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El tipo más duro de Lugo

El jefe de la ‘mafia Carioca’ imponía con violencia su ley entre los clientes del burdel, atemorizaba a las mujeres tanto como las obsesionaba y criaba a su hija en el club

García Adán llega custodiado por dos guardias civiles a la Audiencia de Pontevedra, el pasado marzo, para un juicio de prostitución.
García Adán llega custodiado por dos guardias civiles a la Audiencia de Pontevedra, el pasado marzo, para un juicio de prostitución.

“Las mujeres aman a Adán. Es un tío atractivo, con una risa que tira... maravillosa. Es inteligente, tierno, un encanto. Un hombre que se deja querer, familiar, cercano, bromista, generoso, majísimo, y por eso gusta tanto a todas”. La que lanza tantas flores al proxeneta acusado de maltrato sin pensárselo dos veces es Saadia, una vecina de Lugo nacida en Marruecos que trabajó en la prostitución. Ahora ya no. Ahora ya superó todo eso y sufre otras desgracias, pero las cosas de la vida no han cambiado su visión de José Manuel García Adán (Arzúa, 1970), el temido jefe del Queen's, que cuando estalló la Operación Carioca había convertido su burdel en el más próspero de Lugo.

Saadia se presta a hablar con el periódico porque quiere creer que Adán es el chivo expiatorio, pese a que es el hombre sobre el que recaen más imputaciones (y más graves) no solo entre los detenidos en la Carioca, sino entre todas las figuras que merodean por los sumarios sobre corrupción que coinciden en el tiempo en los juzgados de Lugo.

“Adán sigue siendo el mismo chico que aquel que conocí de portero del Scorpio”. Entonces, antes de independizarse y medrar como la espuma, el durísimo personaje que describe el sumario trabajaba a las órdenes de El increíble, Manuel Manteiga Rodríguez, histórico magnate de la noche gallega, detenido a principios de febrero por blanqueo junto a su familia en la Operación Hulk.

“Su padre descuartizó y quemó a su madre”, explica su amiga Saadia

Por aquel entonces ya era amigo del policía local que luego, presuntamente, se convirtió en su socio en el negocio del Queen's, Ramón Vázquez Río. De hecho, cuando una patrulla fue a detenerlo, acusado de acuchillar en una reyerta a otro hombre en el club O'Pazo hasta dejarle a la vista (según uno de los agentes que intervino) parte de un pulmón, se encontró a Adán duchado y paseando tranquilo con Ramón en las inmediaciones del Scorpio. “Fue el arresto más distendido que vi nunca”, recuerda el testigo policía. Ramón “le pasaba el brazo por los hombros” y le decía que no se preocupase por el reloj y el fajo que llevaba encima.

A Saadia le puede la amistad que aún une a su familia con Adán, pero sobre todo pesa el recuerdo de aquellas circunstancias en que lo conoció, cuando el hoy recluso empresario del sexo (es el único de los imputados en la Carioca que sigue preso desde 2009 porque su libertad provisional se considera arriesgada) “iba a A Coruña a visitar a su padre a la cárcel”. “A mí eso me venció”, reconoce la mujer. “Su padre había descuartizado y quemado a su madre y, a pesar de todo, él iba a verlo... Yo, a mi padre, algo así jamás se lo hubiera perdonado”.

Adán “no hablaba nunca de eso”. Se crió en un entorno violento y, como pasa tantas veces, ya no se apartó del lado oscuro. “Es como es porque está donde está. La noche da muchísimo dinero, pero impone su ley. Tienes vicios porque hay mucho vicio. Y estás obligado a ser duro, a controlarlo todo, a defender tu negocio”, justifica Saadia. Claro que Adán, en esto, se empleó a fondo, aprendió pronto de sus jefes y se alió con los policías (de todos los cuerpos) más corruptos y extorsionadores para tejer una red mafiosa que supuestamente traficaba con todo. Con las mujeres inmigrantes y sus derechos de persona, con las influencias, con las armas, con las drogas. Adán, recogen las diligencias, “tenía la mejor droga de Galicia” y uno de sus amigos era Óscar Charlín, segunda generación del famoso clan.

“Estaba todo el día enterrando cosas”, asegura un exempleado

La policía buscó en el Queen's una mujer enterrada. Varias pintadas por la ciudad dieron la pista de la desaparición, en 2007, de una chica llamada Ana. Los investigadores rociaron con un reactivo especial las paredes de una habitación del club y aparecieron manchas de sangre. Siempre se consideró al dueño del negocio el principal sospechoso.

Lo mismo que puede permanecer sereno y no mover un músculo de la cara, Adán se transforma en segundos y se vuelve violento. Controlaba el ambiente a través del monitor de su despacho (solo salía a última hora para tomar vodkas con zumo de fresa) y si veía algo raro saltaba a la arena como un tigre. Célebre es el episodio en el que salió a perseguir por la ciudad, rifle en mano, a tres marroquíes. O el tiroteo en el aparcamiento de su otro club, el Colina (en Outeiro de Rei). Otra vez, según un testimonio, puso de rodillas a un cliente y le encañonó la frente con una pistola porque por error lo había llamado Marcos (jefe de otro club de la trama), en vez de Adán. A otro que protestó por el precio de la copa (40 euros) le pegó un puñetazo con su sello de oro y le rompió una botella en la cabeza. A otro más le dio una paliza porque acusó a sus camareros de robarle la cajetilla de tabaco. Todo esto aparece descrito en testimonios del sumario.

La exmujer lo denunció en el juzgado número 3 por malos tratos

Adán tenía varias armas (un camarero del club enumera dos pistolas de nueve milímetros, dos escopetas del calibre 12 y un rifle del 22) y solía desahogarse acribillando a tiros una furgoneta vieja que había en la parte de atrás. El mismo empleado, en sucesivas declaraciones sin desperdicio, asegura que el proxeneta “estaba todo el día enterrando cosas”, y que entre sus tesoros decía tener “un arcón enorme lleno de billetes” bajo el suelo del gimnasio.

Los tacos de dinero negro estaban por todas partes, los llevaba en el bolsillo, los estibaba en el almacén, entre las bebidas, bajo la barra. Con estas cantidades hacía los pertinentes pagos a los policías que amparaban sus actividades y planeaba la ampliación del negocio con un local en la ruta de los prostíbulos entre Verín y Chaves. El Queen's era una máquina de hacer dinero. Entre este club y el Colina, para el proxeneta trabajaban unas 70 mujeres a las que imponía multas, por ejemplo, cuando se extendían con un cliente más allá de la media hora.

Cuentan que el capo era desprendido, que a veces lanzaba el dinero al aire y que, igual que se enzarzaba en una bronca en menos de nada por defender a sus empleados, los traicionaba si ya no le interesaban. Los policías le avisaban cuando iba a haber redada y entonces él advertía a las chicas de que al día siguiente no fueran por el Queen's. A las “feas”, “problemáticas” o que “no rendían” no las alertaba para que las sacrificase por él Extranjería, aseguró a finales de enero el camarero a la juez.

Controlaba el local por cámara y si veía algo raro saltaba a la arena como un tigre

Este hombre recita los seudónimos de una docena de chicas del club que mantenían relaciones sexuales y se drogaban con Adán. Esas eran las favoritas. También habla de una a la que pegó “bofetadas, puñetazos y patadas” hasta cansarse (“cuando estaba colocado, era una bestia pegando”) y de otra que, tras la paliza, no pudo ir a trabajar en una semana. Esta chica, sin embargo, le ha mandado cartas a prisión e incluso planeó hacerse pasar por la mujer de Adán para ir a verlo a Bonxe.

Porque Adán tenía mujer (también imputada, y que lo denunció en el juzgado número 3 por malos tratos) y una hija en común que es la niña de sus ojos. En el juzgado que instruye la causa Carioca, el número 1 de Lugo, con la magistrada Pilar de Lara al frente, está el vídeo del bautizo. Entre los invitados, gente de la prostitución mezclada con agentes del "orden" en compañía de sus esposas, como el cabo de la Guardia Civil Armando Lorenzo, también imputado.

Nada importa más al proxeneta que la niña que tuvo con su exmujer. Hay testigos que dicen que, en realidad, Adán “les tenía cariño a todos los niños” y que intentaba convencer a las chicas para que no abortasen. No obstante, tenía a mano un ginecólogo sin escrúpulos ávido de embarazos no deseados de burdel, que "arreglaba" por 500 euros. El capo, según declararon varias testigos, dejaba que su hija se mezclase en aquel ambiente, que durmiese en el club, y luego la pequeña repetía las frases que oía a su padre: “¡Venga, a trabajar, putas!”. En la finca del Queen's, tras la definitiva redada, quedaron aparcados a la intemperie varios juguetes.

 

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