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BCNegra

Camilleri paga con franqueza y cercanía su ‘deuda’ con Barcelona

El padre del comisario Montalbano encandila a 900 de sus lectores contando divertidas intimidades en la BCNegra

Andrea Camilleri, ayer durante su charla con sus lectores
Andrea Camilleri, ayer durante su charla con sus lectores

Andrea Camilleri aseguró que vino a Barcelona a pesar de sus 88 años y de que ya no sale de casa desde hace años para devolver “el calor de la amistad” que aquí se le brindaba. Siciliano, hombre de palabra por tanto, ya saldó parte de la que él cree su deuda moral el jueves, cuando al recibir el premio Pepe Carvalho “no con palabras pomposas” sino con las que le dictó el cariño y la ausencia, evocó a Manuel Vázquez Montalbán, amigo y tácita fuente de inspiración. Ayer, el padre del comisario Salvo Montalbano pagó más que generosamente, con la moneda de la franqueza y la cercanía, a sus lectores catalanes, cuyos 900 delegados llenaron hasta arriba la sala Barts de Barcelona, en el marco de la BCNegra.

Desde dos horas y media antes ya había colas en las puertas (hicieron bien: medio centenar de personas quedaron fuera) para oír a Camilleri que, como es tradición, retrasó su aparición tras la cortina unos minutos para las caladas a su innegociable cigarrillo. Como si hubiera querido tardar media hora: no tenía necesidad alguna, pero Camilleri se mostró especialmente tierno, entrañable, convirtiendo cada pregunta de su traductor Pau Vidal, del comisario de la BCNegra, Paco Camarasa y de Jokin Ibáñez, representante de los fans lectores, en un pequeño resquicio por donde los asistentes entreveían algunos de los secretos del escritor, con su pícaro consentimiento.

Se intuía que iba a estar socarrón, divertido y que, taimado, iba a mostrar sus plumas de hombre de teatro y gran fabulador, pero no que fuera a entregarse así, un punto íntimo. Porque empezó la charla sobre si la cosa se había calmado en su Italia --que calificó de “caótica, poco respetuosa con las obligaciones europeas”-- tras la desaparición de Berlusconi. “Sobre esta benévola hipótesis les diré que aunque él quisiera desaparecer, que lo dudo, hay gente en Italia que no le dejaría: encarnaría el derrumbamiento de unos intereses que, desgraciadamente, se mantienen; si muriera, muchos harían ver que sigue vivo”. Europeísta por convicción –“pero de la Europa no basada en dineros, bancos y mercados, esa no sobrevivirá demasiado tiempo”--, cree que el viejo continente vive una guerra inacabada: “Todo conflicto genera dos o tres generaciones que caen en el frente: somos tan refinados hoy que los hemos dejado vivos pero sin trabajo ni esperanza”.

Una delegación de 900 lectores del creador de Montalbano llenaron hasta arriba la sala Barts de Barcelona

El tono cambió cuando Vázquez Montalbán no tardó en salir, a raíz de imaginar qué diría hoy con esto de Cataluña-España: “Era catalán, ¿no? Cuando existe una lengua y una cultura eso representa una nación, una etnia, una individualidad, llámenlo como quieran… Vázquez Montalbán hubiera estado de parte de Cataluña”. Y ahí, a remolque de “la dignidad de los perdedores” que encarnaba su añorado amigo y de que “nunca se vence sin infamia; casi jamás se gana puramente”, Camilleri fue dejando pedacitos de su alma. Empezó interpretando una canción que le soltaba su madre para darle miedo (“se divertía haciéndome llorar”) sobre un “coco”, una puerta abierta, unas baldosas oscilantes y una gallina extraña… “Se nace tarado”, soltó. Y saltó, sólo, a contar su obsesión de cuando tenía 10 años: matar a un abisinio. “¿Por qué? No lo sé. Recuerdo que le envié una carta a Mussolini diciéndole que quería ir voluntario a matar abisinios; olvidé poner mi dirección, por lo que le respondió al jefe local fascista: que me dijeran que era demasiado joven, pero que no me faltarían ocasiones”.

El escritor se mostró tierno y franco y divertido y convirtió cada pregunta en un pequeño resquicio por donde se entreveían algunos de los secretos del escritor

Ya sus manos aleteando arriba y abajo, chocantes en su agilidad saliendo del lento cuerpo, explica hoy las causas de su obsesión: “Una escuela que te martilleaba y los curas asegurándote que el Duce cumplía los designios del señor… Política y fe religiosa es una combinación explosiva, como se ve hoy en los cinturones llenos de bombas de los extremistas”.

El capítulo traumas infantiles dio para una visita al paso del pantalón corto al largo, a los 18 años, pasaporte para visitar un prostíbulo. “Chicos del puerto me explicaban confusamente qué se hacía allá, pero no lo entendía; y por eso un día pregunté a mi padre: ‘¿Qué se hace con una mujer desnuda?’ ‘Pues las miras’, me respondió, cuando yo estaba obsesionado por subirle la faldita a mi prima”.

Aspecto que ofrecía la abarrotada sala Barts de Barcelona durante la charla de Andrea Camilleri.
Aspecto que ofrecía la abarrotada sala Barts de Barcelona durante la charla de Andrea Camilleri.

De infancia a infancia, cuando se le inquirió por la de Montalbano, fue inevitable pensar que igual había retazos de la suya. “Fue melancólica, de su madre tiene la imagen como de un campo de trigo; su padre viajaba mucho por negocios; en casa de sus tíos le trataban bien pero siempre le quedó una forma de amargura e injusticia sufrida; de eso estoy seguro”. También participó en el mayo del 68 y luego se hizo policía, “que no carabiniere porque tienen sustrato militar y Salvo se rebela siempre, es un funcionario desobediente… ¡Por eso no puedo venderlo bien en China”.

Del catálogo de personajes que arropan Montalbano, un poco a imagen del Maigret de Simenon en el que admitió con su voz profunda y pausada Camilleri haber bebido mientras jugueteaba con una servilleta de papel, destaca el singular ayudante Catarella. ¿De dónde salió? “Su base real es un asistente que tenía mi padre, de esos tipos que te explican el argumento de una película antes de verla; su habla viene en parte del siciliano que usaban los titiriteros que conocí de chico”. Y ahí está Camilleri hablando siciliano, imitando voces, arremangándose y marcando imaginarios tamaños de cuchillos que llevaban las marionetas en los combates.

"A los 10 años mi obsesión era matar abisinios; escribí incluso al Duce; la culpa era de la escuela y la religión"

Repasadas opciones lingüísticas (“sí, cada vez utilizo más el dialecto, intento volver a ganar el campo, lo usaba más en las novelas históricas porque en las policiacas no quería introducir otro enigma al lector; pero ahora ya tengo al público y estoy acelerando”) y guiños (“suelo empezar los Montalbano al alba, con sueños que vinculo de alguna manera a la trama”), Camilleri empezó a dar síntomas de cierta fatiga. Pero tuvo fuerzas aún para poner melodramática cara de asco a la suposición de si tenía envidia de su personaje: “Los asesinos son imbéciles, por lo que es doblemente imbécil si has de investigarles… Miren, he hecho televisión, teatro y he escrito; me he ganado la vida con lo que más me gusta, que es lo mejor que le puede pasar a un hombre; estoy bien así”.

Récord de BCNegra: 9.000 visitantes

A pesar de que aún quedan algunos actos este mismo sábado y otros ya específicos más avanzado el mes, BCNegra triturará este año su récord de asistencia: fuentes municipales cifran en unas 9.000 las personas que han acudido a las más de 60 actividades gratuitas que han dado vida a la cita desde el pasado 30 de enero. Es un espectacular 50% más que el año pasado, cuando la afluencia se fijó en unos 6.200 visitantes. Esas cifras (logradas, además, en un año austero que ha comportado que la única estrella internacional haya sido Andrea Camilleri) y la celebración de la décima edición comportarán "una reflexión para mejorar BCNegra y hacerla más cómoda", según fuentes del Ayuntamiento de Barcelona, que ha invertido 90.000 euros en el encuentro. Quizá ha llegado el momento de disparar más alto...

La evocación del trato hizo aflorar el último nombre, su admirado Pirandello. “Le conocí, sí, de nuevo cuando tenía 10 años, en 1935. Era a finales de mayo, hacía un calor insoportable; yo jugaba a química, ya saben, entonces con un poco de pipí, vinagre y aceite… Los padres dormían; llamaron a la puerta y apareció un señor vestido de almirante, con sombrero, capa y espada. Me habló en dialecto, me dijo su nombre y que quería ve a mi abuela. Tras el pánico doméstico, vi a la abuela y a mis padres abrazados a él y llorando; había venido a inaugurar una escuela y como no quería ponerse la camisa negra fascista vino vestido de gran cabalero. Yo me escondí… Lo he superado, esto de los almirantes y los uniformes, pero ya ven que lo de los traumas infantiles es serio”. Ahí cerró su libro.

Puño en alto hacia la platea, Camilleri hizo mutis por el foro no sin antes, visto que no atendió a la multitud que se abalanzó y que blandía sus libros para que se los firmara, hizo decir que si se los enviaban a Italia, lo haría, unos 40, hizo precisar. Hasta ahí su grado de generosidad, cordial y fraternal. Camilleri saldó pues, de sobra, su deuda moral con Barcelona. Si es que había alguna. Ahora igual es al revés.