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arte
Crítica

Hoda Afshar, el velo está en nuestra mirada

En una instalación en Madrid, la artista iraní indaga en los fantasmas coloniales que distorsionan la mirada occidental sobre el otro

La instalación 'The Fold', de la artista iraní Hoda Afshar, en La Casa Encendida (Madrid).Maru Serrano (LA CASA ENCENDIDA)

Ya que la cuestión del velo es otro de los temas que la ultraderecha ha introducido en el debate público, quizá sea un buen momento para atender a aquellas personas que saben de lo que hablan. Estos días, en La Casa Encendida de Madrid, puede visitarse una pequeña pero interesante instalación titulada The Fold de la artista iraní residente en Melbourne Hoda Afshar. Su trabajo elude el carácter testimonial que casi siempre se le presume a una artista de “Oriente” que vive y trabaja en “Occidente” y en su lugar nos devuelve, como en un espejo deformado, nuestros propios fantasmas coloniales.

La sobria instalación que presenta en Madrid, compuesta por un vídeo, un simple catálogo y una sucesión de fotografías que se van proyectando en la pared, parte de una investigación de la artista en el Museo del Quai Branly de París. Allí, hurgando en los archivos, Afshar decidió releer una de las colecciones de fotografía colonial más famosas del mundo: las más de 5.000 imágenes que el psiquiatra Gaëtan Gatian de Clérambault (1872-1934) tomó en Marruecos, entonces protectorado francés, entre 1918 y 1919. Clérambault era un psiquiatra muy reconocido por aquel entonces en Francia, del que Lacan dijo que fue su “único maestro en psiquiatría en lo que se refiere al arte de observar a los pacientes”. Era también enormemente metódico, amigo de hacer minuciosas fichas y complejos cuestionarios para diagnosticar a sus pacientes. Trabajó durante un tiempo en la prefectura de policía diagnosticando las enfermedades mentales de los presos.

Los miles de imágenes que tomó en Marruecos, donde estuvo trabajando en un psiquiátrico, tienen un solo objetivo: el análisis del haik, una extensísima prenda femenina de hasta cinco metros de largo, actualmente en desuso, que se enrollaba alrededor del cuerpo y lo cubría por completo, dejando a la vista únicamente la frente y los ojos. Clérimbault desarrolló una auténtica monomanía y se empeñó en retratarla desde todos los puntos de vista. Para ello, hizo que muchas pacientes —y algún que otro hombre— se dejaran hacer fotos en diferentes posturas y situaciones con el haik. También retrató sus gestos y el proceso entero de vestir la tela.

Clérambault, en consonancia con el espíritu de su tiempo y con su propia metodología, quiso hacer de esta observación una investigación científica. Escribió obras como Passion érotique des étoffes chez la femme (Pasión erótica de la mujer por los tejidos) y presentó 40 fotografías de gran formato en el pabellón de Marruecos de la exposición colonial de Marsella de 1922. Ganó la medalla de oro y fue invitado a la Escuela de Bellas Artes a dar conferencias sobre la vestimenta árabe, con el fin de enseñar a los pintores orientalistas cómo representar correctamente los paños y así evitar errores técnicos. El final de Clérambault confirma su obsesión: se estaba quedando ciego por unas cataratas y se pegó un tiro frente al espejo en 1934. Su cadáver apareció rodeado de una extraña colección de maniquís de cera, vestidos con mucho esmero con extrañas prendas.

Ante este archivo y biografía, Afshar toma una decisión artística que, a priori, puede resultar desconcertante. En lugar de destinar su esfuerzo a resaltar la mirada colonial de Clérambault o a explicitar la violencia de hacer posar a sus pacientes, desnudarlas y vestirlas frente a la cámara, la artista decide ahondar en las razones y en los principios teóricos que esconden las decisiones del psiquiatra. La fotografía colaboró con la colonización revistiendo de veracidad el relato orientalista y dando un aura de objetividad a los franceses que iban a Marruecos con un objetivo aparentemente documental. Aunque hoy es fácil admitir la violencia de las fotografías, Afshar decide reelaborar el proceso colonial para desvelar —y este es el gran hallazgo de la pieza— no verdades acerca de los cuerpos fotografiados, anonimizados y convertidos en soportes del deseo del psiquiatra, sino rastros de la mirada de un hombre perturbado en nosotros mismos cuando hablamos u observamos al otro.

La exposición, sin embargo, no es nada explícita. Al fondo, fragmentos de las fotografías de Clérimbault se van proyectando en carrusel y, en el otro lado de la habitación, un extenso vídeo busca analizar su historia. El vídeo tiene dos partes diferenciadas: la primera recrea mediante animación digital el suicidio de Clérambault y, a través de un zoom, vamos entrando en la lente de su cámara hasta adentrarnos en la segunda parte, en la que varios expertos de instituciones anglosajonas intentan analizar el contenido teórico de las fotografías; en muchas ocasiones, contradiciéndose entre ellos. Cada una de las entrevistas a los expertos, grabadas por separado y posteriormente montadas, tiene lugar en una sala de espejos que evoca La dama de Shanghái, de Orson Welles.

Alguien se podría preguntar por qué, para analizar el velo, se recurre a una mayoría de personas blancas de tradición occidental. Solo con una intensa atención descubrimos que lo que se busca no es analizar, con métodos antropológicos más o menos decoloniales, la prenda, sino dejar constancia de que en muchos sentidos no podemos eludir todas las premisas culturales que velan nuestra mirada. Los rostros velados (e inaccesibles) son los múltiples espejos de nuestros juicios. La cámara se convierte en un objeto inútil que, en lugar de mostrar la realidad, se obceca por confirmar nuestras ideas preconcebidas.

La exposición podría ser algo más evidente, puesto que corre el riesgo de resultar algo ininteligible, pero la artista es totalmente consciente de ello y quizás ese sea su mayor logro: convertir nuestra propia imaginación colonial en el objeto del estudio y mostrar la sordidez de nuestros juicios acerca de las prendas que eligen vestir las demás. Afshar, que se posiciona claramente contra la obligatoriedad del velo en Irán, desarrolla una obra que es capaz de cuestionar la mirada occidental sin defender las limitaciones a su libertad. En ese pliegue reside su esperanza, y quizás también la nuestra.

‘The Fold. Hoda Afshar’. La Casa Encendida. Madrid. Hasta el 28 de abril.

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