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crítica literaria
Crítica

‘La banda sonora de nuestras vidas’: canciones para recordar quiénes somos

De REM a Kraftwerk y de Neneh Cherry a The Breeders, el ensayo de Jude Rogers llega a través de 12 canciones inolvidables a la idea de que somos, en parte, aquello que escuchamos

Las componentes de Martha & The Vandellas, hacia 1964.Michael Ochs Archives / GETTY IMAGES

El libro que ha escrito la crítica musical Jude Rogers, La banda sonora de nuestras vidas, posee el indomable encanto de mezclar la teoría y la práctica, el arte y la vida. Rogers ha construido un memoir a partir de la capacidad emotiva que tienen doce canciones que componen un recorrido íntimo: melodías y letras que se quedaron en ella para moldear su vida como se nos quedan a cada uno de nosotros las nuestras, canciones a las que acudimos para salir a flote, para sentirnos comprendidos o simplemente alegrarnos. La autora construye un ensayo híbrido de memoria, emoción y cultura popular ilustrado por voces académicas (psicólogos, antropólogos, musicoterapéutas o arqueólogos). Cada capítulo se articula en torno a una etapa vital —de la infancia a la madurez— y a una canción significativa, lo que le permite a Rogers explorar cómo la música acompaña nuestros recuerdos. Conmovedor es el arranque, con un antológico capítulo (el segundo) dedicado a la canción ‘Only you’, de The Flying Pickets, virtuosa crónica que mezcla el poder evocador de la música con la muerte del padre de la autora cuando esta tenía cinco años. Es uno de esos capítulos que justifican un libro.

Igualmente emotivo resulta, en ese periodo de formación, la historia de Adam and the Ants y su canción ‘Prince Charming’. Hay músicas que logran expresar lo inefable y enviarnos mensajes. La impresión que le causó a Rogers ver en televisión a los siete años la figura de ese príncipe de chaqueta negra con botones dorados que se balanceaba sobre un candelabro hacia ella, le hizo querer moverse como él, saltar como él, convertirse en él, emularle en todo. Muchos años después, siendo una reputada cronista musical, coincidió con su príncipe en vivo, en el backstage de un concierto de Tony Bennett, y se quedó sin palabras ante él, cuya presencia (como si rellenara una ausencia) le hizo pensar en aquella niña triste y ansiosa a la que despertó guiándola hacia el mejor lugar desde el que desarrollar sus restantes años de infancia: el desbordante reino de la imaginación.

La cuarta canción es ‘Buffalo Stance’, de Neneh Cherry, que supuso para la autora el chute de emoción intensa que su adolescencia requería, y que hoy le sirve para indagar sobre los efectos del rap en poblaciones de mujeres jóvenes. Otro significativo capítulo es el dedicado a ‘Drive’, de REM, con el videoclip oficial y el efecto caleidoscópico que tuvo el grupo en su avanzada adolescencia, cuando la música es un manantial cultural e informativo, cuando forramos las paredes de la habitación de posters y el mundo interior se ve trastocado por la aparición del amor. ‘Radio Activity’ de Kraftwerk ilustra cómo entró en la música electrónica y ciertos grupos (Underworld, Orbital, Chemical Brothers…) derribaron nuestra férrea determinación de que siempre seriamos indies y nunca comerciales, y de cómo el apático bajo de Kim Deal unifica prodigiosamente el desmadrado tema ‘Cannonball’ de The Breeders para hacernos bailar, que es lo que hacemos cuando estamos felices.

‘Heat Wave’ de Martha Reeves and The Vandellas analiza cómo la música nos diseña el amor y por qué las canciones y las historias son útiles para dar forma a sentimientos abrumadores. Así resuenan canciones que todavía la vinculan a personas y otras que lo hacen a los viajes a los festivales que nos hicieron peregrinar religiosamente por prados y montañas en los noventa, a los pisos compartidos, las autopistas, a las cintas de casete que se grababan para esa otra persona como si nos fuera la vida en ello.

Rogers incide en las siguientes canciones en que la música habita en nosotros desde el inicio mismo de la vida, cuando nuestra madre da forma melódica a su voz y nos habla y balbucea con sintonías empáticas cargadas de sentimiento.

La obra consigue interpelar al lector de manera directa. Dice Fernando Navarro en el prólogo que “la música nos revela cosas que ni conocemos de nosotros mismos”. Así, más que una simple lectura, invita a un ejercicio de introspección, a preguntarnos cuáles son los temas que han marcado nuestras propias etapas vitales.

Un ensayo sensible y perspicaz que interesará tanto a melómanos como a quienes disfrutan de la escritura autobiográfica con vocación reflexiva; que, sin estridencias, deja resonando una idea tan sencilla como poderosa: la de que somos, en parte, aquello que escuchamos. Con un estilo cercano, íntimo, emotivo y reflexivo, Rogers ha dado forma a un ensayo fuera de lo común en el que nos vemos tan reflejados que parece escrito para cada uno de nosotros, solo tenemos que cambiar las canciones y poner las nuestras.

La banda sonora de nuestras vidas 

Jude Rogers 
Prólogo de Fernando Navarro
Traducción de Gabriela Bustelo
Libros del Kultrum, 2026
288 páginas. 22 euros

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