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El arquitecto que odiaba al MoMA

La retrospectiva sobre Le Corbusier en Caixaforum Barcelona recupera la maqueta de los palacios de los soviets en Moscú que lo enfrentó con el museo

Maqueta de madera del proyecto de un rascacielos para el barrio de la Marina de Argelia, de 1938.
Maqueta de madera del proyecto de un rascacielos para el barrio de la Marina de Argelia, de 1938.

La maqueta que el arquitecto francosuizo Charles Édouard Jeanneret-Gris, Le Corbusier (1887-1965), realizó en 1931 con el fin de participar en el concurso para construir los palacios de los soviets en Moscú, símbolo del incipiente triunfo del comunismo, acabó, por el azar de la historia, en el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA). Se la vendió el propio arquitecto en una operación que acabó mal, ya que Le Corbusier siempre aseguró que el museo no se la había pagado. Por eso, repitió en más de una ocasión que odiaba al MoMA. El tiempo lo cura todo y ha sido este museo neoyorquino quien ha organizado la última gran retrospectiva junto a la Foundation Le Corbusier de París. Le Corbusier. Un atlas de paisajes modernosse centra en su preocupación por el paisaje que desarrolló a lo largo de seis décadas de trabajo, muchos de ellos no realizados.

La conflictiva maqueta ha viajado a Barcelona con otros 214 objetos: dibujos, fotografías, cuadernos de viaje, pinturas, esculturas, muebles, maquetas, sus incontables planos —muchos de ellos nunca expuestos— y los multicolores croquis a mano alzada que realizaba en rollos de papel durante las conferencias que realizaba por medio mundo, en las que intentaba convencer al público de la validez de sus planteamientos. Un papel que luego se llevaba a casa y que por eso se puede exponer ahora.

La exposición repasa la trayectoria de esta figura clave, influyente y polémica de la arquitectura del siglo XX, donde queda patente que también fue urbanista, pintor, diseñador de interiores, escritor, fotógrafo y aficionado al cine.

La polémica maqueta del palacio de los soviets que costó el enfado entre Le Corbusier y el MoMa. ampliar foto
La polémica maqueta del palacio de los soviets que costó el enfado entre Le Corbusier y el MoMa.

Le Corbusier trabajó en toda su vida en unos 400 proyectos arquitectónicos, construyó 75 edificios en una docena de países, en todos los continentes excepto Oceanía, y publicó unos 40 libros. Muchos de ellos han quedado como manifiestos arquitectónicos.

Comisariada por uno de los máximos especialista en el arquitecto, Jean-Louis Cohen, la muestra es un viaje que recorre los lugares donde vivió, en los que dibujó, diseñó o llegó a construir: desde las montañas suizas del Jura donde nació, hasta India, pasando por Río de Janeiro, Moscú, Nueva York, París, Barcelona, Argelia y otras orillas del mar Mediterráneo, como la Costa Azul donde murió en 1965.

Está representado el primer trazo de su teoría de “la ley del meandro”, que descubrió en uno de sus múltiples vuelos sobre Brasil; los dibujos realizados en Chicago donde habló de la ciudad-jardín vertical que 10 años más tarde levantó en Marsella y alguna de sus propuestas más radicales, como la de arrasar París. Bueno, solo sus viviendas, sobre las que construiría rascacielos de cristal que dialogaban con los monumentos, los únicos que dan personalidad a la ciudad.

También se detiene la exposición en sus planes para Barcelona. Se expone el enorme diorama, un gouache en papel, conservado en el Colegio de Arquitectos de Cataluña que realizó en 1933, dentro del llamado Plan Macià y en el que, una vez más, pensaba cargarse parte de la ciudad antigua. Impresionante. “Estos proyectos son cuestionables, pero lo que permanece después de los años es la actitud. La actitud de hablar del mundo desde la arquitectura”, explicó el comisario.

También se puede ver el proyecto Una casa, un árbol que realizó para la ciudad de Barcelona, tras recibir las críticas de otro arquitecto, Josep Lluís Sert de no entender la idiosincrasia barcelonesa. Según dibujó, el arquitecto pensó en manzanas de 400 por 400 metros en la que se establecía una relación íntima entre los bloques de viviendas, las avenidas arboladas y las plazoletas que conformaban las manzanas.

La exposición reúne 215 dibujos, muebles, fotografías, planos y cuadernos de viaje

Al final de su carrera consiguió muchos de sus objetivos, como construir cuatro unidades habitacionales en Francia y otra en Berlín, también su único edificio en Estados Unidos, en la Universidad de Harvard, tras el fracaso que representó el que la autoría del nuevo edificio de la Organización de las Naciones Unidas de Nueva York se atribuyera solo a Oscar Niemeyer y se negara su participación —pese a su esfuerzo por demostrar con collages y fotografías lo contrario—. Una de cal y otra de arena. En 1950 consiguió el proyecto de concebir una ciudad entera cuando le propusieron levantar Chandigarth, la nueva capital del estado del Panyab, al norte de la India; una ciudad que ha acabado convertida en el paradigma de de la nueva poética del hormigón visto.

De este momento es también su construcción más famosa: la capilla de Notre Dame du Haut en Ronchamp, Francia, donde consiguió la comunión entre el edificio y su paisaje.

Durante el recorrido se pueden ver las fotografías del británico Richard Pare que durante dos años ha revisitado la obra construida por Le Corbusier en todo el mundo, viendo su actual estado y uso, dando a conocer una nueva visión de todos ellos, su encaje con el entorno y las vistas del paisaje que enmarca el edificio.

La exposición en Caixaforum reproduce, como si fuera un Ikea vintage, y a tamaño original, cuatro estancias creadas por Le Corbusier, con el mobiliario original, alguno creados por él mismo, como un vetusto escritorio realizado para su madre Maria Carlota en 1915. Desde una de las estancias que creara para sus padres en la Maison Blanche; un pabellón para la Villa Church, en Ville d’Avray; la unidad de habitación de Marsella y su última cabaña de Roquebrune-Cap-Martin, situada junto a la Costa Azul, donde pasó los últimos años de su vida. Un espacio mínimo realizado en madera: las paredes, techos, suelo y los austeros muebles, en los que el paisaje, por fin, parece tomar el interior del edificio.