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Crítica Literaria
Crítica

‘Samahani’, una novela africana sobre la imposibilidad de perdonar y el deseo de venganza

Historia, aventuras, amor, huida, metamorfosis... Los mimbres de la novela de Abdelaziz Báraka Sakin se despliegan en un lenguaje hipersensible y lustroso

Varias personas encadenadas en la isla de Zanzíbar en el siglo XIX, antes de la abolición de la esclavitud, el 5 de marzo de 1873.Bojan Brecelj (CORBIS / Getty Images)

No sé muchas cosas sobre literatura africana actual, pero mi ignorancia no justifica el deslumbramiento que me produce esta novela del escritor sudanés en lengua árabe Abdelaziz Báraka Sakin. Hacía mucho que no leía un relato tan fascinante por cómo maneja lo que sabemos y lo que no sabemos mientras lo leemos. Lo que sabemos se vincula con el arte de la narración. Lo que no sabemos se ubica en un lugar del mundo con un imaginario singularísimo, mestizo y una historia sangrienta. A través de uno de esos narradores, aparentemente omniscientes, que se revelan como narrador particular, en primera persona, falible, pero documentado, un narrador imaginativo e intrépido, de léxico suntuoso y capaz de sintetizar lo legendario y lo histórico, Báraka Sakin, como si enhebrara en un hilo las cuentas de un collar, repasa la época del sultanato de Zanzíbar durante la segunda mitad del siglo XIX: ambición y depredación del colonialismo europeo, esclavismo, revueltas y revoluciones por la independencia de África. Ingleses, franceses y portugueses rapiñan. Los belgas rapiñan en el Congo, convirtiendo en pura tiniebla el corazón mientras esgrimen los valores civilizatorios del cristianismo como coartada filantrópica para el expolio. La evangelización de los “salvajes” funciona como excusa para llenar las arcas y satisfacer ese humano egoísmo que define, desde su formulación por parte de Adam Smith, las economías liberales. El continente americano ya había sido pasto de la ambición desde finales del siglo XV y, en el proceso de conquista, España también rapiñó y ejerció la violencia. A menudo, en el relato confundimos interesadamente el emprendimiento y la aventura con la brutalidad.

De la violencia, la devastación y la muerte que no se pueden perdonar habla Samahani que significa “perdóname” en suajili. Personajes que matan con sus propias manos, asesinan por delegación, omitieron la ayuda o simplemente estuvieron desatentos piden perdón en estas páginas. Entre los perpetradores, que deslizan nuestra imposibilidad de perdonar hacia el nivel superior de desear venganza, sobresale el sultán Suleimán, hijo de Salim, que “mató 883 africanos, a 7 árabes omaníes y 20 yemeníes. Exterminó a todos los grandes animales: jirafas, elefantes, leopardos y leones que vivían en la isla de Unguya. Vendió un total de 2.779.670 cautivos esclavizados (…) Copuló con unas 300 cautivas…”. Báraka Sakin combina la enumeración precisa con cierta textura fantasiosa en la que las relaciones sexuales entre el esclavo castrado, Sundus, y la hija del sultán, víctima de una ablación, adquieren un maravilloso y sensual protagonismo. La dimensión fálica del poder, pero también la fortaleza de los miembros fantasma, el legítimo deseo de restitución del cuerpo completo y la posibilidad de seguir adelante sin estar intactos remiten a la dimensión política de un texto que activa la metáfora del cuerpo-territorio desde la conciencia de la herida y la regeneración.

Historia, aventuras, amor, huida, metamorfosis, los mimbres de la novela desde sus orígenes se despliegan en un lenguaje hipersensible y lustroso, atento a cada estímulo: “A la princesa recién bendecida por Dios le fascinaban los aromas del zoco, pero, por encima de todos, el del coco cuando casi, pero solo casi, comenzaba a pudrirse y se mezclaba, en las pequeñas ventanas de su nariz, con los efluvios del clavo, el jengibre fresco y el limón”. Lo tecleo y lo revivo.

Samahani

Abdelaziz Báraka Sakin
Traducción de Salvador Peña Martín
Armaenia, 2026. 302 páginas. 23 euros

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