos que no dudan que el objetivo es Ucrania entera. ¿Las dos principales potencias económicas del mundo —Estados Unidos y Europa— no tienen capacidad de intimidación para frenar a Rusia? Probablemente, la pista esté en las tramas trenzadas por la globalización financiera: ni la City de Londres quiere perder el dinero de los oligarcas rusos, ni Berlín los negocios de las seis mil empresas alemanas que operan en Rusia. Los pobres ucranianos no valen poner en riesgo estos beneficios.

Inevitablemente, lo que ocurre en Crimea genera comparaciones con el soberanismo catalán

De sus conversaciones con el presidente ruso, Angela Merkel ha sacado la conclusión de que vive en otro mundo. Pero la ambición de poder, las fantasías imperiales, la voluntad de dominación, la aglutinación de un país en apuros en torno a un gran nacionalismo con acentos espirituales, es perfectamente de este mundo. ¿O es que no recordamos las arengas con las que el presidente Bush invitaba a la guerra de Irak? Decía Nicolai Berdiaev, uno de los filósofos de cabecera de Putin, que el gran secreto es que “el medio es más importante que el fin”. Para Putin, el medio —la manera con que se ha tragado Crimea— y el fin —la Confederación Euroasiática—son indisociables. Se trata de demostrar que ni teme a Occidente, ni se pliega a los criterios y a las normas de su orden internacional.

Putin despliega su proyecto político. Y Europa solo sabe decir que lo que Rusia ha hecho en Crimea es ilegal y que se aplicarán las medidas necesarias para volver a la legalidad. Regresar, ¿a qué? Rusia ya se ha hecho con la península. No hay marcha atrás. No dudo de la debilidad de Putin, pero tampoco de la debilidad de Europa, que está perdiendo la capacidad de construir un proyecto político más allá de un desigual reparto de poder. Lo dice el escritor polaco Adam Zagajewski: “El Estado no sabe bien lo que queremos y necesitamos”. ¿Qué quiere ser Europa en el nuevo orden mundial?

Inevitablemente, lo que ocurre en Crimea genera comparaciones con el soberanismo catalán. Suena a provincianismo, pero es comprensible. Distintos son los casos (una anexión y una separación), distintos son los medios (la ocupación y la consulta democrática), distintos son los contextos (la frontera Este y la frontera Sur), pero triste es la moraleja: gana la fuerza. Rusia habrá conseguido la separación de Crimea de Ucrania por la intimidación y la violencia sin que Occidente pueda evitarlo, cuando a Cataluña no se le permite siquiera tantear la posibilidad por medios democráticos (un referéndum).